Letras minúsculas

Una escuela muy dulce

Como –según dice una vieja canción de Cyndi Lauper- las chicas sólo quieren divertirse, y los chicos también, la escuela posmoderna, adaptándose a este afán de diversión general, se ha vuelto más dulzona que nunca. En ella, hoy, las palabras «disciplina», «rigor», «responsabilidad», etcétera, ya no quieren decir nada. Como afirmó de ellas alguien una vez, «se trata de viejos resabios de los tiempos antipedagógicos».

Hace poco conocí a una maestra que fue demandada ante no sé qué instancia superior por haberse atrevido a llamar la atención en público a una de sus alumnas. «¿Cómo se atreve esa maldita arpía a ridiculizar así a mi hija sólo por no haber hecho la tarea?», dijo la madre sumamente indignada al director del plantel. Luego añadió que se sentía preocupada por los ulteriores traumas que semejante trato podría desencadenar en la psique de su pequeña. Prohibido prohibir, prohibido exigir, prohibido premiar a los mejores para no indignar a los peores.

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Los maestros, hoy, ya no saben qué hacer. Están desesperados. Si amonestan, se exponen a una demanda; si no amonestan, se exponen a que el grupo haga lo que le venga en gana. Los alumnos se han vuelto demasiado susceptibles, demasiado conscientes de sus derechos y demasiado inconscientes de sus deberes. Ahora bien, como nadie les pide nada, la ignorancia campea por las aulas de la escuela posmoderna con una libertad soberana.

Un famoso diario norteamericano publicó el 11 de julio de 1996 la siguiente noticia: «El 50 por ciento de los estudiantes de secundaria del Estado de California no supieron responder a la pregunta: ¿Cuál de los siguientes cuatro es un país árabe: México, India, Egipto o Israel? ¡Y pensar que México es el vecino del Sur! Pues bien, la mitad de los 2 000 muchachos encuestados no lo sabía; la pregunta, para decirlo así, los tomaba por sorpresa.

En 1979, la periodista española Rosa Montero –hoy novelista de gran éxito- se quejaba así en sus Crónicas bostonianas: «Una estudiante hispanista de la Universidad de Wellesley llamada Nancy Schena realizó una encuesta entre colegiales de primera y segunda enseñanza, de diez a dieciocho años. El objetivo de su estudio era investigar los conocimientos de los jóvenes sobre Latinoamérica, y el resultado fue lo que se dice espeluznante. Los encuestados, incluyendo a los de mayor edad, apenas si eran capaces de nombrar algún país de Sudamérica. Algunos citaron Vietnam o Camboya como naciones centroamericanas».

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En 1983, un reporte del Departamento de Educación de Estados Unidos, cuyo título era Una nación en riesgo, hablaba ya de «una oleada de mediocridad» que se había ido apoderando poco a poco de casi todas las escuelas del país: «Por primera vez en la historia –decía el informe- el nivel educativo de una generación no igualará y ni siquiera se aproximará al nivel alcanzado por sus padres… Esta generación se quedará sin saber cosas importantísimas que debería conocer».

Una última cita, ahora del novelista Saul Bellow (1915-2005: «Es un tormento observar a los jóvenes, porque se comprende que no son capaces de hacer estimulante su propia existencia: les falta ambición y fe en un modelo superior. Están en casa solos, frente al televisor, con una charola de comida congelada. En Estados Unidos se crece sin saber escribir correctamente, se desconoce la propia lengua, no se tiene sentido crítico, no se lee y se vive en la esfera pública sólo porque ya no existe el núcleo familiar».

«¡Pero se trata aquí únicamente de los Estados Unidos!», dirá quizá más de un lector. ¡Como si los Estados Unidos no fueran, en cierto modo, el termómetro del mundo!

Así pues, la canción decía la verdad: las chicas sólo quieren divertirse, y los chicos también. Obsérvelos usted en la escuela: no están en ella; andan más bien en otro mundo. ¿En qué mundo? Eso es lo quisiera yo saber.

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Una vez, en clase, les pedí a mis alumnos que leyeran veinte páginas de un cierto libro que les había recomendado: de la página 30 a la página 50. Protestas generales. «¿Tantas?», preguntaban sin poder reprimir el bostezo. «¿Y para qué leer? ¡Oh, es demasiado!».

Recuerdo que, en cierta ocasión, uno de mis profesores en el Seminario vio que un compañero leía con interés un libro de pastas amarillas; lleno de curiosidad, le pidió que le mostrara el título: se trataba de un método de inglés sin esfuerzo que prometía enseñar la lengua de Chesterton en pocos días. El maestro, un anciano sabio y santo, esbozó una sonrisa y dijo a mi compañero en tono serio:

-¿Inglés sin esfuerzo? ¡Tenga cuidado, joven, porque puede quedarse usted incluso sin inglés!

Bien, con estas palabras se ha dicho todo. ¿Considera usted necesario decir más?

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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