Blaise Pascal: la noche en que un genio de las matemáticas se encontró con Dios
La noche del 23 de noviembre de 1654 cambió la vida de Blaise Pascal, uno de los grandes genios de las matemáticas. Tras una intensa experiencia mística, escribió el Memorial, un testimonio que conservó cosido a su ropa hasta su muerte.
Era lunes por la noche en París; la ciudad dormía mientras el crudo invierno de la llamada Pequeña Edad de Hielo comenzaba a hacerse sentir hasta los huesos. Cerca de las 10:30, Blaise Pascal había terminado una extenuante jornada de trabajo, propia de un hombre que había hecho de las matemáticas, la física y la filosofía una búsqueda incansable por comprender el mundo.
Era el 23 de noviembre de 1654 y Pascal estaba lejos de imaginar que las siguientes dos horas quedarían grabadas para siempre en su memoria. Tenía 31 años y había dedicado buena parte de su vida a intentar descubrir las leyes que regían el universo. Pero algo estaba a punto de sucederle que no podría expresar con una fórmula, un experimento ni una demostración matemática.
Durante las siguientes dos horas, el genio de las ciencias se encontraría con una realidad que cambiaría su vida. No sabemos exactamente qué vio, qué sintió físicamente ni cómo transcurrió cada instante, porque nadie dejó un relato de aquella experiencia.
Lo que sí sabemos es que, antes de que terminara la madrugada, Pascal quiso poner por escrito lo que acababa de vivir, todavía bajo el impacto de aquella experiencia. Una sola palabra encabezó el recuerdo “Fuego”; después escribió, con frases breves, “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios”. Más adelante dejó constancia de lo que aquella experiencia había provocado en él con una expresión que se convertiría en uno de los testimonios más conmovedores de su vida espiritual, “Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría”.
Aquel escrito recibió el nombre de Memorial; Pascal lo conservó cuidadosamente durante los años siguientes. Lo escribió en un pequeño pergamino y lo cosió en el forro de su abrigo. Después de su muerte, un sirviente encontró el documento y se lo entregó a su familia. La Biblioteca Nacional de Francia conserva hoy el manuscrito autógrafo.
Era uno de los escritos más sorprendentes de Pascal, y no era una fórmula matemática o algún otro experimento, fue el recuerdo de un encuentro.
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“Dios de Jesucristo”
El contenido del Memorial permite entender que Pascal no escribió simplemente sobre la existencia de Dios. Habló de un Dios concreto, el Dios de la tradición bíblica y, sobre todo, el Dios de Jesucristo.
En el texto aparecen también las palabras “Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz” y una confesión que muestra hasta qué punto aquella experiencia había tocado su vida. Pascal escribió “Jesucristo” y añadió una petición que expresaba su deseo de no separarse nuevamente de Él.
De hecho, el Papa Francisco, en una Carta Apostólica por el cuarto centenario del nacimiento del científico, interpretó este momento como el comienzo de una profunda conversión y como una experiencia de encuentro con Jesucristo.
Pascal ya creía en Dios antes de aquella fecha. Lo que cambió, según explicó Francisco, no fue simplemente su conocimiento intelectual sobre Dios, sino su relación con Él. El Pontífice señaló que Pascal no necesitaba adquirir una nueva idea sobre la existencia divina, sino recibir la fuerza que le permitiera vivir de acuerdo con aquello que ya conocía.
A partir de entonces, sus prioridades cambiaron; de acuerdo con la Stanford Encyclopedia of Philosophy, la fe cristiana ocupó un lugar central en su vida. Pascal profundizó en las Escrituras, escribió sobre la condición humana y comenzó a trabajar en una gran defensa de la fe cristiana que quedó inconclusa debido al deterioro de su salud. Los fragmentos de aquel proyecto serían reunidos posteriormente en sus Pensamientos.
Para Pascal, la fe no consistía simplemente en saber que Dios existe, implicaba conocerlo, buscarlo y dejar que ese encuentro transformara la propia vida.
La experiencia de 1654 no ocurrió de manera aislada, pues Pascal ya había recorrido un camino de búsqueda espiritual y desde algunos años antes se había acercado al jansenismo, movimiento de renovación dentro del catolicismo francés que tenía uno de sus principales centros en la abadía de Port-Royal.
Su hermana Jacqueline, religiosa, se había retirado allí en 1652. Pascal comenzó a frecuentar el monasterio y encontró en ese ambiente un espacio para profundizar en su fe. Después de la experiencia que plasmó en el Memorial, su relación con la religión adquirió todavía mayor intensidad.
“El corazón tiene razones que la razón desconoce”
Fue precisamente en sus reflexiones posteriores donde Pascal dejó una de sus frases más conocidas, “El corazón tiene razones que la razón desconoce”.
La frase no significaba que Pascal rechazara la inteligencia. Resultaría difícil sostenerlo tratándose de uno de los grandes matemáticos y científicos del siglo XVII, pues sus investigaciones contribuyeron al desarrollo de la geometría, la teoría de las probabilidades y el estudio de la física.
Lo que Pascal planteaba era que no todo conocimiento humano se obtiene mediante demostraciones racionales. En uno de sus manuscritos conservados por la Biblioteca Nacional de Francia escribió que “el corazón siente a Dios y no la razón” y relacionó esta afirmación directamente con la fe.
Para Pascal, razón y fe no tenían por qué convertirse en enemigas. La razón podía conducir al hombre hasta el reconocimiento de sus propios límites, mientras que la fe abría una dimensión que no podía reducirse a una demostración matemática.
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El hombre que no sabía quedarse quieto
Otra de las preocupaciones centrales de Pascal fue la condición humana. Observó que las personas buscaban constantemente ocupaciones y distracciones para evitar enfrentarse con sus propias preguntas.
En sus escribió que toda la infelicidad de los hombres procedía de una sola cosa, no saber permanecer tranquilamente en una habitación. La Biblioteca Nacional de Francia conserva el manuscrito en el que aparece esta reflexión.
Pascal consideraba que el ser humano se mantenía ocupado porque el silencio podía llevarlo a pensar en su fragilidad, en la muerte y en el sentido de su existencia.
Aunque vivió hace casi cuatro siglos, aquella observación resulta reconocible en una sociedad acostumbrada a llenar cada instante con actividades, conversaciones, pantallas y entretenimiento.
Una caña que piensa
Para Pascal, la grandeza del ser humano no estaba en poder explicarlo todo. En sus Pensamientos, describió al hombre como una “caña pensante”, una criatura frágil frente a la inmensidad del universo, pero capaz de conocer, reflexionar y preguntarse por su propia existencia.
La imagen resumía una de las paradojas que más le interesaron, por ejemplo, el ser humano podía ser físicamente insignificante ante la grandeza de la creación y, al mismo tiempo, poseía la capacidad de pensar sobre sí mismo, reconocer sus límites y buscar a Dios.
Pascal escribió que el hombre era una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña que piensa. Su fragilidad, lejos de cancelar su dignidad, formaba parte del misterio de su condición.

El silencio que tanto nos cuesta
Entre las preocupaciones que ocuparon a Pascal en sus últimos años estuvo una pregunta sobre la condición humana que sigue resultando incómodamente actual. ¿Por qué el ser humano necesita mantenerse constantemente ocupado?
El silencio, la soledad y la mirada hacia el interior ocupaban un lugar importante en la tradición espiritual de la época. Un siglo antes, san Ignacio de Loyola había desarrollado los Ejercicios Espirituales precisamente como un camino de oración, examen y discernimiento, en el que la persona se apartaba de sus ocupaciones habituales para reconocer los movimientos de su interior y buscar la voluntad de Dios.
No obstante, Pascal no estaba describiendo un método espiritual. En sus Pensamientos observaba algo distinto, pero cercano en un punto esencial, la dificultad del ser humano para permanecer a solas consigo mismo. A este fenómeno lo llamó divertissement. Para él, el hombre no siempre se mantiene activo porque encuentre satisfacción en lo que hace, sino porque la actividad puede apartarlo de aquello que no quiere mirar de frente.
Pascal llegó a una conclusión: “Toda la infelicidad de los hombres viene de una sola cosa, no saber permanecer tranquilamente en una habitación”, escribió en sus Pensamientos.
Han pasado casi cuatro siglos desde que escribió aquellas palabras; y en ese tiempo no existían teléfonos celulares, redes sociales ni notificaciones que reclamaran atención a cada instante. Sin embargo, el fenómeno que Pascal observaba aún permanece, pues como él decía “El ser humano sigue llenando el silencio para no quedarse a solas con las preguntas que aparecen cuando cesa el ruido”.
Quizá por eso sus palabras siguen encontrando eco en una época acostumbrada a pasar de una pantalla a otra, de una conversación a otra y de una ocupación a otra; porque detrás de toda esa actividad permanecen las mismas preguntas que Pascal encontró al mirar de frente la condición humana, quién soy, para qué vivo y qué lugar ocupa Dios en mi existencia.
Un genio ante el misterio
Blaise Pascal murió en París el 19 de agosto de 1662, a los 39 años, después de una vida marcada por una salud frágil y constantes enfermedades. Para entonces, ya había dejado una huella profunda en las matemáticas, la física y la filosofía, pero también el testimonio de una experiencia que había marcado su vida.
Durante los años posteriores al 23 de noviembre de 1654, Pascal conservó cosido en el forro de su ropa el pequeño pergamino en el que había escrito las palabras nacidas de su experiencia y quiso llevarlas consigo hasta el final de sus días.
Nadie sabía lo que Pascal había vivido aquella madrugada, pero él sí. Durante ocho años, mientras continuaba experimentando, escribiendo, pensando y trabajando, guardaba en secreto el pequeño pergamino en el que había dejado constancia de aquella experiencia. Allí permanecían unas cuantas expresiones que resumían la intensidad de lo ocurrido, “Fuego”, “Certeza”, “Alegría” y, sobre todo, “Dios de Jesucristo”.

