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¿La inteligencia artificial puede amar? León XIV responde en Magnifica Humanitas

En Magnifica Humanitas, el papa León XIV reflexiona sobre los desafíos de la inteligencia artificial y recuerda que ninguna tecnología puede sustituir el amor, la dignidad humana ni el encuentro con el otro.

11 agosto, 2026
¿La inteligencia artificial puede amar? León XIV responde en Magnifica Humanitas
La encíclica Magnifica Humanitas invita a poner la inteligencia artificial al servicio de la dignidad humana y el amor. Foto: Desde la fe IA
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Cada vez es más común recurrir a la inteligencia artificial para resolver dudas, redactar un mensaje, organizar el trabajo o incluso buscar consuelo en momentos de soledad; lo que hace apenas unos años parecía exclusivo de las películas de ciencia ficción, hoy forma parte de la vida cotidiana de millones de personas.

Ante esta nueva realidad, el papa León XIV dedicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, a reflexionar sobre el lugar que debe ocupar esta tecnología en la vida de las personas. Sin rechazar sus beneficios, el Pontífice plantea una pregunta de fondo: ¿qué significa seguir siendo plenamente humanos cuando una máquina puede imitar cada vez mejor muchas de nuestras capacidades?

La respuesta el Papa León ofrece no gira en torno a los avances tecnológicos, sino a la realidad del amor, pero no entendido como un sentimiento pasajero, sino como la capacidad de entregarse al otro con libertad, responsabilidad y gratuidad, algo que ninguna inteligencia artificial puede experimentar.

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El amor comienza donde termina el algoritmo

En Magnifica Humanitas, León XIV reconoce que la inteligencia artificial puede realizar tareas complejas, procesar enormes cantidades de información e incluso generar respuestas que parecen cercanas o empáticas. Sin embargo, recuerda que toda esa capacidad tiene un límite esencial, pues no existe una experiencia verdaderamente humana detrás de sus respuestas.

“Las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen”, señala el Santo Padre en la encíclica.

A partir de esa perspectiva, la maestra Rosa Gabriela Pacheco, especialista en Doctrina Social de la Iglesia, explica que el amor sigue siendo el criterio fundamental para evaluar cualquier desarrollo tecnológico. “El amor es entrega, benevolencia y donación; constituye el criterio supremo y universal de toda ética social”, explica.

La especialista señala que, para la doctrina social, el amor nunca puede separarse de la verdad, la justicia, la libertad y la solidaridad. Por ello, el desarrollo de la inteligencia artificial no debe medirse únicamente por su capacidad para hacer más eficientes los procesos o aumentar la productividad, sino por su capacidad de proteger la dignidad de cada persona y contribuir al bien común.

En este sentido, la encíclica insiste en que la técnica está al servicio del ser humano y no al contrario. La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta valiosa para la educación, la medicina, el trabajo o la investigación científica, pero nunca debe desplazar a la persona ni sustituir las relaciones que hacen posible una vida auténticamente humana.

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IA imitador del amor
La IA puede simular empatía, pero el amor sigue siendo una experiencia exclusivamente humana. Foto: Desde la fe/IA

La IA puede imitar la empatía, pero nunca amar

Uno de los aspectos que más desarrolla Magnifica Humanitas es la diferencia entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial; aunque esta última es capaz de aprender patrones, generar conversaciones fluidas e incluso responder con aparente sensibilidad, León XIV advierte que nunca podrá sustituir aquello que nace de la experiencia personal y del encuentro con el otro.

La encíclica subraya que la inteligencia artificial carece de conciencia moral, libertad y responsabilidad (No. 99). Por ello, aunque pueda ofrecer respuestas convincentes o simular comprensión, no conoce el sufrimiento, el perdón, la compasión ni el amor como los vive una persona.

Esta diferencia, explica la doctora Rosa Gabriela Pacheco, no es un simple matiz técnico, sino una cuestión profundamente humana. “La IA puede simular empatía o imitar lenguajes, pero no siente ni comprende la experiencia de una persona porque no reside en el horizonte relacional y espiritual humano”.

Por ello, advierte que uno de los mayores riesgos no consiste en que las máquinas se parezcan cada vez más a las personas, sino en que las personas comiencen a sustituir sus relaciones por interacciones con algoritmos. “Existe el riesgo de que la persona pierda progresivamente el deseo de buscar a otras personas”.

La especialista explica que cuando alguien recurre de manera habitual a una inteligencia artificial para sentirse escuchado, evitar conversaciones difíciles o llenar vacíos afectivos, poco a poco puede debilitar sus vínculos con la familia, los amigos o la comunidad. El resultado no es una mayor cercanía, sino un aislamiento que empobrece la vida humana.

Una herramienta útil, pero nunca un sustituto del encuentro

El biblista Jorge Arévalo coincide en que el problema no radica en la tecnología, sino en el lugar que el ser humano decide darle. “No se trata de satanizar la inteligencia artificial; es una herramienta, pero nunca va a sustituir el contacto humano”.

Para Arévalo, el amor auténtico exige algo que ninguna máquina puede ofrecer, la entrega de una persona a otra. Significa escuchar, acompañar, aceptar las diferencias, perdonar y permanecer incluso cuando la relación implica esfuerzo o sacrificio.

Mientras la inteligencia artificial está diseñada para ofrecer respuestas rápidas y resolver problemas con eficiencia, el amor humano crece precisamente en aquello que no puede automatizarse: el tiempo compartido, la paciencia, la vulnerabilidad y la capacidad de salir al encuentro del otro.

Esta reflexión coincide con la propuesta de León XIV, (nn. 15, 90, 100, 114, 137 y 187), quien recuerda que la tecnología debe fortalecer las relaciones humanas y nunca reemplazarlas. Cuando una herramienta comienza a ocupar el lugar que corresponde a la familia, la amistad o la comunidad, deja de ser un apoyo para convertirse en un factor de deshumanización.

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El riesgo de dejar de pensar por nosotros mismos

La preocupación de Jorge Arévalo no se limita al ámbito de las relaciones personales, como docente, observa un cambio que considera cada vez más evidente entre los jóvenes.

“En diez años, si seguimos por este camino, más allá de la deshumanización, el ser humano perderá su capacidad de raciocinio”.

Explica que muchos estudiantes ya no desarrollan sus propias ideas porque delegan en la inteligencia artificial tareas como redactar ensayos, resumir lecturas o elaborar argumentos. “Los chicos ya no pueden presentar sus ideas; todas son de la IA. Se ha perdido la conexión mente-mano; ya no escriben lo que piensan sobre una lectura”.

Más que un problema académico, Arévalo considera que esta práctica puede afectar la capacidad de discernir, cuestionar la realidad y construir un pensamiento propio. Para él, aprender implica equivocarse, reflexionar, corregir y encontrar una voz personal, procesos que no pueden sustituirse con un algoritmo.

En este punto, la reflexión del biblista converge nuevamente con la encíclica. León XIV insiste en que el desarrollo tecnológico debe estar siempre guiado por la inteligencia y la conciencia humanas. Delegar completamente las decisiones o el pensamiento en sistemas automatizados supondría renunciar a una dimensión esencial de la persona: su libertad para buscar la verdad y actuar responsablemente.

La IA puede debilitar el pensamiento crítico
El uso excesivo de la IA puede debilitar el pensamiento crítico y la capacidad de discernimiento. Foto: Desde la fe IA

La tecnología al servicio de la persona

León XIV deja claro que la respuesta de la Iglesia ante la inteligencia artificial no es el rechazo ni el miedo; por el contrario, reconoce que esta tecnología puede contribuir al desarrollo de la medicina, la educación, la investigación científica y muchos otros ámbitos de la vida humana. Sin embargo, advierte que su verdadero valor no depende de su capacidad para realizar tareas cada vez más complejas, sino del uso que las personas hagan de ella.

Por ello, la encíclica insiste en que la persona siempre debe estar por encima de la técnica, un principio que atraviesa toda la doctrina social de la Iglesia. La inteligencia artificial es una herramienta creada por el ser humano y, como tal, debe permanecer al servicio de su dignidad, su libertad y su desarrollo integral.

En este sentido, la doctora Rosa Gabriela Pacheco explica que el criterio ético para valorar cualquier innovación tecnológica no puede reducirse a la eficiencia o al beneficio económico. “La técnica está hecha para el ser humano y no el ser humano para la técnica; no es un fin en sí misma. Su valor moral depende de si protege y promueve la dignidad de cada persona, el bien común y una vida social más justa”.

La especialista añade que la pregunta fundamental no debería ser únicamente qué tan avanzada o rentable es una tecnología, sino a quién beneficia, a quién puede perjudicar y qué tipo de sociedad ayuda a construir.

Esa es precisamente la invitación que hace León XIV a gobiernos, empresas, desarrolladores y usuarios: asumir la responsabilidad ética de orientar la inteligencia artificial hacia el servicio de la persona, evitando que las decisiones automatizadas sustituyan el discernimiento humano o vulneren la dignidad de los más frágiles.

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Una civilización donde el amor siga siendo humano

A lo largo de Magnifica Humanitas, León XIV recuerda que el mayor desafío de nuestro tiempo no consiste en crear máquinas cada vez más inteligentes, sino en evitar que el ser humano olvide aquello que le da sentido a su existencia.

El biblista Jorge Arévalo considera que ese desafío comienza en los gestos más sencillos de la vida cotidiana: conversar cara a cara, escuchar con paciencia, escribir con las propias palabras, pensar antes de responder y dedicar tiempo a quienes nos rodean.

“El amor implica entregarse completamente. La inteligencia artificial puede ser una gran herramienta, pero nunca va a sustituir el contacto humano”.

Lejos de presentar un panorama pesimista, la encíclica propone recuperar la capacidad de reconocer al otro como un hermano, de construir comunidad y de ejercer la libertad con responsabilidad, aquello que ninguna innovación tecnológica podrá reemplazar.

En un mundo donde las respuestas llegan en segundos y los algoritmos prometen resolver cada vez más tareas, León XIV recuerda que las experiencias más valiosas de la vida siguen requiriendo tiempo, presencia y entrega. La amistad, la familia, el cuidado de los más vulnerables, el perdón y el amor continúan siendo espacios donde ninguna máquina puede ocupar el lugar de una persona.

Jorge Arévalo destaca que más que preguntarnos hasta dónde llegará la inteligencia artificial, Magnifica Humanitas invita a plantearnos otra cuestión, ¿estamos utilizando la tecnología para ser más humanos o estamos permitiendo que nos aleje de aquello que nos hace verdaderamente humanos?

La respuesta la ofrece el propio León XIV a lo largo de Magnifica Humanitas. Más que preguntarnos hasta dónde llegará la inteligencia artificial, el Pontífice invita a reflexionar sobre el tipo de humanidad que queremos construir. En ese camino, recuerda que “la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización” (n. 187). Así, el futuro no dependerá únicamente del desarrollo de los algoritmos, sino de la capacidad de cada persona para poner la tecnología al servicio de la dignidad humana, el encuentro con el otro y el bien común.

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Autor

Periodista con más de 20 años de trayectoria, titulada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. A lo largo de su carrera ha colaborado en reconocidos medios nacionales como Milenio, El Universal, Revista Alto Nivel, entre otros. Su trabajo se ha enfocado en temas sociales, culturales y de interés humano.