De sobreviviente de la bomba atómica a futuro santo: la historia de Takashi Nagai
Pocas historias muestran con tanta claridad que la santidad puede florecer incluso entre las cenizas. Takashi Nagai sobrevivió a la bomba atómica de Nagasaki, perdió a su esposa, enfrentó una enfermedad terminal y dedicó sus últimos años a anunciar que la paz era más fuerte que la guerra y que el amor podía vencer incluso al sufrimiento más grande.
El 9 de agosto de 1945, la bomba atómica que cayó sobre Nagasaki destruyó edificios, iglesias, familias y una ciudad entera. Pero hubo algo que no logró destruir: el corazón de un médico japonés que decidió responder al horror con amor, al odio con perdón y a la muerte con esperanza. Esa es la historia de Takashi Nagai, el sobreviviente de Nagasaki que hoy, junto con su esposa Midori, camina hacia los altares.
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¿Quién fue Takashi Nagai?
Takashi Nagai nació en 1908, en Isumo, cerca de Iroshima, en el seno de una familia de religión sintoísta.
En 1928, Takashi ingresó a la facultas de medicina de Nagasaki, donde quedó maravillado por cómo se conformaba el cuerpo humano y la organización minuciosa de sus partes más pequeñas. Sin embargo, no podía encontrar el alma, la cual creía que era un invento de impostores para engañar a la gente sencilla.
En 1930, recibió un telegrama de su padre, pidiéndole que regresara lo más pronto posible a casa. Al llegar a su hogar, su madre había sufrido un ataque que ya no le permitía hablar y era la primera manifestación de que pronto partiría. Aquella experiencia de muerte le cambió la vida.
En uno de sus libros, dejó escrito:
“Mediante aquella última y penetrante mirada, mi madre derrumbó el marco ideológico que me había construido. Aquella mujer, que me había dado la vida y educado, aquella mujer que jamás se había entregado a un momento de reposo en su amor hacia mí, en los últimos momentos de su vida, me habló con gran claridad. Su mirada me decía que el espíritu humano continúa viviendo después de la muerte. Todo ello se presentaba como una intuición, una intuición que sabía a verdad.”
Búsqueda de la fe
Tras la muerte de su madre, Takashi comenzó a leer los libros de Blaise Pascal, el gran sabio y pensador francés del siglo XVII, del cual aprendió sobre el alma, la eternidad y Dios. Su lectura lo llenó de asombro y se comenzó a cuestionar cómo un hombre tan inteligente como Pascal podía creer en esas cosas.
Takashi, entonces, decidió buscar a una familia católica que aceptara tomarlo como interno durante sus estudios para conocer mejor el catolicismo y la oración cristiana. Fue así que conoció a los Moriyama, un matrimonio ganadero proveniente de una larga tradición familiar que preservó su fe por más de dos siglos desde que habían conocido las enseñanzas de San Francisco Javier.
Lo que más asombró a Takashi fue el ejemplo que enseñaba aquella familia cristiana y humilde, lleno de una pureza de fe.
En 1932, Takashi sufrió una severa otitis que lo dejó sordo del oído derecho, lo que trastornó sus planes futuros: al no poder usar el estetoscopio, tuvo que renunciar a la medicina ordinaria y optó por estudiar radiología, ciencia que empezaba a surgir en Japón y que ofrecía la posibilidad de descubrir enfermedades.
La invitación que cambió su vida
El matrimonio Moriyama tenían una hija que se dedicaba a la enseñanza en otra ciudad, llamada Midori. Al contarle sobre Takashi, toda la familia rezó por su conversión, con la esperanza de que Dios lo había enviado a ellos con esa finalidad.
El 25 de diciembre de 1932, en Navidad, Midori invitó a Takashi a la misa de gallo, y él, todavía con escepticismo, acudió junto a la familia. Aquella experiencia lo dejó muy impresionado, aunque no convencido del todo.
En 1933, Takashi fue llamado para servir al ejército en la guerra de Manchuria. Antes de su partida, Midori le entregó un catecismo, que él se dedicó a leer con sumo interés. Después de un año, regresó a Japón con ánimo desesperado al ser consciente de los desórdenes de su vida y el recuerdo de los horrores de la guerra.
Al volver a Nagasaki visitó la Catedral donde lo recibió un sacerdote japonés que lo escuchó y acogió. Tiempo después y con mejor ánimo, retomó su carrera de radiología y se dedicó a estudiar la Biblia, la liturgia y la oración de los católicos. No obstante, las exigencias morales del Evangelio y la necesidad de separarse los rasgos sintoístas de su familia no le permitieron convertirse del todo.
En una ocasión, lleno de dudas, retomó los pensamientos de Pascal y leyó una frase que llamó su atención:
«Hay suficiente luz para quienes solo desean ver, y suficiente oscuridad para quienes manifiestan una disposición contraria».
Con esta frase, encontró la claridad que necesitaba y solicitó bautizarse en junio de 1934. Eligió el nombre de Pablo, en recuerdo de San Pablo Miki, mártir japonés crucificado en Nagasaki en 1597.
Matrimonio con Midori
Dos meses después de su bautizo, se casó con Midori, no sin antes exponerle los peligros a los que se exponía a causa de su profesión, pues en aquella época los radiólogos no disponían de suficientes medios para protegerse contra los rayos X.
Midori entendió el peligro que ello suponía y compartió con Takashi su ideal “pionero” para salvar vidas.
Él escribió al respecto:
“La labor del médico es sufrir y alegrarse con sus pacientes, ingeniárselas para aliviar los sufrimientos como si fueran propios. Hay que simpatizar con sus dolencias. Sin embargo, a fin de cuentas, no es el médico quien cura al enfermo, sino el beneplácito de Dios. Una vez se ha entendido esto, el diagnóstico médico engendra la oración”.
Con Midori tuvo cuatro hijos, de los cuales, dos murieron muy pequeños.
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La sombra de la enfermedad
Tiempo después, lo volvieron a llamar para servir en el ejército, de junio de 1937 a marzo de 1940, donde participó en la guerra chino-japonesa como médico de guerra. No sólo se dedicó a atender soldados, sino que se esforzó por salvar las vidas de mujeres, niños y ancianos, sin importar si eran chinos o japoneses, despertando una fama heroica con su servicio.
Cuando regresó a Japón, la demanda de sus servicios como radiólogo se había multiplicado y él se entregó nuevamente a ayudar a la gente. Sin embargo, este servicio empezaría a cobrar factura: en sus manos descubrió unas extrañas manchas y comenzó a sentirse muy agotado. Tras las extenuares jornadas, se encerraba en su despacho frente a una imagen de la Virgen María y el rezo del rosario le regresaba la paz interior.
Sin embargo, en 1945, decidió hacerse un estudio él mismo, y sus colegas le compartieron un diagnóstico desalentador: Takashi tenía leucemia crónica, con una esperanza de vida de aproximadamente tres años.
Él, antes Dios, sólo pudo expresar:
“Señor, no soy más que un siervo inútil. Protege a Midori y a nuestros dos hijos. ¡Que se cumpla en mí tu voluntad!”.
El ataque nuclear a Nagasaki
La mañana del 8 de agosto de 1945, Takashi iba de salida de su casa hacia el trabajo, pero regresó porque había olvidado su almuerzo. Ahí, encontró una escena que jamás olvidaría: a Midori rezando frente a un crucifijo, pidiendo a Dios con lágrimas por la salud de su esposo.
Esa sería la última vez que la vería con vida.
El 9 de agosto a las 11:02 am, la bomba atómica “Fat Man” explotó sobre Urakami. Se estima que alrededor de unas 70 mil personas murieron en el acto. El barrio cristiano de Nagasaki fue arrasado junto con la catedral y sus feligreses. Las calles estaban llenas de cadáveres carbonizados.
Quienes sobrevivieron, iban caminando por las calles dando tumbos, con la carne colgando del cuerpo, pidiendo agua a gritos. La radiación estaba por todos lados, envenenando el aire, el agua y el suelo.
Midori murió en el acto. Los hijos de la pareja habían sido evacuados y sobrevivieron.
Takashi salvó su vida protegido por el muro de hormigón del búnker de radiología de la Universidad de Nagasaki. En ese terrible momento, los tres dijeron que habían tenido una visión de Midori, como si los bendijera se y despidiera de ellos.
Takashi salió de las ruinas, con múltiples heridas. Los escombros hirieron su arteria temporal derecha. Al regresar a casa, hecha ruinas, rescató el rosario y fragmentos de los huesos de Midori. Su recuerdo provocó en el doctor una racha viva que perduró en sus escritos, el incansable amor por sus hijos y su misión de paz. No se dejó llevar por la amargura; por el contrario, interpretó aquella tragedia desde la fe.
Nagasaki: el “cordero puro” para la paz
Tras el ataque nuclear que destruyó Nagasaki, el 15 de agosto, fiesta de la Virgen María, se promulgó formalmente el Rescripto Imperial que ponía fin a la guerra.
Durante la misa de réquiem en las ruinas de la Catedral de Urakami, dedicada a la Asunción de la Virgen, proclamó un discurso* sobre el sacrificio de los fieles cristianos, el cual había contribuido al fin de la guerra y a la posibilidad de la paz:
“¿No existe una profunda relación entre la destrucción de Nagasaki y el fin de la guerra? Nagasaki, el único lugar sagrado de todo Japón, ¿no fue elegido como víctima, como cordero puro, para ser sacrificado y quemado en el altar de los sacrificios para expiar los pecados cometidos por la humanidad en la Segunda Guerra Mundial?”
“Nuestra iglesia de Nagasaki mantuvo la fe durante cuatrocientos años de persecución, cuando la religión estaba proscrita y la sangre de los mártires corría a raudales. Durante la guerra, esta misma iglesia no dejó de rezar día y noche por una paz duradera. ¿No era, pues, el único cordero sin mancha que había que ofrecer en el altar de Dios? Gracias al sacrificio de este cordero se han salvado muchos millones de personas que, de otro modo, habrían sido víctimas de los estragos de la guerra.”
“Demos gracias porque Nagasaki fue elegida para el sacrificio. Demos gracias porque con este sacrificio se dio la paz al mundo y la libertad religiosa a Japón.”
*Fragmentos del discurso de Takashi Nagai.
Ofrenda de cuerpo, alma y espíritu
Tras el bombardeo atómico de Nagasaki, los médicos le dieron a Takashi sólo unos cuantos días de vida: su cuerpo estaba destrozado, sus heridas sangraban sin cesar y la leucemia se aceleró debido a la radiación del ambiente. Sin embargo, se produjo un milagro: tras rezar fervientemente a Maximiliano María Kolbe y beber agua bendita del manantial del convento franciscano, la hemorragia se detuvo sin explicación médica alguna.
Aunque seguía gravemente enfermo, Takashi interpretó su recuperación como una señal y decidió hacer una ofrenda total de su existencia: entregaría cuerpo, alma y espíritu por el bien de los demás. Esta promesa la refrendó en la tumba de Midori, por quien había conocido a Cristo. A pesar de que el dolor le atravesaba el alma, pensó en ayudar a las personas heridas, moribundas y sin hogar, convirtiendo su dolor en compasión.
Con las escasas fuerzas que le quedaban, siguió ayudando a los necesitados y enseñando a los estudiantes de medicina. Sin embargo, dos meses después, sus fuerzas menguaron tanto que todos creyeron que estaba ya al borde de la muerte. Aunque se creyó que moriría dentro de muy poco tiempo, Takashi Nagai sobrevivió 6 años más.
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La cabaña Nyokodo
En el devastado distrito de Urakami, donde sólo quedaban ruinas, Takashi construyó una humilde cabaña, justo sobre las cenizas de su antiguo hogar. La llamó Nyokodo, que significa “como uno mismo”, inspirado en la regla de oro de tratar a los demás como te tratarías a ti mismo.
Nyokodo contaba con muy pocas poseciones dentro: unos libros, un escritorio y un crucifijo. Takashi compartía esta vivienda con sus dos hijos, su suegra, un amigo cercano a la familia y su esposa, todos sobrevivientes de la explosión.
Este refugio eremítico se convirtió en un lugar de esperanza para muchos; empezaron a visitarlo veteranos heridos, viudas, huérfanos, artistas, periodistas y personas de todo Japón. La gente quería conocer a aquel hombre que había sufrido tanto y, sin embargo, transmitía paz y luz a los que se sentían en la oscuridad.
Muchos iban en busca de consejo, otros querían inspirarse en la sonrisa de aquel hombre, símbolo de tranquila resistencia y alegría.
Las campanas de Nagasaki
Demasiado débil para caminar y enfermo para mantenerse en pie, Takashi pasó los últimos años de su vida escribiendo diversos textos: oraciones, cartas y ensayos derivados de su experiencia de vida y nacidos del corazón del sufrimiento.
En su obra más famosa, Las campanas de Nagasaki, narró con honestidad brutal pero radiante esperanza el bombardeo del que fue sobreviviente. Este libro se convirtió en un betseller nacional y fue adaptado a una película en 1950.
Takashi donó los derechos de autor para reconstruir las instituciones católicas de Nagasaki: la catedral, el hospital, el orfanato y las escuelas. Su sueño no solo se centró en reconstruir los edificios, sino en revivir el espíritu de amor y misericordia en la comunidad.
Además, plantó más de mil cerezos por toda la tierra arrasada como símbolos de resurrección y belleza en medio de la desolación.
Su espiritualidad, que le había guiado como médico, esposo y miembro de la Sociedad de San Vicente de Paul, hacía de su sufrimiento una fiel participación de la Cruz de Cristo.
Y aunque se convirtió en un elogiado icono de Japón, jamás abandonó la humildad que lo caracterizó el resto de su vida:
«La luna estaría oscura sin la luz del sol. Jesús es el sol; yo sólo reflejo un poco de su luz. Sin Dios, no sería más que un siervo inútil».
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El Sermón de la Montaña
El 1 de mayo de 1951, sintiendo cerca la muerte, pidió que lo llevaran a la Catedral, donde se entregó al silencio de la oración. Luego, en el hospital, rodeado de enfermeras y estudiantes de medicina, susurró un mensaje final: “Por favor, recen”.
Antes de morir, Takashi dejó entre sus escritos una carta, eco del Sermón de la Montaña de Jesucristo y una herencia espiritual basada en las Bienaventuranzas, en la confianza a la Divina Providencia y en la dignidad de ser hijos De Dios:
“Derramad vuestras lágrimas ante él y Él las secará. Lo dice en el Sermón de la Montaña, donde podéis encontrar todas las respuestas”.

Murió en paz. Lo enterraron en el Cementerio Internacional de Sakamoto. Su funeral paralizó a toda la ciudad. Al unísono sonaron las campanas de las iglesias, los gongs budistas y las sirenas de las fábricas. Lo despidieron católicos y no católicos.
En Japón se decía: “Cayeron dos bombas atómicas: Hiroshima grita; Nagasaki reza”. Aquella diferencia la marcó Takashi Nagai.
Proceso de canonización
El 1ro de octubre de 2021, el arzobispo de Nagasaki, Mons. Joseph Mitsuaki Takami recibió dos Supplices Libelli, mediante las cuales se solicitó oficialmente la apertura conjunta de dos causas de beatificación y canonización: la de Midori y Takashi Nagai.
El arzobispo aceptó y aprobó la apertura de las causas, con lo que Takashi y Midori recibieron el título de Siervos De Dios, el primer paso del proceso de canonización. Su sucesor, el actual arzobispo de Nagasaki, Mons. Peter Michiaki Nakamura, actualmente acompaña el desarrollo de la fase diocesana y los pasos posteriores del proceso.
Años después de la tragedia, tras tanto dolor y guerras, Takashi Nagai dejó al mundo un deseo que sigue resonando con fuerza hasta hoy:
“Que las campanas sigan repicando este mensaje de paz hasta el amanecer del último día del mundo.”





