Sabías que

¿Por qué a Santo Tomás se le conoce como el apóstol incrédulo?

Santo Tomás, como los demás apóstoles, es un testimonio vivo de fe y de purificación de la fe.
La incredulidad de Santo Tomás, Cuadro de Caravaggio.
La incredulidad de Santo Tomás, Cuadro de Caravaggio.

Judas Tomás Dídimo es más conocido como Santo Tomás, que significa gemelo en hebreo, lo mismo que Dídimo en Griego. Tomás siguió a Jesús y manifestó incluso su deseo de acompañarlo hasta la muerte. Los apóstoles sabían que las autoridades de Jerusalén lo buscaban para matarlo, y cuando Jesús manifestó su voluntad de ir a Jerusalén, Tomás dijo a los demás apóstoles: “Vayamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11, 16), y cuando Jesús se despidió durante su Última Cena, fue Tomás el que preguntó; “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?” (Jn 14, 5).

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Tomás cree en Jesús, dejándolo todo, lo sigue y lo ama hasta dar su vida por Él y con Él. Sin ninguna duda, Tomás es un hombre de fe, pero la debilidad humana hace que ésta flaquee o se debilite.

El miedo a los judíos hizo que todos los apóstoles, menos Juan, no fueran testigos de la Muerte de Jesús. Ese miedo que los llevó a encerrase les impidió también ser testigos primordiales de su Resurrección. Esos privilegios se les concedieron a la Virgen María y a las discípulas que seguían a Jesús y lo servían; ellas sí fueron testigos de su Muerte y Resurrección. A los apóstoles sólo les quedó creer por el testimonio de ellas.

Pero Tomás era diferente. Pertenecía a esa clase de hombres muy racionales que no quieren ser crédulos y que exigen ver para creer, tocar para convencerse.

Cuando Jesús se aparece, ahora sí, a los apóstoles, Tomás no estaba con ellos y no lo vio. Cuando le platicaron, llenos de alborozo, que habían visto al Resucitado, Tomás no lo creyó; se le hacía imposible y exigió meter sus dedos en las llagas de sus manos y pies, y meter su mano en la herida del costado para poder creer. Él no podía creer lo que no era posible según su lógica.

Jesús lo consecuenta con su paciencia nacida del amor. La fe de Tomás es preciosa para Cristo y lo necesita para que sea Su testigo hasta los fines del mundo. Otra vez se aparece a los apóstoles, pero podríamos decir que se le apaarece de manera especial a Tomás, el incrédulo racionalista. Le pide que meta sus dedos y su mano en sus heridas gloriosas, y Tomás se rinde ante la evidencia y tan sólo alcanza a exclamar “Señor mío y Dios mío”, esas mismas palabras con las que por tradición nuestro pueblo confiesa su fe en la presencia real de Jesús en la Eucaristía durante la Consagración. (Jn 20, 19-31) La incredulidad de Tomás nos mereció una alabanza de Jesús: “dichosos nosotros que sin haber visto creemos”.

¿Qué pasó con Tomás después de la ascensión de Jesús al cielo? La tradición nos cuenta que viajó a la India, donde fundo “siete Iglesias y media”, y en donde tuvo la oportunidad, ahora sí, de morir por Cristo. La semilla que él sembró sigue dando frutos hasta la fecha.

Santo Tomás, como los demás apóstoles, es un testimonio vivo de fe y de purificación de la fe, ya que por la debilidad humana se puede flaquear, pero por la misericordia divina la fe se fortalece, se hace testimonial, brilla entre las tinieblas, se siembra y da fruto al que Dios le da crecimiento.