Escuchar para sanar: el diálogo como camino hacia la paz
Inspirado en los valores del Evangelio, el Diálogo Nacional por la Paz convoca a sociedad, Iglesia y Estado a escuchar, dialogar y actuar para que la paz sea una realidad en México.
Hay dolores que marcan un antes y un después. El asesinato de los padres jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora, junto con el guía de turistas Pedro Palma, en Cerocahui, Chihuahua, en junio de 2022, estremeció profundamente a la Iglesia y a la sociedad mexicana. Sin embargo, ese crimen no dio lugar a una respuesta de confrontación ni de violencia, sino a una convicción más honda: que la sangre de las víctimas no podía ser estéril.
De ese dolor nació la decisión de convertir la indignación en una apuesta por la paz, que se construye cuando las comunidades vuelven a hablarse, cuando el Estado asume plenamente su obligación de garantizar seguridad y justicia, y cuando la sociedad deja de alimentar la violencia con indiferencia, normalización o miedo.
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Fue así que surgió el Diálogo Nacional por la Paz, una iniciativa inspirada en los valores del Evangelio y caracterizada, desde su origen, por la centralidad de la escucha. A lo largo de estos años, el proceso ha articulado equipos y esfuerzos locales en distintas regiones del país y hoy se prepara para un segundo gran encuentro nacional, que se realizará en Guadalajara los días 30 y 31 de enero y 1 de febrero.
En ese camino, este esfuerzo ha hecho de la escucha y el diálogo un método exigente que interpela a todos los ciudadanos. Escuchar implica reconocer a las víctimas como el centro de cualquier esfuerzo de pacificación, no como una cifra más, y aceptar que sin verdad, justicia y reparación para ellas no puede haber una paz auténtica ni duradera.
Ahora, el Segundo Diálogo convoca a más de mil participantes —académicos, especialistas, víctimas de la violencia, comunidades religiosas, representantes de gobierno, entre otros— y les propone asumir tres actitudes fundamentales: mirar, interpretar y actuar. Mirar la realidad sin eufemismos ni evasiones; interpretar con responsabilidad qué prácticas sí contribuyen a reconstruir el tejido social y a fortalecer la justicia; y actuar mediante compromisos medibles en el tiempo, más allá de coyunturas políticas o calendarios sexenales.
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Es importante subrayar que dialogar no significa negociar la dignidad humana ni pactar con la impunidad. Dialogar es construir juntos las condiciones para que la justicia sea posible y para que la seguridad no sea un privilegio de unos cuantos.
Desde su misión evangelizadora, la Iglesia propone la paz como una vocación: “Bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5,9). Oramos para que el clamor nacido en Cerocahui no se diluya con el paso del tiempo, sino que se transforme en un compromiso nacional por escuchar, dialogar y actuar, hasta que la paz se convierta en una realidad.



