Guerra Cristera: memoria y reconciliación
No se trata de recordar por nostalgia, sino de evitar repetir el error: cuando la fe, la política y la sociedad dejan de encontrarse, el costo humano es devastador. La paz no es discurso, es decisión colectiva.
Coordinador del Centro de Comando, Control, Cómputo, Comunicaciones y Contacto Ciudadano de la Ciudad de México (C5 CDMX).
La historia de México guarda entre sus cicatrices la fractura de la Guerra Cristera, el periodo entre 1926 y 1929 cuando fe y política dejaron de ser espacios de encuentro para convertirse en campos de batalla.
Este año, al conmemorar el centenario de aquel doloroso episodio, la memoria, antes de reabrir heridas, puede ser herramienta política y social estratégica para evitar la violencia en cualquiera de sus formas y espacios.
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Una de las lecciones de aquel conflicto es la urgencia de una tolerancia radical. La Guerra Cristera demostró que cuando el diálogo se agota y las instituciones fallan en mediar las diferencias, el costo humano es incalculable y el tejido social tarda décadas en regenerarse.
En el contexto actual, seguridad y estabilidad se construyen en la capacidad colectiva para proteger la dignidad humana y fomentar una cultura de mediación. Como señala el Cardenal José Francisco Robles Ortega, en un escenario de violencia, la unidad nacional y la paz son los caminos para fortalecer el tejido social.
“Confiamos en que juntos trabajaremos por la unidad del país, para superar cualquier división; por la paz, para superar cualquier tentación de violencia; por la justicia, para fortalecer el tejido social”, mencionó el Cardenal en una carta a los Obispos de la provincia eclesiástica de Guadalajara.
Iniciativas contemporáneas como los Territorios de Paz e Igualdad impulsados por la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, reflejan la necesidad de intervenir en las zonas de mayor incidencia delictiva con seguridad y justicia social.
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Sin embargo, la violencia también se manifiesta en la aspereza de las palabras. Las redes sociales son frente donde sectores extremistas, incluso dentro de la propia comunidad católica, siembran división y confrontación. El sacerdote Armando González Escoto advierte sobre estos ataques digitales que, aunque aparentemente inofensivos, dañan la convivencia familiar y comunitaria.
La reconciliación de la memoria es, por tanto, un acto de responsabilidad cívica y política. Recordar el pasado permite identificar patrones destructivos de la polarización antes de que alcancen un punto de no retorno.
Construir la paz implica generar espacios de encuentro donde la escucha prevalezca sobre la imposición. Así, este centenario de la Guerra Cristera no será simple ejercicio de nostalgia, sino convocatoria a priorizar la convivencia ciudadana.
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Educación, diálogo respetuoso y participación consciente contribuyen a garantizar que la fragmentación pasada no esté en el presente ni el futuro.

