Granito de mostaza

Diálogo para el bien común

Mirar

Se organizan foros, o se simulan y manipulan, para analizar la propuesta presidencial sobre la reforma eléctrica en el país; se discute en todas partes la conveniencia de participar o no en la próxima votación sobre la revocación de mandato del Presidente de la República; en todos los ambientes se expresan opiniones contradictorias sobre el aborto, la legalización de las drogas, la eutanasia, la invasión de Rusia a Ucrania, la efectividad de este gobierno para combatir la delincuencia y para enfrentar adecuadamente los retos de la economía y de la pandemia sanitaria.

En las familias se discute cómo educar a los hijos, qué tanto permitirles el uso del celular y de la tecnología, cuánta libertad hay que darles para que hagan lo que quieran y regresen a casa a la hora que se les antoje, si hay que obligarles a algunas prácticas religiosas, si conviene que tengan determinadas amistades y que acudan a ciertos lugares, cuál es el lugar del varón y de la mujer, etc.

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Al interior de la Iglesia, hay personas y grupos empeñados en discutir sobre el celibato presbiteral, el diaconado y la ordenación sacerdotal de mujeres, la pederastia clerical, la moral sexual y la atención pastoral a los homosexuales, la formación en los seminarios, etc. La sinodalidad que está en marcha invita a todos a participar también en la discusión para la toma de decisiones, lo cual incluye diálogos y más diálogos.

El diálogo es lo más sano y necesario, pero hay quienes no son capaces de dialogar. Olvidan que tenemos dos oídos, dos ojos, dos lados de la nariz, dos manos y dos pies, dos pulmones, dos riñones, dos lados del cerebro, pero sólo una boca. Algunos hablan y hablan a todas horas y sobre todo; pontifican sobre cualquier asunto como si lo supieran todo; dan la impresión de que tienen poca sabiduría para analizar las opiniones diversas; parecen adolescentes que reaccionan en forma muy primaria a todo, sin valorar a quienes tienen otro punto de vista; se ensañan en descalificarlos diariamente; no escuchan a quien opina en forma diferente. Y ¡ay de quien le lleve la contraria! Está perdido y sin oportunidad para avanzar en sus pretensiones, si no es que termina en la cárcel.

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Discernir

La Academia Latinoamericana de Líderes Políticos, con sede en Santiago de Chile, organizó el II Seminario Nacional de Liderazgo Político, para líderes políticos mexicanos, sobre “diálogo y reconciliación para una cultura de encuentro en la vida política”. Me pidieron que les compartiera la doctrina social de la Iglesia al respecto, y les expuse algo de lo que dice el Papa Francisco en Amoris laetitia (AL) y Fratelli tutti (FT):

“El diálogo es una forma privilegiada e indispensable de vivir. Pero supone un largo y esforzado aprendizaje. El modo de preguntar, la forma de responder, el tono utilizado, el momento y muchos factores más, pueden condicionar la comunicación” (AL 136).

“Darse tiempo, tiempo de calidad, que consiste en escuchar con paciencia y atención, hasta que el otro haya expresado todo lo que necesitaba. Esto requiere la ascesis de no empezar a hablar antes del momento adecuado. En lugar de comenzar a dar opiniones o consejos, hay que asegurarse de haber escuchado todo lo que el otro necesita decir. Esto implica hacer un silencio interior para escuchar sin ruidos en el corazón o en la mente: despojarse de toda prisa, dejar a un lado las propias necesidades y urgencias, hacer espacio” (AL 137).

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“Desarrollar el hábito de dar importancia real al otro. Se trata de valorar su persona, de reconocer que tiene derecho a existir, a pensar de manera autónoma y a ser feliz. Nunca hay que restarle importancia a lo que diga o reclame, aunque sea necesario expresar el propio punto de vista. Subyace aquí la convicción de que todos tienen algo que aportar, porque tienen otra experiencia de la vida, porque miran desde otro punto de vista, porque han desarrollado otras preocupaciones y tienen otras habilidades e intuiciones” (AL 138).

“Amplitud mental, para no encerrarse con obsesión en unas pocas ideas, y flexibilidad para poder modificar o completar las propias opiniones. Es posible que, de mi pensamiento y del pensamiento del otro pueda surgir una nueva síntesis que nos enriquezca a los dos” (AL 139).

“Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar” (FT 198). “Prima la costumbre de descalificar rápidamente al adversario, aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso, donde se busque alcanzar una síntesis superadora. Lo peor es que este lenguaje, habitual en el contexto mediático de una campaña política, se ha generalizado de tal manera que todos lo utilizan cotidianamente. El debate frecuentemente es manoseado por determinados intereses que tienen mayor poder, procurando deshonestamente inclinar la opinión pública a su favor. No me refiero solamente al gobierno de turno, ya que este poder manipulador puede ser económico, político, mediático, religioso o de cualquier género. A veces se lo justifica o excusa cuando su dinámica responde a los propios intereses económicos o ideológicos, pero tarde o temprano se vuelve en contra de esos mismos intereses” (FT 201).

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“La falta de diálogo implica que ninguno, en los distintos sectores, está preocupado por el bien común, sino por la adquisición de los beneficios que otorga el poder, o en el mejor de los casos, por imponer su forma de pensar. Así las conversaciones se convertirán en meras negociaciones para que cada uno pueda rasguñar todo el poder y los mayores beneficios posibles, no en una búsqueda conjunta que genere bien común” (FT 202).

“El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía” (FT 203).

“La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida. Reiteradas veces he invitado a desarrollar una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que enfrentan… De todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica incluir a las periferias. Quien está en ellas tiene otro punto de vista, ve aspectos de la realidad que no se reconocen desde los centros de poder donde se toman las decisiones más definitorias” (FT 215).

Actuar

“Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros” (FT 284).

El Cardenal Felipe Arizmendi es obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

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