Teotihuacán y la herida que no queremos ver
Ante la violencia que sacude distintos rincones del país, desde Teotihuacán hasta los hogares más cercanos, surge una pregunta urgente: ¿qué está pasando en el corazón humano?
Vimos con profundo dolor los hechos acontecidos en Teotihuacán, en los que un hombre abrió fuego desde la Pirámide de la Luna, asesinando a una turista canadiense e hiriendo a más de una decena de personas de distintas nacionalidades.
A ello se suman la noticia de una mujer que privó de la vida a su nuera en la Ciudad de México, movida por un arranque de ira; y la historia de un joven que asesinó a dos de sus maestras en Michoacán con un arma de fuego.
Podría pensarse que son hechos aislados. Sin embargo, los atraviesa el hilo del desprecio por la vida del otro.
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¿En qué momento la vida dejó de ser sagrada para algunos? ¿Qué está ocurriendo en el corazón humano para que alguien sea capaz de arrebatar la vida de otro? ¿Estamos atendiendo realmente las heridas emocionales que se gestan en nuestras familias?
La violencia no surge de la nada. Germina en historias fracturadas, en heridas no atendidas, en soledades profundas que, cuando no encuentran cauce, terminan por desbordarse.
Al respecto, queremos decir que la familia es el primer espacio donde aprendemos a mirar al otro como un don, es decir, como un regalo de Dios, o como una amenaza. Es ahí donde se forman (o se deforman) las emociones, los vínculos y la manera de enfrentar el dolor.
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Cuando en casa falta la escucha, cuando el enojo se normaliza, cuando el sufrimiento se calla o se minimiza, se van acumulando tensiones que tarde o temprano pueden desembocar en violencia. Y el dolor que no se acompaña puede volverse peligroso.
A esta realidad se añaden iniciativas y propuestas que relativizan el valor de la vida, especialmente cuando esta es frágil, incómoda o dependiente. Y, en otro nivel, se impulsan guerras sin sentido en las que se pierden historias humanas, se destruyen familias y se aniquilan comunidades enteras.
¿Hemos dejado de estremecernos ante la muerte? ¿Hemos normalizado la violencia al punto de volvernos indiferentes? ¿Qué formas sutiles de desprecio por la vida estamos tolerando en lo cotidiano?
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¿Y si dejáramos de herir con nuestras palabras?
La vida no vale por las semanas en las que fue concebida, ni por lo que produce, ni por su nacionalidad, su condición económica o su utilidad. Vale por el simple hecho de ser vida, un derecho universal y un regalo de Dios.
Insistimos en el llamado recurrente que hemos hecho a recuperar el valor de la vida en la familia, en la escuela y en las políticas públicas que se impulsan. Es tiempo de hablar de políticas públicas que protejan la vida, a la familia y la salud emocional de sus integrantes.
Cuando una familia cultiva el diálogo, la empatía y el perdón, se convierte en un espacio que sana, y que aprende a amar.
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Cuando se promueven iniciativas que cuidan la vida desde su inicio hasta su término natural, y que acompañan a la familia en su misión formativa, se favorece la prevención de la violencia, se fortalecen los vínculos y se siembra una cultura del cuidado que alcanza a toda la sociedad.
En este contexto, celebramos la Marcha por la Vida realizada este sábado 25 de abril. Es un signo alentador ver a miles de personas, en su mayoría jóvenes, salir a las calles para afirmar, con convicción, que toda vida merece ser defendida.
Frente a la tragedia de Teotihuacán, y a tantas otras donde la vida es descartada, es indispensable exigir justicia. Pero no basta. Es necesario responder también con políticas públicas que protejan la vida y la familia, y asumir, cada uno de nosotros, la responsabilidad de cultivar el amor y el cuidado del otro, de nuestro prójimo.





