¿Cómo convivir con familiares no católicos? Seis reglas para evitar discusiones

Leer más
COLUMNA

instagram

¿Es pecado emborracharse? Esto dice la Biblia sobre el alcohol

La Biblia no prohíbe el consumo moderado del alcohol, pero sí advierte sobre los peligros de la embriaguez. Conoce qué enseña la Iglesia sobre este tema y cuándo el abuso del alcohol puede convertirse en pecado.

7 agosto, 2026
POR:
Autor

Sacerdote diocesano y director de la Dimensión de Bienes Culturales de la Arquidiócesis Primada de México. Párroco de San José, en la colonia Revolución; y Rector de San Miguel, en la colonia Damián Carmona. 

Agréganos como tu fuente favorita en Google
Agrega Desde la Fe en

“Señor, si con beber te ofendo, con la cruda me sales debiendo”, suelen decir quienes un día antes abusaron del alcohol. Pero, ¿es pecado emborracharse? ¿Qué dice la Biblia sobre el consumo de alcohol y la embriaguez?

Vivimos en una sociedad donde el consumo de alcohol se ha normalizado hasta convertirse en parte de muchas reuniones y celebraciones. Para algunos parece que no puede existir una fiesta sin bebidas alcohólicas; sin embargo, cuando el consumo se vuelve un exceso aparece un problema que afecta a millones de personas: el alcoholismo.

Basta mirar la realidad. Las leyes de tránsito sancionan cada vez con mayor severidad a quienes conducen bajo los efectos del alcohol y provocan accidentes, muchas veces mortales. El problema se agrava cuando el alcohol se mezcla con otras sustancias.

Vivimos también en una cultura que suele entender la libertad como la posibilidad de hacer, comer o beber todo lo que se quiera. Sin embargo, esa idea termina convirtiéndose en un sofisma que provoca graves daños a la verdadera dignidad de la persona.

Estamos llamados a cuidar nuestro cuerpo, a no abusar de él y a no poner en riesgo, por imprudencia, nuestra propia vida ni la de los demás.

Por eso vale la pena preguntarnos: ¿es pecado emborracharse?

Te recomendamos: La Capilla de Juramentos, donde la Virgen de Guadalupe cambia vidas

Hombre alcoholizado dormido sobre una mesa y con un vaso de licor

El alcoholismo es una enfermedad progresiva y mortal. Foto: Especial

¿Qué dice la Biblia sobre el alcohol?

La Sagrada Escritura ofrece varias enseñanzas sobre este tema.

El libro de los Proverbios advierte: “El vino es escarnecedor, la bebida fuerte alborotadora, y cualquiera que con ellos se embriaga, no es sabio” (Pr 20,1).

Más adelante añade: “El que ama el placer acabará en la miseria; el amigo del vino y los perfumes no se enriquecerá” (Pr 21,17).

También aconseja: “No andes con los que beben vino ni con los que se hartan de carne, porque borrachos y comilones se empobrecen, y la pereza los viste de harapos” (Pr 23,20-21).

Y continúa con una descripción muy realista de las consecuencias de la embriaguez:

“¿De quién son los quejidos? ¿De quién los lamentos? ¿De quién las peleas? ¿De quién los pleitos? ¿De quién las heridas sin motivo? ¿De quién la mirada malintencionada? De los que se entretienen bebiendo vino, de los que andan saboreando mezclas” (Pr 23,29-30).

Los profetas también advierten sobre la embriaguez

Los profetas del Antiguo Testamento señalan igualmente los peligros del abuso del alcohol.

Isaías denuncia a quienes viven distraídos de Dios: “Tienen cítaras y arpas, panderos y flautas, y vino para sus banquetes, pero no consideran la acción del Señor, ni tienen en cuenta sus obras” (Is 5,12).

Más adelante afirma: “También éstos se tambalean por el vino, y el licor los hace dar traspiés; sacerdotes y profetas se tambalean por el licor, se atontan con el vino” (Is 28,7).

El profeta Oseas también hace referencia al abuso del vino cuando escribe: “En la fiesta de nuestro rey los príncipes se adormecen con el aroma del vino; el rey se mezcla con los chismosos” (Os 7,5).

¿Qué dice san Pablo?

En el Nuevo Testamento, san Pablo exhorta a los cristianos a vivir con dignidad:

“La noche está muy avanzada y el día se acerca; despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Portémonos con dignidad, como quien vive en pleno día. Nada de comilonas y borracheras; nada de lujuria y libertinaje; nada de envidias y rivalidades” (Rm 13,12-13).

Entonces, ¿es pecado emborracharse?

Es difícil responder de forma simple con un sí o un no. Lo que sí podemos afirmar es que la embriaguez se convierte en un problema cuando el alcohol se utiliza de manera habitual para desinhibirse, evadirse, huir de los compromisos o escapar de la realidad.

Si un día nos pasamos de copas, pero nos comportamos con prudencia, no provocamos problemas ni agredimos a los demás, la situación no es la misma que cuando el abuso del alcohol se vuelve una costumbre.

Cuando cada fin de semana terminamos embriagados; cuando el alcohol nos lleva a despilfarrar el dinero, descuidar nuestras obligaciones, privar a la familia de lo necesario, conducir irresponsablemente o provocar riñas y violencia, entonces sí estamos ante una conducta gravemente desordenada y, por tanto, pecaminosa.

La embriaguez nunca puede convertirse en una justificación para ofender, agredir o hacer aquello que en pleno uso de nuestras facultades no haríamos. Como dice el refrán, todo exceso es malo, y el alcohol, cuando se consume sin medida, suele abrir la puerta a muchos otros excesos.

El alcohol, por sí mismo, no es malo; su abuso sí lo es, por las consecuencias que provoca en la salud física, emocional, familiar y social.

Cuando el abuso se convierte en dependencia, hablamos de una enfermedad que afecta profundamente a quien la padece y también a quienes lo rodean. Se debilita la voluntad, aparecen conflictos familiares, laborales y sociales, además de graves afectaciones físicas y psicológicas.

No se trata simplemente de que la Iglesia o el sacerdote nos digan si emborracharse es o no pecado. Se trata de que todos aprendamos a vivir en verdadera libertad, sin ataduras ni dependencias que esclavicen nuestra voluntad.

Que alguien nos haga ver que un comportamiento no está bien no significa limitar nuestra libertad; significa invitarnos a ser realmente libres. Cuando perdemos el dominio de nosotros mismos, terminamos siendo esclavos del alcohol y nos alejamos de Dios y de nuestros hermanos.

Es muy fácil caer en un vicio y justificarlo; lo verdaderamente difícil es reconocerlo y aceptar la ayuda necesaria para salir de él.

La embriaguez puede no ser el único elemento para hablar de pecado, pero todo aquello que una persona llega a hacer bajo sus efectos puede convertirse en una grave ofensa contra Dios, contra el prójimo y contra sí misma.

Agréganos como tu fuente favorita en Google
Agrega Desde la Fe en

Autor

Sacerdote diocesano y director de la Dimensión de Bienes Culturales de la Arquidiócesis Primada de México. Párroco de San José, en la colonia Revolución; y Rector de San Miguel, en la colonia Damián Carmona.