La solemnidad de San Pedro y San Pablo
En la solemnidad de San Pedro y San Pablo, la Iglesia recuerda que sus cimientos no fueron el poder, sino la fe, el martirio y la fidelidad a Cristo.
En estos días la Iglesia se detiene a mirar sus propios cimientos. Celebramos los dos pilares sobre los que descansa nuestra Fe. En la liturgia de la solemnidad no nos encontramos a dos príncipes sentados en sus tronos de oro; encontramos a un prisionero encadenado en un calabozo (Hechos 12) y a un anciano abandonado por todos a punto de ser ejecutado (2 Timoteo 4)
Pedro está en prisión y el texto de la lectura (Hch 12m 1-11) es conmovedor por su sencillez: “Mientras Pedro estaba en la cárcel, la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios”. No formaron comités de crisis, ni cuartos de guerra, no buscaron alianzas políticas, no diluyeron su mensaje para apaciguar a Herodes. Oraron. Confiaron en el poder de Dios, y se rompieron las cadenas
En el Evangelio de Mateo (Mt 16, 13-19) Jesús hace la pregunta definitiva: “ Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro, iluminado, responde: “Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Sobre esta confesión de fe, Jesús funda su Iglesia. No sobre la impecabilidad moral de Pedro -que poco después negará conocerlo-. Sino sobre la roca de una fe pura, revelada y valiente.
Si Pedro nos recuerda el nacimiento de la fe y la autoridad del servicio, Pablo nos confronta con el fuego de la misión. Pablo está en una prisión de Roma (Tim 4, 6-8, 17-18) y sabe que su fin está cerca: “Ha llegado para mí la hora del sacrificio y se acerca el momento de mi partida. He luchado bien en el combate, he corrido hasta la meta, he perseverado en la fe”
Pablo no habla de éxitos pastorales, no presenta estadísticas, ni presume Iglesias llenas. Habla de un combate, de haber sido una ofrenda sacrificial. Y añade una nota de realismo doloroso: “Cuando todos me abandonaron, el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas”
Para entender quiénes son Pedro y Pablo basta ver cómo vencieron. No tenían riquezas ni ejércitos, no mendigaron el favor de los poderosos ni dialogaron con el mal. Estaban atados con cadenas y, sin embargo, su palabra era más libre y cortante que cualquier espada. San Juan Crisóstomo dijo: “Eran solo dos hombres, depreciados por el mundo, pero con el fuego del Espíritu en su interior, fueron suficientes para incendiar el impero de la mentira y doblegarlo ante la Cruz”
El martirio de estos dos apóstoles no es un dato histórico, es una condena a nuestras cobardías actuales. Hoy la Iglesia necesita recuperar esta dimensión martirial. El Papa Benedicto XVI, con su profundidad profética advertía de la Iglesia del futuro “se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio … Será una Iglesia más espiritual, que no se atribuirá un mandato político coqueteando unas veces con la izquierda y otra con la derecha. Será pobre se convertirá en la Iglesia de los indigentes.”
Hermanos, la solemnidad de San Pedro y San Pablo no es un recuerdo nostálgico del pasado. Es un juicio sobre nuestro presente y una brújula para nuestro futuro.


