El regreso a los templos debe ser de forma ordenada y gradual

El Obispo Auxiliar Luis M. Pérez Raygoza habla de cómo será el retorno a la Misa presencial.  
Interior de la Basílica de San Pedro el primer día de su reapertura por la pandemia de coronavirus COVID-19. Foto: Pablo Esparza
Interior de la Basílica de San Pedro el primer día de su reapertura por la pandemia de coronavirus COVID-19. Foto: Pablo Esparza

El autor es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México. 

Todos hemos experimentado cómo en los meses recientes, de forma inesperada y estrepitosa, un virus invisible irrumpió en nuestro mundo alterando prácticamente todos los aspectos de la existencia humana y segando la vida de miles de personas.

Así lo señaló el Papa Francisco en su mensaje durante la bendición Urbi et Orbi del pasado 27 de marzo: “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpa en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas”.


 

 

Desde los aciagos inicios de esta dura prueba para la humanidad, todas las estructuras, seguridades, rutinas, proyectos y agendas se han alterado; se han derramado muchas lágrimas, han colapsado innumerables empresas y proyectos, se han perdido miles de empleos. Todo ello, y tantas otras cosas que sería difícil enlistar, han puesto al descubierto realidades que tal vez habíamos olvidado: nuestra vulnerabilidad como seres humanos y la caducidad de todo cuanto acontece y nos rodea, excepto Dios, a quien siempre podemos buscar por medio de la fe, la esperanza y el amor.

Asumir con espíritu de fe esta experiencia

Los meses de confinamiento y distanciamiento social, vividos por muchos en el hogar y por otros en la intensa actividad fuera de casa, trabajando por el bien de quienes tuvieron la posibilidad de resguardarse, han sido una magnífica oportunidad para reflexionar sobre nosotros mismos y quienes nos rodean; sobre la vida y su sentido, sobre la muerte y el más allá de la muerte, sobre lo que hasta el momento eran nuestras seguridades (en apariencia inamovibles) y sobre nuestras opciones y prioridades. Quizás muchos hemos vivido estas semanas como “tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”.

En este sentido, ante la crisis mundial desatada por el COVID-19, las consecuencias que ya se viven y las que se avisaran para el futuro, podemos situarnos de dos formas distintas: o quedarnos anclados en el dolor y la desesperanza, o asumir con espíritu de fe esta cruda experiencia para, a partir de ella y con el auxilio de Dios, nacer a una vida distinta, reemprendiendo el camino con una nueva actitud hacia Dios, hacia los demás, hacia nosotros mismos y hacia la vida, confiando en que la victoria de Cristo “no pasa por encima del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios”.

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Sobra decir que nadie habría querido que la epidemia y sus consecuencias ocurrieran, mucho menos aquellas personas que han perdido a seres queridos (algunos sin haber podido darles el último adiós), o se han visto vulneradas en su salud, en su trabajo o en sus proyectos. Sin embargo, un momento de crisis puede ser, si lo vivimos de cara a Dios y con una actitud de fe, una oportunidad de crecimiento y maduración personal, social y eclesial.

Ahora bien, sabemos que la pandemia continúa, que el riesgo de contagio sigue siendo muy alto en muchos lugares (incluyendo la Ciudad de México), que los ritmos y hábitos de vida no podrán ser igual que antes, pero que gradualmente iremos retomando algunas de nuestras actividades y dinámicas personales, familiares, laborales, sociales y eclesiales.

¿Qué hemos aprendido de lo vivido?

Por ello, ante el horizonte más o menos cercano del reinicio de nuestras actividades, vale la pena preguntarnos, cada uno en lo personal, pero también como familia, como sociedad y como Iglesia: ¿Qué hemos aprendido de lo vivido? ¿Qué personas y realidades hemos valorado o revalorado? ¿Qué necesitamos cambiar? ¿Cómo vamos a colaborar en el bien común ayudando a otros a levantarse y salir adelante?

Necesitamos continuar el curso de la historia con un espíritu renovado, tocados por el amor de Dios, sensibilizados y transformados por el dolor de quienes han sufrido en primera persona las consecuencias de la pandemia. Requerimos ponernos en marcha, tomando decisiones históricas en un momento histórico en los ámbitos personal, familiar, social y eclesial, sabiendo que con Jesús a bordo de nuestra barca no podemos naufragar, pese a la ferocidad de las olas y de los vientos.

Confiando en que Santa María de Guadalupe camina a nuestro lado, animándonos como personas, como familias y como nación; dándonos aliento y valor para levantarnos y seguir luchando, estamos llamados a “nacer de nuevo”, a “reinventarnos” y a transformar, no sólo nuestra vida y la de nuestros seres queridos, sino la vida de nuestra patria, guiados por la invitación del Papa Francisco: “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar” .

Son grandes los retos que nos aguardan, pero son aún más grandes el poder y el amor de Dios que no deja de socorrernos.

Unidos, sintiéndonos hermanos, reconociendo el valor incalculable de toda persona, atentos en particular a quienes sufren y más nos necesitan, hemos de construir un futuro venturoso para todos. Siempre, pero hoy más que nunca, necesitamos estar unidos como nación y como Iglesia.

Ojalá que sumemos y multipliquemos esfuerzos para socorrer a quienes más afectados han sido a causa de esta catástrofe mundial. Juntos tenemos que buscar caminos de verdadero desarrollo, del cual nadie esté excluido, “reaccionando frente a la ‘pandemia de la exclusión y la indiferencia’ con ‘los anticuerpos de la justicia, la caridad y la solidaridad’” .

¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor! (salmo 121)

Uno de los sacrificios más grandes que la inmensa mayoría de fieles ha tenido que vivir durante la contingencia sanitaria, ha sido la imposibilidad para participar presencialmente en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía y en el sacramento de la Reconciliación.

Al comenzar la fase crítica de la pandemia, los obispos mexicanos, en unión con la Sede Apostólica, decidimos suspender las celebraciones con la presencia física de fieles durante el tiempo de la contingencia sanitaria, asumiendo la grave responsabilidad de velar por el bien integral de todos, evitando en lo posible los riesgos de contagio, particularmente de las personas vulnerables.

Desde entonces, la Iglesia en todo el mundo, y también en nuestra Arquidiócesis, ha multiplicado esfuerzos para acompañar la vida de fe de las comunidades, alimentarlas con la Palabra de Dios, fortalecer su espiritualidad y posibilitar la participación en la Eucaristía a distancia a través de los medios de comunicación. Dios ha sido grande y ha permitido, en circunstancias tan especiales, una floreciente participación de los católicos en las celebraciones, servicios pastorales y momentos de oración.

Oración desde el hogar.

Oración desde el hogar.

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Es verdad que nada puede sustituir la participación presencial en los Sacramentos. No obstante, a despecho de las circunstancias, Dios se ha valido de la creatividad de los pastores y de los agentes de evangelización para no dejar sin alimento espiritual a sus hijos durante todo este tiempo. Con todo, es probable que la privación temporal de los Sacramentos nos haya ayudado a valorarlos y desearlos más.

Ahora bien, se asoma cada vez más cerca en el horizonte el momento en que podremos volver a nuestros templos para participar allí de las celebraciones sagradas. Llegado el momento podremos decir con el salmo 121: “¡Qué alegría sentí cuando me dijeron: ‘vamos a la casa del Señor’!”.

No obstante, hemos de tomar conciencia de que nuestro regreso tendrá que ser gradual, ordenado y responsable, pues desafortunadamente, los riesgos de contagio seguirán presentes durante mucho tiempo.

Un feligrés espera a que se le tome la temperatura para poder ingresar a la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Foto: Pablo Esparza.

Un feligrés espera a que se le tome la temperatura para poder ingresar a la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Foto: Pablo Esparza.

De ahí que habremos de observar la máxima atención hacia nuestra población vulnerable, en especial hacia nuestros adultos mayores; acatar las medidas higiénicas que hemos aprendido a lo largo de estos meses y no poner en riesgo a los demás asistiendo al templo cuando tengamos síntomas vinculados con el COVID-19. No se trata de vivir dominados por el miedo, pero sí de ser corresponsables del bien de todos.

Además de vivir un regreso ordenado y gradual a nuestros templos, habremos de hacerlo enriquecidos interiormente con actitudes que seguramente ya vivíamos, pero es preciso que se fortalezcan en nosotros: el respeto por los demás, la atención a su bienestar y a su salud, la solidaridad y la disponibilidad para ayudar a quien más lo necesita.

Ojalá que, al regresar a nuestros templos, nuestra participación en las celebraciones sea todavía más ferviente y devota, con mayor conciencia de la grandeza, riqueza y eficacia de los sacramentos, con mayor apertura para que la fuerza y la gracia de los misterios celebrados, contemplados e interiorizados, se exprese, cada vez con mayor nitidez, en el compromiso y en el servicio fraterno.

Que el Señor nos conceda a todos, por la intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, volver a nuestros templos para vivir la sagrada liturgia abiertos a las mociones del Espíritu Santo, el cual crea la comunión profunda con Dios y con los hermanos, hace de nuestra vida una ofrenda agradable al Padre, nos impulsa al apostolado, nos hace disponibles para el servicio y nos fortalece en la esperanza.

 

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