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Mundial 2026: ¿puede un balón unir a un mundo dividido?

En medio de guerras y divisiones, el Mundial 2026 puede recordar que más allá de las fronteras, compartimos una misma humanidad.

9 junio, 2026
Mundial 2026: ¿puede un balón unir a un mundo dividido?
Detrás de cada camiseta hay personas, familias, sueños y esfuerzos compartidos. Foto: Especial
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Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey, Provicario Episcopal de Pastoral y Rector del Templo Expiatorio de San Luis Gonzaga. Fue gerente deportivo del Club de Fútbol Monterrey Rayados y Campeón del futbol mexicano en 2009 y 2010 

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En un mundo marcado por guerras, polarización y desconfianza entre pueblos, el Mundial de Futbol 2026 aparece como algo más que un torneo deportivo. Durante unas semanas, millones de personas vuelven a mirar en la misma dirección. Se escuchan himnos distintos, ondean banderas diversas y, sin embargo, la emoción compartida parece recordarnos una verdad sencilla: pertenecemos a una misma humanidad.

El futbol no resuelve los conflictos internacionales ni sustituye el trabajo diplomático o la búsqueda de justicia, pero sí puede abrir un espacio simbólico de encuentro. En la cancha se enfrentan selecciones; fuera de ella, muchas veces se encuentran culturas, historias y personas que descubren que el otro no siempre es una amenaza, sino alguien con quien es posible alegrarse, sufrir o celebrar.

No es casual que el futbol haya sido llamado con frecuencia un lenguaje universal porque el balón no pregunta nacionalidad, ideología o religión. Corre de un pie a otro y, de alguna manera, nos recuerda que la convivencia también necesita reglas, respeto y juego limpio.

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Lo digo también desde una experiencia personal. Antes de ser sacerdote tuve la oportunidad de trabajar varios años en el futbol profesional, acompañando desde distintas responsabilidades la vida cotidiana de un club. Ahí confirmé algo que muchas veces el aficionado intuye desde la tribuna: detrás de cada camiseta hay personas, familias, sueños y esfuerzos compartidos. 

El futbol profesional, con todas sus luces y desafíos, me permitió descubrir que el deporte no sólo genera espectáculo o identidad; también puede construir vínculos humanos y despertar un sentido de pertenencia que, bien encauzado, acerca a las personas y les recuerda que ningún triunfo vale si se pierde el respeto y la fraternidad.

El Mundial ofrece además un testimonio que a menudo pasa desapercibido: las manifestaciones de fe de muchos jugadores, ya que algunos se persignan antes de entrar al campo; otros elevan una oración, agradecen públicamente a Dios o se arrodillan después de un gol. Más allá de debates o posturas personales, estos gestos muestran que el éxito deportivo no siempre se vive como autosuficiencia, sino también como gratitud y humildad.

Quizá ahí exista una enseñanza importante para nuestro tiempo. La fe auténtica no divide ni alimenta superioridades; al contrario, puede ayudar a reconocer que el talento es un don y que la gloria humana tiene sentido cuando no pierde de vista la dignidad del otro.

En distintas épocas, el futbol ha servido para tender puentes donde la política o la historia habían levantado muros. Este Mundial en 2026, puede convertirse así en una oportunidad para recordar que la competencia no tiene por qué ser enemistad y que la pasión por un equipo no necesita transformarse en odio hacia otro.

Tal vez por eso, cuando el mundo parece acostumbrarse al conflicto, un estadio lleno también puede convertirse, aunque sea por instantes, en un pequeño laboratorio de convivencia humana. 

El futbol no traerá por sí solo la paz mundial, pero quizá pueda despertar algo que la paz necesita urgentemente para nacer: la capacidad de volver a mirarnos como hermanos, aunque sea por 90 minutos, más lo que agregue el árbitro.

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Autor

Sacerdote de la Arquidiócesis de Monterrey, Provicario Episcopal de Pastoral y Rector del Templo Expiatorio de San Luis Gonzaga. Fue gerente deportivo del Club de Fútbol Monterrey Rayados y Campeón del futbol mexicano en 2009 y 2010