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¿Qué es el Viacrucis de los mártires y cómo rezarlo?

El Viacrucis de los mártires fue elaborado en memoria de los 21 mártires cristianos coptos en Egipto. Se reza el 15 de febrero y durante la Cuaresma.

15 febrero, 2023
¿Qué es el Viacrucis de los mártires y cómo rezarlo?
Pintura de los 21 mártires cristianos coptos / Foto: Especial
Creatividad de Publicidad

Este Viacrucis es un homenaje a los 21 cristianos coptos de Egipto, decapitados en febrero del 2015 por el Estado Islámico (ISIS) en Libia, “por el solo hecho de ser cristianos”, como denunció el Papa Francisco, quien no ha perdido ocasión para recordar al mundo que la sangre vertida de nuestros hermanos en la fe es un testimonio vivo: “sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa: son cristianos, y la sangre es la misma, la sangre confiesa a Cristo”.

Desde la Semana Santa de 2015, la Arquidiócesis Primada de México ha pedido difundir entre los fieles y rezar en sus comunidades este Viacrucis, que no solamente es un merecido reconocimiento a estos 21 mártires y a las miles de personas que en los últimos años han perdido la vida por profesar la fe cristiana –especialmente en Asia y África–, sino una manera de hacer conciencia entre los fieles de la terrible realidad que enfrentan nuestros hermanos en otras partes del mundo.

El sanguinario asesinato de los 21 egipcios coptos en 2015, sujetados con esposas y llevados en fila para ser decapitados a la orilla del mar, ha sido un hecho terrorífico que ha dado la vuelta al mundo y ante el cual ningún cristiano puede quedar indiferente. Estos hermanos nuestros habían sido secuestrados entre diciembre y enero del 2014 en Libia, y en un video titulado Un mensaje firmado con sangre a la nación de la cruz, aparecen a orillas del mar, vestidos de color naranja y pronunciando el nombre de Jesús antes de que el despiadado acero acabara con sus vidas.

“El nombre de Jesús fue la última palabra surgida de los labios de aquellos mártires, quienes, al igual que en el martirio de los primeros cristianos, se han confiado en las manos de Aquél que poco después los iba a recibir. Y así han celebrado su victoria, la victoria que ningún asesino les podrá arrebatar. Ese nombre susurrado en el último momento es el sello de su martirio”. Así lo describió el Obispo copto católico de Guiza, Egipto, Mons. Anba Antonios Aziz Mina.

Hoy, estos 21 hombres asesinados por las milicias del califato islámico han entrado a formar parte del martirologio de la Iglesia copta, y serán recordados y venerados cada 15 de febrero, día en que el Estado Islámico hizo público el vídeo de su salvaje asesinato.

Mártires cristianos coptos asesinados en Egipto / Fuente: Especial

Mártires cristianos coptos asesinados en Egipto / Fuente: Especial

Estos son los nombres de los 21 mártires coptos degollados en Libia por los verdugos del califato:

Milad Saber Mounir Adly Saad, soltero.
Sameh Salah Farouq, casado, con un hijo.
Ezzat Boshra Nassif, casado, con un hijo de cuatro años.
Mina Shehata Awad, soltero.
Louqa Nagati Anis Abdou, casado, con un hijo de diez meses.
Essam Baddar Samir Ishaq, soltero.
Hany Abdal-Massih Salib, casado, con tres hijas y un hijo.
Guergues Milad Sanyut, soltero.
Tawadraus Youssef Tawadraus, casado, con tres hijos.
Kyrillos Boschra Fawzy, soltero.
Magued Soliman Shehata, casado, con dos hijas y un hijo.
Mina Fayez Aziz, soltero.
Samouïl Alham Wilson, casado, con tres hijos, de seis, cuatro y dos años.
Bishoï Stephanos Kamel, soltero.
Samouïl Stephanos Kamel, soltero.
Malak Abram Sanyut, casado, con tres niños.
Milad Makin Zaky, casado, con una hija.
Abanub Ayyad Ateyya Shehata, soltero.
Guergues Samir Megally Zakher, soltero.
Youssef Shukry Younan, soltero.
Malak Farag Ibrahim,  casado, con una niña.

En su memoria…

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Modo de rezar el Viacrucis

Oración inicial

¡Oh, Padre Santo!, tus fieles cristianos quieren hacer memoria de la pasión de tu hijo dando voz a los mártires asesinados por odio a la fe. Recibe nuestras humildes plegarias como aceptaste la sangre de quienes marcados por el bautismo dieron testimonio de su fe en Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria antes de cada estación

“Te adoramos, ¡oh, Cristo!, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí pecador”.

Jaculatoria después de cada estación

“¡Por tu Cruz y Resurrección nos redimiste, salvador del mundo sálvanos!”.

Oración Final

Recibe, Señor, nuestra oración, y por la intercesión de tus santos mártires concédenos fortaleza en las tribulaciones, valor en las persecuciones y la dulce esperanza de resucitar con tu Hijo Jesucristo que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos Amén.

Viacrucis de los mártires cristianos cotos

I Estación. Jesús es condenado a muerte

Señor Jesús, también nosotros hemos sido condenados a muerte, también contra nosotros ha intervenido el odio homicida de Satanás, él es quien ha sembrado la ira en el corazón de nuestros enemigos y han dictado la sentencia de ser degollados por el delito de creer en ti, Señor. Como tú, también temblamos de miedo ante la hora del martirio, también hemos pasado por la tristeza y la angustia de Getsemaní, pero pese a nuestra debilidad, tenemos la certeza de que no nos abandonarás, de que al pronunciar tu nombre a la hora de la muerte, nos abrirás las puertas del paraíso.

II Estación. Jesús carga con la Cruz

Señor, tus palabras son contundentes: el que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga. El día de nuestro bautismo fuimos signados con tu cruz victoriosa, nacimos del agua y del Espíritu Santo, fuimos marcados para la inmortalidad, dejamos de pertenecernos y sabemos que tú eres nuestra vida, que ninguna otra vida vale la pena fuera de ti. Sí, Jesús, nos abrazamos amorosos a tu santa cruz, y la queremos llevar contigo hasta el martirio.

III Estación. Jesús cae por primera vez

Señor, ante la hora de la muerte, sólo podemos pensar en lo que ha sido nuestra vida, tú la conoces bien, marcada por la debilidad humana, pero nos consuela saber que tú, sin haber pecado, padeciste nuestra fragilidad, también suplicaste con llantos y gemidos al que te podía librar de la muerte, y no te salvó; tampoco nosotros seremos librados, sin embargo, tenemos la certeza de que al invocar tu nombre nos auxiliarás, atravesaremos confiados las puertas del abismo porque tú estás con nosotros, tu vara y tu cayado nos dan seguridad.

IV Estación. Jesús encuentra a su madre.

En sus ojos encontraste la fuerza para continuar, en su mirada inmensa y pura hallaste un mar de comprensión, tú y ella se fundieron en uno solo, en un solo amor, en un solo dolor. Tu nombre y el de ella son nuestro amparo, son nuestro refugio, la fuente de nuestra alegría, en ellos hallamos el valor para no renegar de nuestra fe. Tu madre nos mira y se va el miedo, nos sustraemos del horror y de la afrenta. ¡Oh, madre de Dios, ampáranos, ve cómo temblamos de pavor y abrázanos, deja que nos recostemos como un niño en tu regazo!



V Estación. Simón de Cirene ayuda a Jesús a cargar la Cruz

Como tú, Varón de dolores y sabedor de dolencias, nos sentimos solos, abandonados, pero tu Espíritu Santo ha sido nuestro consuelo, nos ha hecho saber que nuestro Cirineo era el mundo cristiano que nos sostenía con su oración, suplicando para nosotros la gracia de no claudicar ante el martirio, y hoy estamos llenos de esa fuerza, incluso alegres de ayudarte a llevar la cruz, la misma que mañana será nuestra victoria.

VI Estación. La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Nuestras madres y esposas han roto el cerco de los violentos, ellas nos enjugan el rostro del sufrimiento con sus oraciones y sus lágrimas; ellas no maldicen, rezan por nosotros y por nuestros enemigos; a veces las vemos en sueños abrazándonos, consolándonos y animándonos al martirio.

No teman, no renegaremos de Jesús, no nos avergonzaremos de su nombre; sigan orando, sigan consolando, sigan perdonando, que nadie manche su corazón de cristianas, que nada ni nadie les arranque la fe.

VII Estación. Jesús cae por segunda vez

Tu caída nos conmueve y nos consuela, ¡es tan difícil no titubear! También nos hemos preguntado si no es absurdo perder la vida, esta vida que, aunque breve, también la amamos, nos preguntamos si vale la pena este sacrificio, el no volver a abrazar a nuestros padres, besar a nuestras mujeres y no ver crecer a nuestros hijos, pero nos levantamos de la incertidumbre y estamos resueltos a seguir el camino. Señor, que sirva nuestro sacrificio para fortalecer a los débiles, que sirva nuestro martirio para que el mundo incrédulo vuelva a creer.

VIII Estación. Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Jesús, no te olvides de nuestras mujeres, de nuestras madres y nuestras hijas, sólo tú puedes consolarlas, sólo tú puedes darles la certeza de que no moriremos, de que un día, en tu gloria, las volveremos a abrazar; diles nuestras palabras dulces al oído, convéncelas de que no hay amor más grande y sublime que el tuyo, llénalas de misericordia y compasión por nuestros verdugos; después de las lágrimas cólmalas de alegría, dales tu paz a cambio del dolor, sé tú el sostén de nuestros huérfanos y nuestras viudas.

IX Estación. Jesús cae por tercera vez

No nos avergonzamos de nuestras dudas y miedos, somos barro transformado en carne, estamos marcados por el pecado de Adán, y tú nos enseñas, manso y dulce Señor, a no temer a la fragilidad, cuanto más débiles más necesitamos de tu misericordia, cuanto más pequeños más necesitados de tu piedad. Tu caída, Jesús, nos hace levantarnos, sentimos que nos faltan las fuerzas pero tú nos vuelves a sostener, te seguimos sufrientes y nos haces saber que en la obediencia está la verdadera libertad.

X Estación. Jesús es despojado de sus vestiduras

Te despojaste de tu divinidad y te hiciste hombre, siendo rico te hiciste pobre por nosotros. Varón de dolores, fuiste despreciado y humillado pero como manso cordero no abriste la boca. Así, nosotros formados en fila a la orilla del mar recorremos contigo el camino del despojo y la humillación, nuestros verdugos nos han arrebatado todo, pero te tenemos a ti: no nos abandones, no nos desampares, ven aprisa a socorrernos, ven a cubrir nuestra desnudez, ayúdanos a creer que sólo quien pierde la vida la gana, que el camino de la Cruz es el único que conduce a la gloria.

XI Estación. Jesús es crucificado

Tú, nuestro Sumo Sacerdote, también tuviste miedo al tormento, tú también suplicaste que de ser posible fuera apartado el cáliz del dolor, pero el Padre quiso tu sacrificio, no te libró de la Cruz porque es la prueba de que realmente nos amas. Tú tampoco, Señor misericordioso, nos librarás de la muerte, hoy que nos han dado la sentencia fatal comprendemos que pides de nosotros la prueba suprema del martirio; bien sabes, Señor Crucificado, que no somos dignos, pero aquí están nuestros cuerpos, tómalos como hostias vivas, aquí está nuestra sangre, a punto de ser vertida en el mar, que se expanda por los océanos con las olas y  que sirva con la tuya para la salvación del mundo.

XII Estación. Jesús muere en la Cruz

Tú diste la vida por nosotros y hoy nosotros la damos por ti, gracias por concedernos este don, gracias por la palma victoriosa del martirio. Venga la muerte, que viniendo de ti se convierte en vida; venga el tormento, que sufrido por ti se transforma en dicha; venga la crueldad, que será un instante a cambio de la eternidad. Ya no tememos al odio y su violencia embrutecida, moriremos pidiendo el perdón para nuestros enemigos, y repitiendo como una obsesión: ¡Jesús, Jesús, Jesús!

XIII Estación. Jesús es bajado de la Cruz

No tendremos el honor de ser sepultados, nuestros cuerpos tendidos y decapitados sobre la playa serán arrojados y profanados, no estarán nuestras mujeres para los ritos funerarios, ni cerrarán nuestros ojos por última vez, seremos expuestos como advertencia y escarmiento; pero eso no importa, viviremos en el recuerdo de nuestros hermanos cristianos, y deseamos que nuestro martirio fortalezca la fe de la Iglesia. No bajamos, como tú, Señor, al misterio de la muerte, subimos a la casa del Padre, donde nos has preparado una morada para reinar contigo para siempre.

XIV Estación. Jesús es sepultado.

Tú bajaste al abismo, nosotros ascendemos al cielo; tú descendiste a los infiernos, nosotros subimos a la gloria, ¡qué cara pagaste nuestra redención! Que no lloren nuestras madres y esposas, que no se aflijan nuestros hijos, nuestra muerte es una grandiosa victoria: venció el amor, no el odio; ganó el perdón, no la venganza, porque al final triunfaste Tú. Recibe nuestros tormentos, Señor, acepta nuestra humilde inmolación; sea nuestra sangre purificada por el martirio savia de cristianos nuevos, fuerza para los que sufren persecución. ¡Salve Rey Crucificado, Jesús Nuestra Gloria y Salvación!

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Autor: Pbro. Hugo Valdemar Romero, sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México 





Autor

La redacción de Desde la fe está compuesta por sacerdotes y periodistas laicos especializados en diferentes materias como Filosofía, Teología, Espiritualidad, Derecho Canónico, Sagradas Escrituras, Historia de la Iglesia, Religiosidad Popular, Eclesiología, Humanidades, Pastoral y muchas otras. Desde hace 25 años, sacerdotes y laicos han trabajado de la mano en esta redacción para ofrecer los mejores contenidos a sus lectores. 

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