La Biblia pasó por muchas manos: ¿cómo se conservó la Palabra de Dios?

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La Biblia pasó por muchas manos: ¿cómo se conservó la Palabra de Dios?

¿Alguna vez te has preguntado cómo se escribió realmente la Biblia? Detrás de sus páginas existe una historia fascinante de tradición oral, escritura, transmisión y copia. Conoce quiénes fueron los amanuenses y hagiógrafos y cómo su trabajo ayudó a transmitir la Palabra de Dios.

17 agosto, 2026
La Biblia pasó por muchas manos: ¿cómo se conservó la Palabra de Dios?
Desde las primeras comunidades cristianas hasta la elaboración de las ediciones críticas actuales, la Biblia ha recorrido un largo camino.
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La Biblia que hoy conocemos no apareció de un día para otro. Antes de que sus libros fueran reunidos en un canon y llegaran hasta nosotros, la Palabra de Dios recorrió un largo camino en el que participaron amanuenses, hagiógrafos y autores pseudoepigráficos. Entonces, ¿cómo se escribió la Biblia?

La transmisión de las Sagradas Escrituras comenzó, en buena medida, con la tradición oral. Los relatos, enseñanzas y acontecimientos fundamentales de la fe fueron transmitidos de generación en generación hasta que, con el paso del tiempo, surgió la necesidad de ponerlos por escrito y conservarlos para las comunidades que vendrían después.

Pero ¿quiénes fueron las personas que pusieron por escrito estos textos? ¿Qué diferencia existe entre un amanuense y un hagiógrafo? ¿Qué papel desempeñaron los copistas? Y, sobre todo, ¿cómo entiende la Iglesia que la Biblia es Palabra de Dios si detrás de sus páginas hubo manos y autores humanos?

Jorge Arévalo Nájera, director de la Dimensión de Biblia de la Arquidiócesis Primada de México y licenciado en Ciencias Religiosas, explica que acercarse a la historia de las Sagradas Escrituras permite comprender mejor el complejo proceso mediante el cual la revelación llegó hasta nosotros.

Cómo se escribió la Biblia: los amanuenses, hagiógrafos y autores pseudoepigráficos

¿Qué era un amanuense?

En el mundo antiguo, recurrir a una persona que ayudara a poner por escrito un texto era una práctica habitual. Los amanuenses podían desempeñarse como una especie de secretarios a quienes un autor dictaba el contenido que deseaba transmitir.

Uno de los ejemplos más conocidos en el Nuevo Testamento se encuentra en la Carta a los Romanos. Al final de la epístola puede leerse: «Yo, Tercio, que he escrito esta carta, os saludo en el Señor» (Rom 16,22).

El propio texto permite identificar a Tercio como la persona que puso por escrito la carta de Pablo. De acuerdo con Jorge Arévalo Nájera, esta práctica no era extraña en la época.

«Valerse de un amanuense era algo muy común en su tiempo y también en la actualidad», explica.

Esto no significa que el autor estuviera ausente del proceso de escritura. Por el contrario, el amanuense debía contar con una preparación suficiente para comprender lo que se le dictaba y darle una estructura adecuada.

En el caso de una carta, por ejemplo, debía conocer las características propias de este género literario: una salutación inicial, el desarrollo del contenido y un cierre o epílogo.

Por ello, el trabajo del amanuense no consistía simplemente en copiar palabras de manera mecánica. Se requería cierta formación y capacidad para estructurar correctamente el texto que otra persona le encomendaba.

Antes de escribir, la Palabra se transmitía de manera oral

La historia de la Biblia, sin embargo, no comienza con los amanuenses.

Mucho antes de que determinados acontecimientos y enseñanzas fueran consignados por escrito, existió una etapa de transmisión oral. Las comunidades conservaban en la memoria aquello que habían escuchado y aprendido.

«Nunca hubo nadie que estuviera detrás de los profetas, apóstoles o de Jesús escribiendo lo que decían. La gente se aprendía de memoria las cosas», explica Jorge Arévalo Nájera.

La memoria tenía entonces una importancia fundamental. La propia estructura de las lenguas y de las formas de enseñanza favorecía la conservación y transmisión de determinados relatos, enseñanzas y fórmulas.

Con el paso del tiempo, las comunidades fueron poniendo por escrito aquello que habían recibido y que consideraban necesario preservar. El proceso fue gradual: una tradición oral comenzó a ser consignada por escrito y, posteriormente, los textos fueron copiados para ser enviados a otras comunidades.

«Primero fue una etapa de pura transmisión oral. Después, cuando surgió la escritura, diversas circunstancias cambiaron y se consideró que era importante poner por escrito esa tradición oral», señala el especialista.

Este proceso adquirió especial importancia para las primeras comunidades cristianas conforme fueron desapareciendo los testigos directos de la vida de Jesús y los primeros apóstoles.

«Había que asegurar esa tradición apostólica de manera escrita para que no hubiera una tergiversación del mensaje original de los que habían escuchado y estado con Jesús», explica.

Así comenzaron a surgir los textos que posteriormente formarían parte del Nuevo Testamento.

¿Qué es un hagiógrafo?

Si el amanuense era quien ayudaba materialmente a poner por escrito un texto, el hagiógrafo es, en términos generales, el autor humano de un escrito inspirado.

La diferencia es importante. El amanuense cumple una función de secretario o escriba; el hagiógrafo, en cambio, participa como autor y utiliza sus propios conocimientos, lenguaje, cultura, estilo y formas de expresión.

«A diferencia del amanuense, que sólo fungía como secretario, el hagiógrafo podía hacer uso de su cultura, sus formas expresivas, su lenguaje, sus limitaciones y también de sus virtudes», explica Jorge Arévalo Nájera.

Desde esta perspectiva, la inspiración bíblica no significa que Dios anule las capacidades humanas de quien escribe. El autor bíblico no se convierte en una especie de instrumento pasivo, sino que escribe desde su propia realidad histórica y cultural.

El especialista lo explica de esta manera: «La inspiración no es un arrobamiento místico en el que Dios suspende todas las capacidades y limitaciones del hagiógrafo, dejándolo como en una página en blanco».

El autor, por tanto, escribe desde aquello que es: su idioma, su cultura y su manera de comprender el mundo. Dios, explica Arévalo Nájera, respeta esa dimensión humana.

Esta comprensión permite acercarse a la Biblia reconociendo una realidad fundamental: en sus páginas confluyen la acción de Dios y la participación humana.

¿Qué son los autores pseudoepigráficos?

Otro concepto que puede resultar complejo al estudiar la formación de los textos bíblicos es el de la pseudoepigrafía.

De acuerdo con la explicación de Jorge Arévalo Nájera, en el mundo antiguo era posible vincular un escrito con una figura reconocida dentro de una determinada tradición para expresar que el texto pertenecía a una escuela o corriente de pensamiento relacionada con ella.

«Lo que importaba era que la teología o el mensaje de ese escrito realmente correspondiera con la escuela, la tradición teológica y espiritual de aquel al que se vinculaba», explica.

Este fenómeno debe comprenderse dentro de las formas literarias y culturales de la antigüedad, que no necesariamente coinciden con la concepción moderna de autoría.

Por ello, el estudio bíblico contemporáneo analiza cuidadosamente quién escribió cada texto, cuándo lo hizo, cuál fue su contexto histórico y qué procesos pudieron intervenir en su redacción.

¿Y qué hacían los escribas?

Los escribas desempeñaban una función distinta a la de los amanuenses.

En el contexto del judaísmo de la época de Jesús, eran especialistas en las Escrituras y estaban dedicados a su estudio, interpretación y enseñanza.

El Evangelio de Marcos recoge la impresión que causaba la enseñanza de Jesús entre quienes lo escuchaban:

«Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,22).

Para Jorge Arévalo Nájera, este pasaje permite comprender que Jesús no cuestionaba necesariamente la existencia de la Ley, sino determinadas interpretaciones que se hacían de ella.

Los escribas, por tanto, no deben confundirse con los amanuenses. Mientras estos últimos ayudaban a poner por escrito un texto, los escribas eran especialistas en la interpretación y enseñanza de las Escrituras.

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¿Cómo llegaron los textos bíblicos hasta nosotros?

La historia de la transmisión de la Biblia no terminó cuando los textos fueron escritos.

Durante siglos, los escritos fueron copiados y transmitidos de una comunidad a otra. El problema es que los materiales utilizados en la antigüedad eran frágiles y podían deteriorarse con facilidad.

Papiros, pergaminos y otros soportes sufrieron el paso del tiempo. Por esta razón, los manuscritos originales de los textos bíblicos no han llegado hasta nuestros días.

Lo que poseen los investigadores son copias antiguas y fragmentos que permiten reconstruir, mediante un trabajo especializado, la forma más cercana posible al texto original.

«Por eso hoy es muy importante el papel de los que se dedican a elaborar ediciones críticas de la Biblia», explica Arévalo Nájera.

Las ediciones críticas comparan los distintos manuscritos y fragmentos disponibles para estudiar sus diferencias y determinar cuál es la lectura que ofrece mayores garantías de acercarse al texto original.

Este trabajo es especialmente importante porque, a lo largo de los siglos, los textos fueron copiados numerosas veces. Un pequeño error al reproducir una letra podía modificar una palabra y, posteriormente, influir en una traducción.

A esto se suma que muchos textos bíblicos fueron escritos en lenguas antiguas que ya no se hablan de manera cotidiana. Por ello, el estudio de su significado requiere considerar el contexto histórico, cultural y lingüístico.

«La traducción tiene que tomar en consideración el contexto», señala el especialista.

De esta manera, la investigación bíblica continúa hasta nuestros días. Los estudiosos comparan manuscritos, analizan las lenguas originales y utilizan los conocimientos disponibles para comprender cada vez mejor el sentido de los textos.

¿La Biblia es Palabra de Dios si fue escrita por seres humanos?

Aquí se encuentra una de las preguntas centrales para la fe.

Si en la elaboración de los textos bíblicos participaron autores humanos, amanuenses, redactores y copistas, ¿cómo puede la Iglesia afirmar que la Biblia es Palabra de Dios?

Jorge Arévalo Nájera propone comprender la revelación como un proceso en el que Dios actúa respetando la libertad y las capacidades de las personas.

«La Palabra de Dios es eterna, pero es una palabra que ha sido vehiculada a la palabra humana», afirma.

Esto significa que la acción de Dios no elimina la participación humana. El mensaje atraviesa la historia y se expresa mediante personas concretas, con sus propias capacidades, conocimientos, culturas y formas de comprender la realidad.

Desde esta perspectiva, la inspiración no convierte a los autores bíblicos en simples instrumentos sin voluntad. Por el contrario, Dios actúa respetando su humanidad.

El especialista explica que el proceso de inspiración puede abarcar distintas etapas y participantes. En el caso de algunos textos, pudieron intervenir autores, comunidades y redactores en momentos históricos diferentes.

«El escritor tuvo que ser asistido por el Espíritu Santo para redactar tal como Dios quería que quedara redactado su mensaje. Pero ahí no ha terminado el proceso. El redactor final también es inspirado por el Espíritu Santo», señala.

Así, el largo proceso de formación de algunos textos bíblicos no representa, desde la perspectiva de la fe, una contradicción con su carácter inspirado.

Por el contrario, permite contemplar cómo la revelación se fue expresando dentro de la historia humana.

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¿Cuándo se formó la Biblia como la conocemos?

Durante los primeros años del cristianismo no existía todavía un Nuevo Testamento reunido en un solo volumen.

Las primeras comunidades recibieron las Escrituras de Israel, mientras que algunos escritos apostólicos comenzaron a circular entre las diferentes iglesias.

La tradición oral tuvo entonces un papel fundamental. Con el paso del tiempo, los textos fueron adquiriendo una importancia cada vez mayor y comenzaron a ser reconocidos y transmitidos por las comunidades cristianas.

El proceso de conformación del canon bíblico fue gradual y requirió un largo periodo de discernimiento eclesial.

Para Jorge Arévalo Nájera, esta historia permite comprender que la Biblia no surgió de manera instantánea.

«La gente se imagina que los textos bíblicos surgieron de la noche a la mañana. Saber que la Biblia fue transmitida mediante autores, amanuenses, copistas, etcétera, fortalece o debilita nuestra confianza en las Escrituras. Depende de si tú haces un acercamiento superficial», afirma.

El estudio profundo de la Biblia, explica, permite descubrir que detrás de sus páginas existe un proceso histórico complejo, en el que participaron numerosas personas y comunidades.

Una Palabra que llegó a nosotros a través de manos humanas

La historia de la Biblia puede parecer, a primera vista, un entramado complejo de autores, tradiciones orales, manuscritos, copias, traducciones y ediciones críticas.

Sin embargo, para la fe cristiana, este proceso también revela algo profundamente significativo: Dios quiso comunicarse con la humanidad entrando en su historia.

La Palabra divina llegó a nosotros a través de lenguas humanas, culturas concretas y personas que pusieron sus capacidades al servicio de la transmisión de la fe.

«Dios respeta precisamente esa limitación humana», explica Jorge Arévalo Nájera.

Los amanuenses escribieron, los hagiógrafos pusieron por escrito aquello que habían recibido, las comunidades conservaron la memoria, los copistas transmitieron los textos y los investigadores continúan estudiando los manuscritos que han sobrevivido al paso del tiempo.

En medio de todo este proceso, la Iglesia reconoce la acción del Espíritu Santo, que acompaña la transmisión de la revelación.

Por eso, conocer la historia de la Biblia no tiene por qué alejarnos de la fe. Al contrario, puede ayudarnos a acercarnos a ella con mayor profundidad y asombro.

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Autor

Lic. en Lengua y literaturas hispánicas por la UNAM, con experiencia en edición digital y redes sociales. Ha sido editora de los sitios web Padres e hijos, Cocina Fácil y colaborado en National Geographic y Muy Interesante. También fue editora en la Diócesis de Azcapotzalco y actualmente es reportera en Desde la Fe.