Carta a las mamás de los sacerdotes

Gracias, mamás, en nombre de la Iglesia, por el don de su hijo sacerdote. Dios sabe pagar todos sus sacrificios.
Mamá recibe la Sagrada Comunión de manos de su hijo
Mamá recibe la Sagrada Comunión de manos de su hijo

Cuando todavía era seminarista, me tocó ver en mi parroquia un homenaje a las mamás de los sacerdotes que habían salido de nuestra parroquia.

El señor cura investigó cuántos sacerdotes había dado la parroquia, e invitó a sus mamás (las que aún vivían) a una Misa en la que pedimos por ellas y, al terminar, se les entregó un reconocimiento por parte de la comunidad por haber donado un hijo a la Iglesia.

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A mí me impresionó aquella ceremonia, y hoy considero que aquel sacerdote, que de Dios goce, sabía promover las vocaciones sacerdotales porque de esa sola parroquia éramos 26 seminaristas, de los cuales muchos alcanzamos la dicha de ser sacerdotes.

Hoy, con motivo del próximo Día de las Madres, quiero honrar, humildemente, a las mamás de mis hermanos sacerdotes y, entre ellas, a mi propia mamá, que de Dios goza.

Con ustedes comenzó todo

Detrás de cada sacerdote hay una gran mamá. ¿De dónde sacamos ese amor a la Iglesia que nos llevó a aceptar el llamado de Jesús?, ¿de dónde el deseo de dejarlo todo por seguirlo?, ¿de dónde nuestra preocupación por nuestros hermanos más necesitados?

¡De nuestros padres, de nuestros hermanos, de los buenos amigos que nos rodearon!

En los brazos de ustedes, mamás, como todos los niños, aprendimos a llamar a Dios “papá” y lo amamos porque ustedes lo amaban.

Con ustedes, y con toda nuestra familia, asistimos a la Misa dominical en donde se nos hizo familiar la figura del sacerdote.

Ustedes nos enseñaron a amar la Eucaristía y nos acompañaron después de comulgar, a dar gracias por el Santísimo Sacramento que acabábamos de recibir.

De ustedes, mamás, aprendimos a socorrer a nuestros hermanos los pobres cuando nos daban una monedita, y nos decía: “ten, dásela a ese señor”.

Quizás de ustedes escuchamos por primera vez la pregunta que nos conmovió y que cambió nuestra vida para siempre: “¿no te gustaría ser sacerdote?”

Los superiores del seminario se preguntan con frecuencia si la vocación es del candidato al sacerdocio o de la mamá. Yo creo que también hay una vocación para ser mamá o papá de un sacerdote, y creo que su respuesta generosa se convierte en apoyo al hijo que marcha al seminario.

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Fiesta de la familia

¿Se han fijado que cuando nuestros estudiantes logran titularse en alguna carrera de tipo civil, mandan a hacer su título en metal y, junto con él, un título especial dedicado a sus padres?

¡El triunfo de un hijo profesionista es, también, el triunfo de sus papás y de toda su familia! Por eso se luce tal reconocimiento en un lugar especial del hogar donde todas las visitas puedan verlo. Es el orgullo de los papás.

Así sucede también con los sacerdotes. Cuando, después de muchos años, el seminarista llega a la ordenación lo hace con una gran alegría, y ese gozo lo comparten sus padres, sus hermanos y hasta su pueblo entero.

Una cantamisa es una fabulosa fiesta de júbilo eclesial. Hay que ver las largas filas de parientes, amigos y vecinos que se acercan a felicitar al neo sacerdote y a besar sus manos recién consagradas.

Hay que ver con cuánta emoción recibimos su primera bendición sacerdotal. Una tía mía presumió siempre que ella había sido la primera que se confesó conmigo.

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Gracias, queridas mamás

Gracias, en nombre de la Iglesia, por el don de su hijo sacerdote. Dios sabe pagar los sacrificios familiares. Algunos piensan que un hijo que se ordena sacerdote es un hijo perdido, con el que ya no se puede contar; sin embargo la experiencia nos enseña que no es así.

¡Hay que ver con cuánto amor cuidan a sus padres ancianos los sacerdotes! El Arzobispo de México nos dio el ejemplo llevándose a sus padres ancianos a vivir con él hasta que se mudaron al cielo.

Un hermano sacerdote tiene que cuidar a su mamá ancianita, y ya que tiene que hacerlo, se animó a fundar una casa para ancianos. “Todos son mi mamá y mi papá”.

Gracias, mamás, por haber logrado que su hogar fuera el primer seminario de su hijo. Por haberle pedido a Dios, quizás, la gracia de tener un hijo sacerdote.

Por seguir cuidando de nuestra vocación, no sólo en el seminario, sino ya en nuestro ministerio, con sus maternales consejos y sus correcciones no siempre bien recibidas, porque los hijos siempre pensamos que ya somos grandes y que ya no necesitamos los consejos paternos.

Gracias por su oración constante que, indudablemente, atrae para nosotros tantas bendiciones de Dios. Ustedes nos quieren santos; pídanselo a Dios porque Él siempre les hace caso a las mamás.

Gracias, mamás.

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El P. Sergio Román, sacerdote de la Arquidiócesis de México, falleció el 9 de septimebre de 2012. 

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