Cerca del pueblo que sufre

El pueblo de México sufre porque se siente desprotegido ante los grupos criminales que están invadiendo ciudades.
Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel
Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel

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Nuestro pueblo sufre, no sólo por las enfermedades y limitaciones económicas, sino porque se siente desprotegido ante los grupos criminales que están invadiendo ciudades y poblaciones rurales del país. El problema no es sólo el narcotráfico; lo más común es la extorsión, que azota tanto a personas adineradas, como al pueblo más sencillo. Por ejemplo, la tortilla, alimento de maíz básico para nuestro pueblo, que hace poco costaba quince pesos el kilo, ahora cuesta 23-25 pesos. Los extorsionadores imponen a quién se debe comprar el maíz, y al precio que ellos deciden, porque en cada kilo se llevan su ganancia. A pesar de que nuestro Presidente repite que primero los pobres, éstos están cada día más empobrecidos. ¿Qué hacer? ¿Sólo lamentar y criticar? ¿Solo rezar, sin hacer lo que cada quien pueda para evitar esto?

Algunos obispos han buscado a los líderes de estos grupos, no para hacer alianzas criminales, sino para exhortarlos a un cambio de vida. No nos hacen mucho caso, pero algo hay que hacer. Yo pude hablar con dos líderes locales, y sigo haciendo lo posible por dialogar más con ellos, para que le bajen a sus exigencias y respeten la vida de las personas. Como todos son creyentes, nos escuchan con respeto, pero siguen con sus intereses económicos, que para ellos son los que más cuentan. Y como tienen armas de grueso calibre, cometen muchas arbitrariedades e injusticias. En estas dolorosas circunstancias, no podemos abandonar a nuestro pueblo y dejarlo expuesto a los lobos, sino acudir a las autoridades para que hagan lo que les compete, estar cerca de los que sufren y buscar a los delincuentes para que se conviertan.

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Algunos obispos han logrado hablar con las primeras autoridades del país, pero éstas tienen otras estrategias. No podemos afirmar que nuestro Presidente tenga pactos con esos grupos, pero los hechos nos dicen que han aumentado mucho los asesinatos y otros crímenes, que quedan en la impunidad. Hemos dialogado con autoridades estatales, pero se sienten rebasados y sin los recursos técnicos para enfrentar el problema, porque las autoridades federales no les apoyan como se requeriría.

Además de rezar, cada quien decide qué hacer. Muchos pagan lo que esos delincuentes exigen, para evitarse mayores problemas, sobre todo para que no los maten a ellos ni a sus familiares. Otros se han organizado en grupos de autodefensa, pero son superados por los cárteles. A un conocido mío, en una pequeña población, le exigieron que les facilitara su casa, para descansar y protegerse. Como no podía negarse, pues se expondría a represalias, accedió a ello, pero levantó un acta ante Notario Público para dejar constancia de que no colabora con ellos, sino que les cedió el uso de su casa obligado y sin tener otra alternativa.

Discernir

En días pasados, el Papa Francisco recibió en audiencia a sacerdotes de Sicilia, al sur de Italia, lugar famoso por sus mafias. Lo que les dijo, nos sirve a nosotros, no sólo a sacerdotes y obispos, sino a cuantos tenemos alguna responsabilidad en el servicio al pueblo. Les dijo:

 “En Sicilia asistimos a comportamientos y gestos marcados por grandes virtudes y también por la crueldad. Junto a obras maestras de extraordinaria belleza artística, vemos escenas de mortificante abandono. No es casualidad que se haya derramado tanta sangre a manos de los violentos, pero también por la resistencia humilde y heroica de los santos y los justos, servidores de la Iglesia y del Estado.

La situación social actual de Sicilia está en franco declive desde hace años; un signo claro de ello es la despoblación de la isla. La desconfianza en las instituciones alcanza niveles elevados y los servicios disfuncionales lastran el desempeño de las tareas cotidianas, a pesar de los esfuerzos de personas buenas y honestas que quisieran comprometerse y cambiar el sistema. ¿Cómo se ha llegado a este camino de injusticia y deshonestidad?

Esta tarea, aunque encomendada a todo el pueblo de Dios, nos pide a los sacerdotes y obispos un servicio pleno, total y exclusivo. No han faltado en el pasado, y no faltan aún hoy, figuras de sacerdotes y fieles que abrazan plenamente el destino del pueblo siciliano.  ¿Cómo ignorar la labor silenciosa, tenaz y amorosa de tantos sacerdotes en medio de personas desanimadas o sin trabajo, en medio de niños o ancianos cada vez más solos? La figura sacerdotal en medio del pueblo, de los buenos sacerdotes, es importante porque en Sicilia la gente sigue buscando a los sacerdotes como guías espirituales y morales, personas que también pueden contribuir a mejorar la vida civil y social de la isla, a apoyar a la familia y a ser una referencia para los jóvenes en crecimiento. La expectativa del pueblo siciliano hacia los sacerdotes es alta y exigente. No se queden a medias, por favor.

Los pastores estamos llamados a abrazar plenamente la vida de este pueblo. No olvidemos a los profetas de Israel, que permanecieron fieles al pueblo por la fidelidad de Dios a la alianza, y le siguieron en el exilio. Así como los sabios y piadosos que sostuvieron al pueblo fiel en la diáspora. Estar al lado, estar cerca, eso es lo que estamos llamados a vivir, por la fidelidad de Dios; por amor a él estamos al lado hasta el final, hasta el mismo final, cuando las circunstancias de justicia, de reconciliación, de honestidad y de perdón nos llevan a ello. Cercanía, compasión y ternura: este es el estilo de Dios y es también el estilo del pastor. El mismo Señor dice a su pueblo: ‘Dime, ¿qué pueblo tiene a sus dioses tan cerca como tú me tienes a mí?’ La cercanía, que es compasiva, indulgente, tierna. Abraza, acaricia.

El sacerdote es un hombre del don, del regalo de sí mismo, cada día, sin pausa y sin descanso. Porque la nuestra, queridos sacerdotes, no es una profesión, sino una donación; no una profesión, que puede servir también para hacer carrera, sino una misión» (9-VI-2022).

Actuar

Sacerdotes, obispos, maestros, autoridades municipales y quienes tenemos alguna responsabilidad social, estemos cerca de nuestro pueblo, en sus dolores y sufrimientos, en sus esperanzas y alegrías. Hagamos cuanto podamos por que se erradiquen las extorsiones y los crímenes, hablando en todos los niveles posibles, aunque no siempre nos hagan caso, pero nunca dejemos solos a nuestros pueblos.

* El cardenal Felipe Arizmendi es obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (Chiapas)

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