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La música del alma

Me gusta la gente que canta. La gente que canta no puede ser mala gente.

Me encanta oír cantar, y perdóneseme el pleonasmo. Porque el canto es un grito de victoria. El que canta, ha vencido el cansancio; ha vencido, incluso, la desesperación.

Un hombre atacado de pánico, ¿cantará? Una mujer que se come las uñas en gesto desesperado de ansiedad, ¿podrá entonar hermosos himnos humanos o divinos?


A los angustiados habría que decirles: «¡Canten!». A los deprimidos habría que exigirles cantarse una canción. Sólo entonces la angustia les dejará libre un momento. O tal vez los dejará para siempre. «¡Canta, canta!». Haz lo que no te da la gana hacer para que luego quieras hacerlo por tu propio gusto.

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Hoy, pasando por una larga avenida, he visto muchos consultorios psicológicos y psiquiátricos; pero, en cambio, no he visto una sola escuela de canto. ¡Ah, si cantáramos más, tal vez nos enfermaríamos menos! Lo que faltan no son clínicas, sino escuelas de canto y de danza que nos enseñen a olvidarnos de nosotros mismos.

En nuestra época de especialistas, en nuestra sociedad laboralmente tan bien organizada, un simple médico rural ya no se siente capaz de curarte un catarro y, desconfiado de sí mismo, prefiere cuanto antes mandarte al neumólogo. Sí, nos hemos vuelto especialistas en todo y, como muchos de nosotros no cantamos bien, hemos dejado que las canciones nos las canten otros, o sea, los que tiene voz para ello, como se dice.

Un filósofo alemán llamado Otto Boekel escribía así en 1906: «Durante toda la Edad Media se conservó la relación del ritmo y el trabajo para bien del pueblo y aumento de la alegría. La época moderna lo ha destruido y difícilmente logrará reanudarlo. Nuestra tan decantada civilización, nuestra cultura, la inquietud y la celeridad de la vida, el aherrojamiento de gran parte de los obreros a la máquina, su cautiverio en las fábricas y muchas otras causas han alejado el canto popular del mundo del trabajo». Así es, por desgracia.

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El zapatero ya no canta mientras repara suelas y pone tacones: ya no canta porque la gente, hoy, prefiere tirar a reprar, y el pobre ya casi no tiene trabajo; y lo mismo sucede con el sastre. Pero el obrero tampoco canta, porque el ruido ensordecedor de la máquina apaga todo murmullo y toda voz…

«El canto –seguía diciendo nuestro filósofo- ama los lugares tranquilos y la vida de familia, donde reinan el sosiego y la paz; el bullicio del mundo moderno lo asusta y huye temeroso a la soledad. Huye en presencia del vapor de la locomotora y del humo de las fábricas como en otro tiempo los silfos huían al tañido de las campanas. El progreso moderno ahuyenta las antiguas canciones populares. Aquí y allá, como tímido pajarillo que atisba desde la espesura del bosque, espía con miradas de extrañeza una hija de la musa popular a un mundo maravillosamente transformado, en el que todo es humo, estrépito e inquietud».

He aquí, por ejemplo, lo que decía el autor del Salmo 135: Yo cantaré al Señor y festejaré su victoria. Todos mis huesos proclamarán: “Señor, ¿quién como Tú, que defiendes al débil del poderoso,al débil y pobre del explotador?” (vv. 9-10). Pero, ¡cómo! ¿Qué ha querido decir el salmista con eso de que también sus huesos…? Entiéndase con esta expresión que cantaba con todo su ser. Y así debe ser, en efecto, porque el canto, para que lo sea de veras y no un remedo, debe brotar desde dentro como algo propio y no como una mera repetición de lo que cantan otros.

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¿Qué hizo María, por ejemplo, cuando se encontró con su parienta Isabel? Cantó el Magníficat. Mejor dicho, compuso una canción y la entonó con la misma naturalidad y sencillez con que una avecilla canta entre las ramas de un almendro. No quepo de júbilo en Dios, mi Salvador/ porque puso sus ojos en alguien tan sin imprtancia como yo. Y, como digo, aquí no hay karaoke que valga. La música debe venir del hontanar del alma, como diría Unamuno.

Un gran narrador judío, Isaac L. Peretz (1852-1915), al leer el salmo 135 y, en particular, los versículos citados, hizo el siguiente comentario en uno de sus libros: «La melodía verdadera y sublime se canta sin voz, dentro del hombre, en su corazón, con todos sus miembros, para gloria de Dios. Así deben entenderse las palabras del rey David: Todos mis huesos exaltan a Dios. La gloria de Dios ha de resonar en la médula de los huesos, y éste es el mejor canto de alabanza al Señor. La gloria de Dios forma parte de aquella melodía con que Dios creó el universo; así cantan los ejércitos celestiales».

El canto aleja la melancolía: es como la sal, que impide que nuestra carne se pudra de tristeza.

Si estás contento, canta. Si no lo estás, canta igualmente, para que lo estés. La tristeza no soporta la música del alma.

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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