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La lección de Santo Tomás: creer en un mundo que desconfía de todo

En una época marcada por el escepticismo, santo Tomás ofrece una respuesta sorprendentemente actual sobre la fe, las heridas y el encuentro con Cristo.

8 julio, 2026
La lección de Santo Tomás: creer en un mundo que desconfía de todo
La incredulidad de santo Tomas, cuadro pintado por Caravaggio en 1602.
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Al pronunciar normalmente el nombre de Tomás Apóstol, hay una etiqueta casi automática: el incrédulo, el que duda. A lo largo de los siglos hemos convertido a Tomás en una especie de chivo expiatorio de nuestras propias inseguridades espirituales. 

Tomás somos nosotros, cada uno de nosotros. Vivimos en una época contemporánea que nos ha entrenado para no creer en nada que no podamos medir, que no podamos tocar, que no podamos cuantificar o consumir. Hemos sido estafados por ideologías, por promesas políticas vacías, por instituciones que nos han fallado, incluida, dolorosamente, también nuestra propia Iglesia en sus momentos de oscuridad.

Y, en este contexto, la postura de Tomás no es un berrinche caprichoso; es una reacción honesta de un hombre que ha amado profundamente a Jesús, que ha visto cómo el objeto de su amor era torturado y aniquilado en una cruz.

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Recordemos que cuando Jesús decidió volver a Judea, al encuentro de Lázaro, sabiendo que los fariseos querían matarlo, todos los demás discípulos, al unísono, intentaron disuadirlo. ¿Y Tomás qué hizo? ¿Qué dijo Tomás? “Vayamos también nosotros y muramos con Él”. 

Tomás no era un cobarde; era un hombre de lealtad absoluta y de pasiones viscerales. Su crisis tras el Viernes Santo es directamente proporcional a la inmensidad de su amor por Cristo. Cuando uno ha apostado la vida entera por alguien y ese alguien termina clavado en un madero, la exigencia de pruebas no es falta de fe; es ese grito desgarrador de un corazón que se niega a ser engañado por ilusiones baratas o por consuelos fáciles.

Como bien nos recordaba el filósofo español Miguel de Unamuno, una fe que no duda es una fe muerta. La duda de Tomás es crítica, es analítica, es profundamente humana. Él se niega a aceptar una resurrección, podríamos decir, aséptica, higienizada; un fantasma glorioso que borre de un plumazo todo el sufrimiento anterior. Y exige tocar las marcas de los clamvos y meter la mano en el costado.

Y entonces Jesús se presenta. No reprende a Tomás con ira, no lo expulsa de la comunidad; más bien, se acerca a su herida con infinita ternura y le ofrece exactamente lo que necesita: “Trae tu dedo; aquí tienes mis manos. Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”.

Hoy, en nuestro mundo, tocar las llagas de Cristo significa salir de nuestras sacristías seguras y tocar las llagas de la humanidad. Es estar dispuestos a meter nuestras manos en ese costado sangrante de nuestra sociedad: en la soledad de los ancianos, en el sufrimiento desesperado de los enfermos, en la angustia de los jóvenes sin futuro y sin opciones de vida, en el drama de los migrantes que mueren en nuestras fronteras, en el dolor de tantas familias rotas y separadas.

Y es a través de este contacto con la realidad herida que Tomás da ese salto cualitativo: no dice simplemente: “Es verdad, ha resucitado”. Cae de rodillas y pronuncia la confesión cristológica más alta, más íntima y más definitiva de todo el Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”.

El hombre que más dudó es el que lleva más lejos su fe. Ve al hombre, pero profesa su fe en Dios. Es una fe acrisolada en el fuego de la crisis, del dolor y, sobre todo, del encuentro personal.

Dejemos de fingir una fe impecable. Presentemos a Dios nuestras dudas, nuestras decepciones, nuestro escepticismo metódico. No nos conformemos con los testimonios que oímos de otros; busquemos el encuentro personal con Cristo. Nuestra fe, aunque tejida de oscuridades, es preciosa a los ojos de Dios. Nunca lo olviden.

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