Las camisas de Don Manuel
Se reparten cargos, se intercambian banderas, se reinventan discursos… pero todo sigue igual. Porque la única revolución que transforma de verdad no ocurre en las urnas, sino dentro del hombre.
En un rincón de este mundo de cuyo nombre no puedo acordarme, hubo una vez un individuo barbado al que la política lo traía loco. Primero fue vocal, o algo así, del partido X; luego, viendo que allí no había futuro, dejó el partido X para consagrarse de lleno, con abnegación de mártir, al partido Y. -¡Qué equivocado estaba en otro tiempo! –decía a sus amigos y conocidos a modo de explicación cuando éstos le preguntaban a qué se debía semejante desprtidospalazamiento ideológico-. ¡Pensar que una vez fui vocal del partido X! ¡Cómo me avergüenzo de ello!
Y escupía al suelo, dando a entender con ello que lo de ahora, como decía a cada paso, era el partido Y. ¡Este partido sí que era otra cosa! Su plataforma ideológica era fenomenal, sus miembros eran todos hombres cabales, etcétera.
Ahora bien, ¿cuánto tiempo duró militando nuestro héroe en el partido Y? Pocos meses. ¡Ni siquiera un año! Y es que sus proyectos no cuajaron, ni tenían visos de cuajar alguna vez. Entonces dejó el partido Y y pasó a engrosar las apretadas filas del partido Z, y lo hizo con el mismo entusiasmo con que había
engrosado en otro tiempo las filas de los otros partidos anteriores.
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-¡Qué equivocado estaba en otro tiempo! –decía a sus amigos y conocidos a modo de explicación cuando éstos le preguntaban a qué se debía semejante desplazamiento ideológico-. ¡Pensar que una vez pertenecía al partido Y! ¡Cómo me avergüenzo de ello! –O sea, lo mismo de siempre.
En el partido Z ocupó un cargo de cierta importancia, si bien nadie podía precisar –ni él mismo- qué tan importante era dicho cargo, ni por qué razón lo era. ¡Oh, pero no vaya a creerse que el dulce le duró mucho en la boca a este hombre barbado! ¡No le duró nada! Pues fue el caso que un amigo suyo, de esos que suelen llamarse íntimos, hombre influyente en los círculos políticos, lo invitó a pasarse al partido W, cosa que hizo sin pensárselo dos veces. Y es que su amigo le había dicho:
-¡Qué puntada la tuya! ¡Sólo a ti se te ocurre militar en el partido Z! ¡Allí no hay nada para ti! En ese partido ya todos los cargos están repartidos; vente conmigo al partido W y verás lo que es la gloria.
Al anunciar públicamente que ahora pertenecía al partido W, sus amigos y conocidos se le acercaron un día y le dijeron:
-Oye, Manuel, ¿no te parece que eso es ya mucho trajinar de un lado a otro? ¡Cómo cambias de idea! ¡Cómo cambias de camisa!
-¿Cambiar de idea? –respondió éste, extrañado-. ¿Cambiar de camisa? ¡Yo no cambio de idea, amigos míos! Lo que yo siempre he querido es ser presidente municipal.
Vaya, por lo menos el tipo era sincero. Y ya que lo ha sido él, yo también quiero serlo para confesar que ese es el motivo por el que la política nunca me ha apasionado. Ni me ha apasionado, ni me apasiona, ni creo que haya, a este respecto, ninguna variación en el futuro. No milito en el partido X, ni en el
partido Y, ni el partido Z, como no creo que con Zutano, Mengano o Perengano vayan a cambiar de tal manera las cosas que nuestro país vaya a convertirse de hoy a mañana en un edén o paraíso.
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Tampoco creo en las revoluciones, esa manera de quitarle sus bienes a los ricos para que se los quede un listo y así tengamos otros ricos nuevos, peores aún que los viejos. Con las revoluciones los bienes pasan de unas manos a otras, he ahí todo, mientras que los pobres, con revoluciones o sin ellas, siguen siendo lo que son. “A los pobres los tendréis siempre con vosotros” (Mateo 26, 11), dijo una vez Jesús, y acaso sean éstas las palabras más tristes de todo el evangelio.
¡Siempre habrá pobres porque siempre habrá ladrones! En un libro autobiográfico, y poco antes de morir, Franz Werfel (1890-1945), el gran escritor austríaco, confesó que la izquierda y la derecha le daban lo
mismo y que para él ya sólo tenían importancia el arriba y el abajo. ¡Muy bien dicho! Eso, en realidad, es lo único que importa. Yo tampoco creo en la derecha, pero en la izquierda creo todavía menos. Sin embargo, el arriba y el abajo no me dejan indiferente…
Esto no quiere decir que sea yo un pesimista; quiere decir únicamente que la política sólo será lo que debe ser si cambian los corazones de los políticos, cosa ésta sumamente difícil mas no imposible. Cambio del corazón: he aquí la única revolución en la que creo.
En un ensayo sobre Tolstói escribió una vez el estudioso francés René Marchand: “Tolstói afirmaba claramente la necesidad de la revolución. Pero hay que subrayar que, si desde el punto de vista económico-político, la consideraba inevitable, se rehusó a aceptarla como una solución definitiva, pues para él, mientras no se realice la revolución del hombre –es decir, la total renovación moral que lo libre de la fuerza del mal, del egoísmo y de las ambiciones injustas, y que sustituya en su alma el afán del provecho personal por el ideal de servir a la colectividad y el odio por el amor-, las revoluciones, al derrotar al gobierno y derrumbar regímenes políticos, no podrán, en fin, sino llegar a la reconstrucción
de una sociedad viciada desde el origen al ser edificada con el mismo material humano. Y decía: ‘No habrá verdadera revolución que la que se espera de los espíritus. Hay que saber esperar que se cumpla la revolución del hombre. La espera será larga, pero será la única que no defraudará’ ”.
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¡Don Manuel, don Manuel, nuestro hombre barbado! Ya puede recorrer todos los partidos y ponerse, como se dice, todas las camisetas; pero mientras no refrene su ambición ni su afán de poder, ¿qué se puede esperar de él? Por eso, la política o se espiritualiza –como pedía Tolstói- o no hay nada que esperar de ella.
Nota: Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad única del autor y no representan necesariamente el punto de vista de Desde la fe.

