¿Se puede sanar con inteligencia artificial? Una reflexión a la luz de Magnífica Humanitas
Una inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender muchas cosas sobre nosotros mismos. Pero comprender no siempre basta para sanar.
En los últimos años se ha vuelto cada vez más común que las personas recurran a la inteligencia artificial (IA) para hablar de aquello que les preocupa. Algunos buscan consejo sobre una relación; otros intentan comprender mejor lo que están sintiendo; muchos simplemente buscan compañía en momentos de soledad. El fenómeno ha crecido tanto que hoy existen millones de publicaciones en redes sociales sobre el uso de herramientas como ChatGPT para cuestiones emocionales.
Tan solo en marzo de 2025 se estimaba que existían alrededor de 16.7 millones de publicaciones en TikTok relacionadas con el uso de ChatGPT como terapeuta o herramienta de apoyo emocional (Penley, 2025).
Con frecuencia me preguntan si creo que una persona puede sanar con inteligencia artificial. Mi respuesta suele ser otra pregunta: ¿qué buscas? ¿Para qué quieres sanar?
Detrás de este fenómeno hay una pregunta que me parece mucho más interesante que cualquier debate tecnológico: ¿qué es lo que realmente buscamos cuando acudimos a la IA como apoyo emocional?
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La mayoría de las personas se desconcierta ante la pregunta porque parece obvia. Pero cuando escuchamos con atención lo que las personas cuentan sobre su sufrimiento, descubrimos que muchas veces aquello que buscan no es solamente dejar de sentir dolor. Buscan recuperar algo que sienten que perdieron en el camino. He escuchado a personas decir: “Ya no me reconozco”; “Siento que perdí quién era”; “No vuelvo a confiar en nadie”; “Perdí la fe”. Detrás del deseo de sanar suele haber algo más profundo: el deseo de volver a encontrarse consigo mismas, de volver a confiar, de volver a sentirse cerca de los demás y de recuperar aquello que da sentido a su vida.
Quizá por eso resulta tan llamativo que intentemos responder a una sensación de desconexión profundamente humana mediante una tecnología.
Si lo que buscamos es conexión, ¿entonces por qué acudimos a la inteligencia artificial? La IA puede ofrecer muchas cosas valiosas. Quizá acudimos a ella porque siempre está disponible. A las cuatro de la mañana, cuando no podemos dormir. Después de una discusión dolorosa. En medio de una crisis de ansiedad. Cuando sentimos que no tenemos a quién llamar.
También puede ofrecer algo que resulta sumamente atractivo: respuestas inmediatas. Puede ayudarnos a poner en palabras aquello que estamos sintiendo, a ordenar pensamientos que parecen un caos o a comprender mejor lo que nos está ocurriendo. En cuestión de segundos puede ofrecer explicaciones, estrategias y posibles caminos a seguir. Incluso responde con frases que parecen profundamente comprensivas: “No estás solo”; “Lo que sientes es válido”; “Es normal sentirse así”. Y, en muchos casos, estas respuestas pueden brindar cierto alivio.
Sin embargo, existe algo que ninguna inteligencia artificial puede ofrecer: presencia.
En Magnifica Humanitas, el Papa León XIV recuerda que las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no conocen desde dentro el amor, la amistad, el sufrimiento o la responsabilidad. Pueden simular empatía, pero no experimentarla. Pueden producir palabras de consuelo, pero no compartir verdaderamente el peso de aquello que vivimos (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 99).
A lo largo de mi carrera como psicóloga especializada en trauma he observado algo una y otra vez en las historias llenas de dolor que he tenido el privilegio de acompañar. Muchas veces el mayor sufrimiento no proviene únicamente de lo que ocurrió. No es solamente el acontecimiento en sí mismo. Es la huella que dejó en la persona cuando tuvo que atravesarlo sola.
Con frecuencia pensamos que el trauma está determinado exclusivamente por la gravedad de un evento. Sin embargo, dos personas pueden vivir situaciones similares y experimentar consecuencias muy distintas dependiendo del acompañamiento que hayan recibido y de las redes de apoyo con las que cuenten.
En mi experiencia acompañando a víctimas de abuso he observado que, sí, el abuso puede ser profundamente traumático. Pero al escuchar las historias de muchas víctimas he descubierto que aquello que más las marcó no fue solamente lo que ocurrió. Fue lo que sucedió después.
“Nadie se dio cuenta.”
“Se lo conté a mi mamá y no me creyó.”
“Me dijeron que no dijera nada porque iba a destruir a la familia.”
“No se lo podía contar a nadie. Estaba solo.”
La experiencia dolorosa estuvo ahí. Pero el sufrimiento se profundizó porque no hubo nadie que ayudara a la persona a recuperar la sensación de seguridad, que le creyera, la protegiera o la acompañara a salir de ahí.
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Las heridas más profundas suelen ocurrir dentro de relaciones significativas: la traición de una persona en quien confiábamos, el abandono de un padre o una madre, la infidelidad de una pareja o la manipulación de alguien que decía amarnos.
Cuando una persona es dañada dentro de una relación, es natural que le cueste volver a confiar. Muchas veces comienza a aislarse y a pensar que está mejor sola. Después de todo, si no confía en nadie, nadie podrá volver a lastimarla. Así, poco a poco, construye una barrera protectora que le brinda cierta sensación de seguridad. Pero esa protección también tiene un costo: la soledad.
Y es precisamente en este contexto donde la inteligencia artificial puede resultar tan atractiva. Ofrece una sensación de conexión, una especie de relación, sin el riesgo que implica confiar en otra persona y exponerse nuevamente a ser herido.
En Magnifica Humanitas, el Papa León XIV señala que “cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia”. Más adelante añade que el riesgo no consiste únicamente en que una persona llegue a creer que está hablando con otra persona, sino en que deje de buscar realmente al otro (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 100).
Es una realidad que el ser humano nunca pierde del todo el deseo de ser amado, comprendido y acompañado, aunque a veces llegue a convencerse de lo contrario. Sin embargo, sí he visto cómo las heridas pueden hacer que una persona deje de atreverse a buscar aquello que más necesita.
Quien ha sido traicionado teme volver a confiar.
Quien ha sido abandonado teme volver a depender de alguien.
Quien ha sido humillado teme volver a mostrarse vulnerable.
Poco a poco, la distancia parece una opción más segura. Si no confío en nadie, nadie podrá volver a lastimarme. Así, la distancia se convierte en una barrera protectora que promete seguridad, pero termina profundizando la soledad.
Y en ese contexto resulta comprensible que una interacción aparentemente empática, disponible a cualquier hora y libre del riesgo de rechazo, pueda resultar tan atractiva. La inteligencia artificial ofrece una forma de interacción que parece segura: escucha sin juzgar, responde sin cansarse y permanece disponible cuando nadie más responde. Sin embargo, detrás de la pantalla no hay una persona capaz de compartir verdaderamente nuestro sufrimiento. No hay alguien que pueda conmoverse ante nuestras lágrimas, alegrarse con nuestros logros o cargar con nosotros el peso de una pérdida. Puede ofrecer respuestas, explicaciones y palabras de consuelo, pero no una presencia empática capaz de sostenernos en medio del dolor.
La pregunta de fondo no es si la inteligencia artificial puede ayudarnos. En muchos casos puede hacerlo. Puede brindar información, favorecer la reflexión e incluso ayudarnos a expresar emociones que nos cuesta poner en palabras. La verdadera pregunta es otra: ¿puede sustituir aquello que más necesitamos para sanar?
Y para responderla, quizá sea necesario volver al inicio: ¿qué significa sanar? Si sanar consistiera únicamente en comprender lo que nos sucede, probablemente una inteligencia artificial podría llevarnos bastante lejos. Pero sanar también implica volver a confiar cuando hemos sido traicionados; volver a vincularnos cuando hemos sido abandonados; volver a sentirnos seguros cuando hemos vivido con miedo; volver a descubrir que no estamos solos.
Las personas no solo necesitan entender su historia. También necesitan vivir experiencias nuevas que contradigan aquello que las hirió. Necesitan volver a experimentar que una relación puede ser un lugar seguro. Que existen personas que permanecen. Que se puede volver a confiar. Que es posible ser escuchado, comprendido y amado sin ser utilizado, abandonado o herido.
Las heridas más profundas suelen nacer en el contexto de una relación. Y por eso mismo difícilmente sanan en aislamiento. Sanan en relaciones que ayudan a restaurar la sensación de seguridad en el cuerpo, la esperanza en el mundo y la confianza en uno mismo y en los demás.
En una cultura fascinada por la tecnología, el desafío sigue siendo custodiar aquello que nos hace profundamente humanos. Necesitamos ser mirados, escuchados, acompañados y amados. Necesitamos relaciones reales que nos recuerden que nuestra vida tiene valor y que no estamos solos.
Porque al final una inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender muchas cosas sobre nosotros mismos. Pero comprender no siempre basta para sanar.
El Papa León XIV lo expresa con claridad en su más reciente encíclica: “Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (León XIV, Magnifica Humanitas, n. 117).




