¿Cómo pasamos de abrazarnos a agredirnos? La violencia en los festejos del mundial

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¿Cómo pasamos de abrazarnos a agredirnos? La violencia en los festejos del mundial

La fiesta del Mundial mostró lo mejor de México, pero también dejó al descubierto una dolorosa realidad: la celebración puede convertirse en tragedia.

2 julio, 2026
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Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.). 

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Andrés apretó la mano de su hijo Emilio, de catorce años, en el instante en que el árbitro pitó el final: México 2, Ecuador 0. A su alrededor, el Ángel de la Independencia desapareció bajo una marea de casi un millón de personas. Banderas tricolores, cláxones, abrazos entre desconocidos que se trataban como familia. “Nunca vas a olvidar esto”, le dijo Andrés a su hijo. Tenía razón, aunque no por lo que imaginaba.

Media hora después, la misma multitud que los había levantado en hombros empezó a asfixiarlos. El río de gente hacia Paseo de la Reforma se convirtió en un embudo sin salida. Alguien cayó. Luego otro. Los gritos de gol se confundieron con gritos de auxilio que ya nadie distinguía. A pocas calles, en Amberes, el cristal de una cafetería estalló bajo el peso de quienes huían sin saber de qué huían.

Días antes, en Cabo San Lucas, la misma euforia —los mismos cantos, la misma bandera— había terminado con un automóvil arrollando a diecisiete aficionados que festejaban otro triunfo del Tri. La multitud, furiosa, golpeó al conductor hasta dejarlo malherido; murió después, en un hospital. Esa misma noche del triunfo sobre Ecuador, en Hidalgo, otro conductor —presuntamente ebrio— embistió a un grupo de aficionados en una glorieta; también a él la multitud lo sacó a golpes de su camioneta antes de que llegara la policía.

Andrés llevó a Emilio a casa sin encontrar las palabras. ¿Cómo explicarle que la misma calle, la misma gente, el mismo amor por una camiseta, se había vuelto irreconocible en menos de una hora? ¿En qué momento el abrazo se convirtió en agresión?

Lo mejor de nosotros, en noventa minutos

El Mundial 2026 nos ha mostrado una versión hermosa de México: familias reunidas frente a la pantalla, calles pintadas de tricolor, turistas de decenas de países recibidos con la hospitalidad que nos caracteriza, desconocidos que se abrazan como hermanos por noventa minutos. Es la capacidad humana —y por eso también espiritual— de gozo gratuito, de fiesta compartida, de comunidad instantánea alrededor de algo tan sencillo como un balón. La tradición cristiana reconoce en esa alegría una huella de Dios en nosotros: “se gozará por ti con cantos”, dice el profeta Sofonías (3, 17). El deporte, cuando cumple su propósito, es escuela de disciplina, de esfuerzo premiado y de encuentro entre pueblos. Eso también pasó estos días en México, y conviene no perderlo de vista mientras hablamos de lo que salió mal.

¿Qué nos pasó?

La pregunta “¿qué nos pasó?” presupone que algo cambió de golpe. Es más honesto preguntar qué no había cambiado y que la multitud simplemente dejó al descubierto. La normativa sobre venta y publicidad de alcohol en México sigue prácticamente igual desde 2015, y la mercadotecnia que asocia gol con brindis lleva años normalizando el exceso. Sabemos, además, que la intoxicación alcohólica interfiere con los mecanismos cerebrales que regulan el juicio y el impulso —no es la maldad repentina de una multitud, sino una alteración que multiplica la probabilidad de reacciones agresivas—. A esto se suma un fenómeno estudiado por la psicología social, que en las aglomeraciones masivas, el individuo diluye su sentido de responsabilidad personal en el anonimato del grupo; es lo que los especialistas llaman desindividuación.

Desde la fe, esto no demuestra que “los aficionados al futbol son violentos” ni que “un país sea violento en sí”. Demuestra, más bien, actitudes interiores desordenadas —una autoestima mal entendida, un déficit de empatía hacia el otro, un olvido práctico de la dignidad humana y de los valores que el propio juego representa, una escasa capacidad de autocontrol— unidas a una organización social insuficiente. Esa fragilidad, sumada a la densidad humana, el calor, el alcohol sin freno institucional y la ausencia de rutas de salida planificadas, encontró la ocasión para desbordar el cauce que normalmente la contiene. El problema no es el pueblo que festeja; es la estructura —cultural, comercial y regulatoria— que toleramos todos los días y que la multitud simplemente hizo visible.

El límite de toda fiesta es la vida humana y su dignidad

Ninguna copa, ninguna hazaña deportiva, ninguna historia de un equipo justifica una sola vida perdida. En el Ángel de la Independencia hubo personas fallecidas y muchas más heridas en una sola noche de festejo, la mayoría por asfixia entre la multitud; en Cabo San Lucas diecisiete aficionados fueron atropellados por un automóvil, y esa misma noche, en Hidalgo, otro conductor embistió a un grupo de asistentes en circunstancias similares. En ambos casos la multitud respondió golpeando al conductor; en Cabo San Lucas, el hombre murió después a consecuencia de las heridas.

Estos hechos no son “daños colaterales de la fiesta”: son un fracaso moral y civil que exige examen de conciencia colectivo, no solo una investigación policial. La dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios, es el límite no negociable de cualquier celebración: cuando una multitud —por euforia, por alcohol, por falta de control de acceso— pone en riesgo la vida de otro, ha dejado de festejar y ha empezado a agredir, aunque nadie haya tenido intención de matar. El futbol debe propiciar la cultura del encuentro y de la amistad humana; no es concebible que la fiesta y la alegría terminen con la vida de las personas. Cuando eso ocurre, han traicionado su propio sentido.

El verdadero triunfo: saber alegrarnos sin destruirnos

El triunfo verdadero no se mide solo en el marcador, sino en sí, después de la fiesta, seguimos reconociéndonos como hermanos. La templanza —esa virtud clásica que la tradición moral cristiana enseña junto a la prudencia, la justicia y la fortaleza— no es enemiga de la alegría: es lo que permite que la alegría no se devore a sí misma. Celebrar con dominio de sí no es celebrar menos; es celebrar de un modo que todos puedan contar la historia al día siguiente.

Esto exige tareas concretas.

  • Las familias pueden hablar con sus hijos antes de asistir a estas concentraciones: acordar un punto de reencuentro si se separan, poner límites claros al alcohol, y modelar con el ejemplo que la alegría sobria también es alegría plena.
  • Las escuelas pueden enseñar, desde temprano, autorregulación emocional y pensamiento crítico frente a la publicidad que vende el triunfo deportivo envuelto en una lata de cerveza.
  • Las parroquias pueden catequizar sobre la templanza aplicada al deporte y ofrecer alternativas reales de celebración comunitaria —misas de acción de gracias, pantallas en los atrios con acompañamiento pastoral— que canalicen el gozo sin los riesgos de una megaconcentración sin control de acceso.
  • El gobierno no puede limitarse a medidas reactivas, debe aplicar de forma sostenida lo que la OMS y la OCDE ya recomiendan —restringir horarios y puntos de venta de alcohol, limitar la publicidad que asocia victoria deportiva con consumo, garantizar rutas de evacuación y atención médica en cada concentración masiva— y no solo decretar una Ley Seca de emergencia cuando la tragedia ya ocurrió.

Volver a casa juntos

Para Andrés, el verdadero triunfo de esa noche no fue el marcador, fue volver a casa con Emilio de la mano. Ese debería ser el criterio con el que México mida cada celebración que falte en este Mundial, no solo cuántos goles metimos, sino cuántos volvimos completos. Ganar la Copa sin perder a nuestros hermanos en el camino —esa es la final que de verdad importa, y todavía estamos a tiempo de no perderla.

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Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.).