¿Por qué se bautizó a los 98 años? La historia detrás de su conversión después de casi un siglo
Su conversión es el resultado de una larga historia de vida marcada por la fe, la migración y las raíces familiares que la acompañaron durante décadas.
Se llama Virginia Eidson y su conversión en la etapa adulta ha llamado la atención. A los 98 años tomó una decisión que sorprendió a muchos: convertirse al catolicismo. Su bautismo tardío no es solo un hecho inusual, sino el cierre de una vida marcada por la migración, la pérdida y la resiliencia, y también por una búsqueda de fe que fue tomando forma con el tiempo.
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“Voy a hacerme católica”
Con el tiempo, Virginia se integró naturalmente a la vida de la parroquia, como una más de la familia. Su hijo, Bruce Eidson, había ingresado a la Iglesia a través de la Orden de Iniciación Cristiana para Adultos (OCIA) y su participación lo llevó a una vida parroquial activa, lo que acercó también a su madre a la comunidad.
Ante ello, Bruce y su esposa llegaron a considerar preguntarle si deseaba hacerse católica. Sin embargo, él decidió no hacerlo para evitar cualquier presión, convencido de que su madre tenía la edad suficiente para tomar esa decisión por sí misma.
Aun así, la inquietud ya estaba en ella. Virginia pensó en su Bautismo y llegó a pedirle a un familiar, ministro bautista, que la bautizara. Él se negó porque estaba en proceso de cambiar de denominación, según relata Ann Rodgers en Angelus News (2026), donde se recoge esta historia.
De acuerdo con ese testimonio, a Virginia le encantaba asistir a la iglesia de Santa Clara junto a su familia. Una noche, antes de dormir, se preguntó: “¿Qué voy a hacer con mi religión?”. Y al día siguiente tomó una decisión: “Voy a hacerme católica”.
Cuando lo compartió con su hijo, Bruce acudió a hablar con el sacerdote, el padre John Love, para saber qué implicaba el proceso de bautismo. La respuesta del párroco reflejó su sorpresa: “La veo en la iglesia todo el tiempo. ¿Cómo que no es católica?”.
Tomando en cuenta su edad, el sacerdote optó por tener una conversación larga y personal con ella. Tras confirmar que comprendía lo esencial de la fe católica y que, además, amaba genuinamente la Iglesia y deseaba formar parte de ella, decidió admitirla para el bautismo.
“¡Es la voluntad de Dios!”, fue la respuesta que acompañó este momento de discernimiento.
Aquella conversación dejó ver con claridad el profundo deseo de Virginia de acercarse a Dios. “Me sentí bien con todo”, dijo. “Sentí que había hecho lo correcto en mi corazón”.
¿Quién es Virginia Eidson?
Virginia nació en Oklahoma dentro de una familia con raíces cherokee, choctaw e irlandesas. Es decir, proviene de una mezcla cultural marcada por dos historias de desplazamiento: la migración irlandesa hacia Estados Unidos y el despojo de los pueblos indígenas norteamericanos.
Su madre era cherokee y la familia trabajaba las tierras que su abuelo había conseguido en el condado de Pittsburg. Sin embargo, en la década de 1930, durante la Gran Depresión, una fuerte sequía dio paso a intensas tormentas de polvo que arrasaron por completo los campos.
La agricultura, su única forma de sustento, se volvió imposible. Ante esta situación, siguieron la recomendación de un familiar que les habló de oportunidades de trabajo en California. Así fue como la familia decidió migrar hacia el oeste.
Allí lograron establecerse cerca de los campos petroleros de Bakersfield, donde encontraron empleo. En ese contexto, Virginia conoció a Edward Eidson, un agente del sheriff del condado de Kern, con quien más tarde se casó.
Años después, su hijo Bruce Eidson tuvo la oportunidad de conocer a su abuela materna, ya de edad avanzada. Ella le compartía historias familiares que le ayudaron a comprender la importancia de las tradiciones choctaw y cherokee en su familia.
Un sufrimiento compartido
Los pueblos cherokee y choctaw, nativos del sureste de Estados Unidos, fueron expulsados de sus territorios y obligados a caminar hacia Oklahoma en el trágico episodio conocido como el “Sendero de las Lágrimas”.
En ese tiempo, ambas naciones indígenas fueron forzadas a recorrer más de mil kilómetros en una migración brutal. La travesía se convirtió en una tragedia: miles de personas murieron a causa del hambre, las enfermedades y el frío.
Reubicados en el llamado “Territorio Indio”, lo que hoy es el estado de Oklahoma, esas tierras se convirtieron en un nuevo inicio impuesto. Ahí llegaron a reunirse distintas comunidades en un intento por reconstruir sus vidas tras el despojo.
Al mismo tiempo, otro grupo de desplazados llegaba desde lejos: los migrantes irlandeses. Millones huyeron de la hambruna del siglo XIX y muchos terminaron asentándose en zonas rurales o fronterizas como Oklahoma, en busca de tierras y oportunidades.
Así, dos pueblos —los indígenas norteamericanos y los migrantes europeos— que forman parte de las raíces familiares de Virginia y su hijo encontraron un punto en común: ambos habían conocido el dolor del hambre, el despojo y el desplazamiento, y terminaron conviviendo en el mismo territorio.
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De las historias a la realidad
Por eso, Bruce Eidson recuerda con especial cariño los viajes a Oklahoma, donde de niño visitaba a su abuela materna. Ya en su vejez, ella le compartía historias familiares que daban forma a un pasado duro, pero también profundamente complejo, marcado por herencias culturales entrelazadas.
“Tenía todas estas historias sobre las caravanas que seguían pasando y cazando en sus tierras”, recuerda. “Me dio una perspectiva distinta. Yo solía ver películas de vaqueros e indios. Ahora veía una perspectiva completamente diferente sobre los colonos blancos”.
Con el paso del tiempo, Virginia y su esposo Edward se mudaron a Cayucos, en la costa central de California, donde él falleció en 2010. Nueve años después, ella se trasladó a una casa muy cerca de la de su hijo en Oxnard. Allí vive actualmente, cuidando su jardín y alimentando a los pájaros y las ardillas que la acompañan cada día.
Paradoja de su protestantismo
Virginia creció en una familia nominalmente bautista, lo que resulta una paradoja si se consideran sus raíces irlandesas, vinculadas históricamente al catolicismo. En Estados Unidos, esa identidad religiosa no era un detalle menor: en muchos contextos, los irlandeses católicos fueron objeto de estigmatización en una sociedad mayoritariamente protestante.
La migración desde Irlanda también estuvo marcada por el sufrimiento. Los viajes podían durar entre cuatro y ocho semanas, en condiciones de hacinamiento, mala higiene y enfermedades. Muchos viajaban en barcos conocidos popularmente como “barcos ataúd”, debido a la alta mortalidad durante la travesía.
Quienes lograban sobrevivir no siempre encontraban un mejor destino. En Estados Unidos enfrentaban una fuerte discriminación, tanto por su fe católica como por su condición de pobreza. En algunos lugares incluso era común ver letreros con advertencias como: “No se aceptan irlandeses”.





