¿Los católicos creemos en las “buenas vibras” y las energías?
¿Es compatible creer en las “buenas vibras”, cargarse de energía en una pirámide o recurrir a amuletos con la fe católica? El Catecismo de la Iglesia Católica explica por qué la superstición, la magia y la adivinación se alejan de la confianza puesta en Dios.
¿Es compatible creer en las “buenas vibras”, cargarse de energía en una pirámide o recurrir a amuletos con la fe católica? El Catecismo de la Iglesia Católica explica por qué la superstición, la magia y la adivinación se alejan de la confianza puesta en Dios.
Visitar Teotihuacán, El Tajín, Chichén Itzá y otros sitios arqueológicos de México es una oportunidad para conocer el patrimonio cultural de nuestro país y acercarse a la historia de las civilizaciones que los construyeron.
Sin embargo, desde hace años algunos de estos lugares también son visitados con la intención de “cargarse de energía”, recibir “buenas vibras” o realizar rituales relacionados con el sol y la naturaleza.
Para algunas personas se trata de una experiencia cultural o simbólica. Para otras, estas prácticas tienen un sentido espiritual y buscan obtener algún tipo de beneficio, protección o renovación personal.
Pero, ¿qué dice la Iglesia católica sobre las “buenas vibras”, las energías, los amuletos y este tipo de prácticas?
La respuesta requiere distinguir entre disfrutar de la naturaleza, reconocer el valor cultural de los sitios prehispánicos y atribuir a determinados objetos, lugares, astros o rituales un poder sobrenatural.
¿Qué dice el Catecismo sobre las “buenas vibras”?
La Iglesia no utiliza el concepto de “buenas vibras” o “energías” como una realidad espiritual que pueda recibirse, acumularse o utilizarse para modificar la vida de una persona. La cuestión se vuelve especialmente relevante cuando a una energía, objeto, lugar o ritual se le atribuye un poder sobrenatural.
El Catecismo de la Iglesia Católica aborda estas prácticas dentro de la explicación del Primer Mandamiento, que pide al cristiano reconocer y adorar solamente al Dios verdadero.
El número 2110 señala que este mandamiento “proscribe la superstición”, mientras que el 2111 explica que la superstición es una desviación del sentimiento religioso que puede aparecer cuando se atribuye una eficacia mágica a determinadas prácticas.
Esto permite hacer una distinción importante: no es lo mismo utilizar la expresión “buenas vibras” como una manera coloquial de desearle bienestar a alguien que creer que existe una energía espiritual capaz de protegernos, sanar, atraer prosperidad o modificar nuestro destino.
En este segundo caso, la práctica entra en el terreno que el Catecismo advierte que debe evitarse.
¿Los católicos creemos en las “buenas vibras”?
En la fe católica, la respuesta es no cuando con esa expresión se pretende atribuir a una fuerza impersonal un poder espiritual capaz de determinar nuestra vida, protegernos o cambiar nuestro destino.
El cristianismo no enseña que una persona pueda “cargarse de energía” mediante un lugar, un objeto o un ritual.
La Iglesia enseña que todo lo creado es obra de Dios y que la persona puede descubrir en la creación signos de su Creador. Sin embargo, la creación no ocupa el lugar de Dios ni posee un poder divino que el ser humano pueda manipular.
Por eso, una cosa es admirar la belleza de una pirámide, contemplar un amanecer o disfrutar de un espacio natural, y otra muy distinta es atribuirles un poder sobrenatural.
El Catecismo de la Iglesia Católica señala que la superstición consiste en una desviación del sentimiento religioso y puede aparecer incluso cuando se realizan prácticas legítimas, si se les atribuye una eficacia mágica.
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¿Qué es la superstición?
La superstición aparece cuando se atribuye un carácter sobrenatural u oculto a determinados acontecimientos, objetos o prácticas sin fundamento en la fe cristiana.
El Catecismo explica que la superstición puede llegar a atribuir una importancia mágica a determinadas prácticas, incluso cuando estas son legítimas en sí mismas. Por ejemplo, considerar que una oración funciona automáticamente por la sola repetición de determinadas palabras, sin importar la disposición interior de quien reza, también puede convertirse en una forma de superstición.
Esto permite entender una diferencia importante: la fe cristiana no consiste en utilizar a Dios, objetos religiosos o determinados rituales para conseguir algo, sino en establecer una relación de confianza con Él.
La oración, por ejemplo, no es un mecanismo mágico para obligar a Dios a concedernos algo.

Rituales con velas, amuletos y objetos simbólicos se han popularizado como formas de atraer prosperidad, aunque la Iglesia advierte que pueden caer en prácticas supersticiosas. Foto: Desde la fe IA
¿Qué dice la Iglesia sobre las energías, amuletos y rituales?
El Catecismo también aborda prácticas que buscan obtener o manipular poderes ocultos.
El número 2117 enseña que las prácticas de magia o hechicería mediante las cuales se pretende “domesticar” potencias ocultas para ponerlas al servicio de una persona son contrarias a la virtud de la religión. El mismo número señala que atribuir poder a los amuletos es reprensible.
Por ello, desde la perspectiva católica, un objeto no adquiere poderes sobrenaturales por haber sido colocado en determinado sitio, expuesto al sol, sometido a un ritual o utilizado por una persona que afirma tener conocimientos especiales.
La fe cristiana no enseña a manipular fuerzas espirituales para conseguir determinados resultados. Enseña a confiar en Dios.
Por ello, un católico debe tener cuidado con prácticas que prometen:
- protección mediante amuletos;
- atraer amor, dinero o prosperidad;
- “limpiar” energías negativas;
- modificar el destino mediante rituales;
- conocer el futuro a través de poderes ocultos;
- obtener beneficios espirituales mediante determinados objetos o lugares.
No se trata simplemente de decidir si un ritual es “bueno” o “malo”. La pregunta fundamental es en qué se está poniendo la confianza.
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¿Ir a una pirámide a “cargarse de energía” es un rito católico?
No. Las pirámides y zonas arqueológicas de México forman parte de un importante patrimonio histórico y cultural. Visitar estos lugares, conocer su arquitectura, aprender sobre las civilizaciones que los construyeron y contemplar su relación con fenómenos astronómicos no implica practicar una religión distinta.
El problema aparece cuando un visitante atribuye al lugar, al sol, a una piedra, a un objeto o a un determinado ritual un poder sobrenatural que puede ser recibido o manipulado.
La fe católica no enseña que la energía espiritual de una persona pueda renovarse mediante una pirámide o que un sitio arqueológico pueda transmitirle poderes especiales.
Por eso, admirar la creación y el patrimonio cultural es compatible con la fe; atribuirles un poder divino es otra cuestión.
¿Qué es el neopaganismo?
El término neopaganismo engloba diversas corrientes contemporáneas que recuperan o reinterpretan elementos de antiguas religiones y tradiciones paganas. No todas estas expresiones son iguales ni pueden reducirse a una sola práctica.
Desde la perspectiva cristiana, el problema surge cuando se diviniza aquello que no es Dios.
El Catecismo explica que la idolatría consiste precisamente en divinizar lo que no es Dios. Esto puede ocurrir no solamente con determinadas divinidades, sino también cuando una criatura, el poder, el dinero u otra realidad ocupa el lugar que corresponde exclusivamente a Dios.
Por eso, la cuestión para un católico no es simplemente si una práctica parece antigua, natural o espiritual. La pregunta es si esa práctica es compatible con la fe en el único Dios.

Foto: RegeneraciónMX
¿Por qué las “buenas vibras” pueden confundirse con la fe?
La expresión “buenas vibras” puede utilizarse de manera coloquial para desear bienestar, ánimo o una actitud positiva. En ese sentido cotidiano, no hay necesariamente un problema religioso.
La dificultad aparece cuando se convierte en una explicación espiritual: cuando se cree que existe una energía impersonal que puede ser atraída, acumulada, manipulada o utilizada para determinar lo que ocurrirá en nuestra vida.
La fe cristiana propone algo diferente. El cristiano no pone su confianza en una energía impersonal, sino en Dios, creador y providente, y reconoce que los dones que recibe proceden de Él.
La gracia de Dios no es una “energía” que pueda almacenarse, intercambiarse o manipularse. Es un don gratuito de Dios que transforma y fortalece al ser humano.
¿Qué pasa con “cargarse de energía” en una pirámide?
Aquí entra el número 2116 del Catecismo, que habla específicamente de horóscopos, astrología, interpretación de presagios y otras formas de adivinación. El Catecismo explica que estas prácticas implican una voluntad de ejercer poder sobre el tiempo, la historia y las personas, así como el deseo de obtener protección de poderes ocultos.
Por eso, la Iglesia distingue entre estudiar científicamente los astros y creer que su posición determina nuestra personalidad, nuestro futuro o nuestras decisiones.
El cristiano puede mirar al cielo con admiración, pero no necesita consultar las estrellas para conocer su destino.
El cristiano no necesita magia
El cristiano puede atravesar momentos de incertidumbre, miedo o preocupación. Sin embargo, la respuesta de la fe no consiste en buscar una fuerza alternativa que permita controlar aquello que no comprendemos.
La respuesta es confiar en Dios, orar, actuar responsablemente y ejercer la propia libertad.
San Pablo lo expresa, “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8,31)
La confianza cristiana tampoco significa esperar pasivamente que Dios resuelva todos los problemas. La fe invita a actuar, discernir y asumir las propias responsabilidades, sabiendo que la vida no está sometida a fuerzas impersonales que podamos manipular.
La fe cristiana frente a la superstición
La fe y la superstición no son lo mismo. La superstición busca seguridad mediante objetos, rituales o fuerzas a las que se atribuye un poder oculto. La fe, en cambio, implica confiar en Dios.
El Catecismo recuerda que el primer mandamiento llama al ser humano a creer en Dios, esperar en Él y amarlo por encima de todo. También señala que la superstición es una desviación del culto debido al verdadero Dios y puede manifestarse mediante formas de idolatría, adivinación y magia.
Por eso, un católico puede visitar una zona arqueológica, contemplar el amanecer, disfrutar de la naturaleza o interesarse por las antiguas culturas de México.
Lo que debe evitar es convertir esas realidades creadas en objetos de culto o atribuirles poderes sobrenaturales que corresponden solamente a Dios.
La creación puede llevarnos a admirar al Creador. Pero, como recuerda la tradición cristiana, no debemos quedarnos solamente en la criatura y olvidar a Aquél que la creó.
La verdadera confianza del cristiano no está en las “buenas vibras”, en los amuletos, en los astros ni en las energías, está en Dios.
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