Editorial
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Al rescate de nuestra historia

Dejar que las iglesias sean presa del descuido, el abandono, y la inseguridad, es atentar contra nuestra historia.
Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles aún no restaurada. Foto: Ricardo Sánchez
Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles aún no restaurada. Foto: Ricardo Sánchez

A tres años del sismo del 19 de septiembre de 2017, que afectó a muchas iglesias que son parte del Patrimonio Histórico, Artístico y Religioso del país, queremos hacer una reflexión y poner nuestra mirada en los avances de su restauración.

Estos monumentos son de amplia relevancia cultural y artística; son patrimonio de todos, no sólo de los católicos, por la historia que nos enseñan y el arte reunido de los mejores arquitectos y artistas plásticos de México, reflejo de la historia de nuestro pueblo.

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Tenemos conciencia de que son muchos los daños y que los costos para poderlos intervenir son altos; sabemos lo largo y difícil de los estudios y procesos que se deben ejecutar, sobre todo si queremos que los trabajos perduren por muchos siglos más.

Además, es un hecho que la situación económica y la pandemia han complicado los avances, pero mantenemos la confianza en que todo será restaurado y, de nuestra parte, nos comprometemos a que, después de la aplicación de los recursos asignados, colaboraremos junto con el Pueblo de Dios en los detalles de mejoramiento.

Nuestra inquietud no es aislada. La comparten muchas otras diócesis del país. Conocemos de avances, y de algunas iglesias terminadas y entregadas, pero nos preocupan aquellas que están cerradas y con riesgo de mayores daños. Como ejemplo está lo ocurrido hace unos días en la Parroquia de la Santa Veracruz.

Desde hace casi tres años esta parroquia se encuentra cerrada a causa del terremoto, pero su situación se agravó con los actos de vandalismo y allanamiento que venía sufriendo, y que derivaron en un incendio -provocado o accidental- que dejó serias afectaciones.

Este suceso -así como el aniversario de los sismos de 1985 y 2017- reaviva nuestra preocupación e interés por atender lo dañado y conservar nuestros tesoros religiosos y culturales.  No se trata sólo de ver la espiritualidad de la Iglesia, sino la riqueza y expresión artística, cultural e histórica.

Las iglesias históricas no son museos, siguen siendo templos vivos. Si las obras artísticas “tienen vida”, mucho más la tienen quienes las utilizan y se sirven de ellas; son, además, símbolos de la presencia de Dios, son en sí mismos figura y llamado a la reunión y al encuentro. Nos invitan y convocan.

Dejar que estos sitios sean presa del descuido, el abandono, y la inseguridad, es atentar contra nuestra historia.

Sólo unidos con las autoridades civiles y las comunidades eclesiales será posible restaurar y levantar nuestros edificios caídos, mas no destruidos. No queremos caer en el desánimo, ni en el cansancio; aunque tenemos muchos reportes de avances y muy buenos, necesitamos más.

Confiamos en que las autoridades cumplirán su palabra empeñada en los itinerarios de restauración para continuar el rescate de este patrimonio que, como se dijo anteriormente, es de todos los mexicanos.

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