México tiene una de las mejores escuelas del mundo y su secreto no está en las aulas
Reconocida entre las mejores escuelas del mundo, esta institución mexicana no solo forma alumnos: también acompaña a los padres para fortalecer la educación familiar, la inteligencia emocional y el desarrollo integral de los niños.
Son las siete de la mañana y la llegada es constante como en cualquier escuela: niños que apresuran el paso de la mano de sus padres, para entrar a tiempo; mochilas que se acomodan al hombro y últimas indicaciones susurradas al oído; algunos se despiden con el clásico “pórtate bien”; otras madres dan un beso y la señal de la cruz a sus hijos.
Los más pequeños avanzan acompañados por papá o mamá hasta el salón de maternal, donde la separación pesa: brotan lágrimas y brazos que se aferran. Sin embargo, la escena cambia rápidamente, pues la voz serena de las maestras, los juegos y la música suave hacen que esa despedida se diluya hasta la hora de la salida.
Hoy, sin embargo, hay un movimiento distinto. Es día del taller mensual “Padres en acción”. En el aula de los papás se preparan para su clase para padres. Con las sillas puestas en círculo, los adultos toman su lugar sin prisa, pues saben que tienen poco más de 60 minutos para compartir experiencias, nombrar inquietudes cotidianas y recibir orientación para fortalecer la dinámica familiar.
En “A favor del Niño”, nombrada una de las mejores escuelas del mundo y la mejor de México, no sólo da clases a niños: los padres también aprenden, revisan y ajustan, con la convicción de que el bienestar emocional de los hijos se construye, sobre todo, en casa.
¿Buenos resultados o buenos vínculos?
Al momento de elegir escuela, muchas familias priorizan indicadores visibles: dominio del inglés, oferta deportiva, nivel académico, perfil docente, prestigio institucional o programas de intercambio académico en el extranjero, entre otros. Son criterios legítimos para valorar la calidad educativa; sin embargo, no es lo prioritario.
En este proceso de selección de escuela suele quedar fuera una pregunta clave: qué lugar ocupa la familia dentro del proyecto educativo. ¿Existen espacios de formación para padres?, ¿hay orientación para padres cuando surgen inquietudes sobre el desarrollo emocional o conductual de los hijos?, ¿se promueve una alianza entre hogar y escuela? Sin esa corresponsabilidad entre familia y escuela, advierten especialistas, la propuesta educativa pierde profundidad y continuidad fuera del aula.
Pensar en la educación únicamente en términos de calificaciones reduce la realidad del aula, pues allí no hay cifras, sino personas en formación. Especialistas en desarrollo infantil coinciden en que las habilidades emocionales, sociales y de aprendizaje no se construyen solo en la escuela; su base se construye en el entorno familiar, en los vínculos familiares y hábitos cotidianos que acompañan —y que muchas veces dificultan— los procesos educativos.
Cuando la familia se involucra, el aprendizaje florece
Lejos de ser solo una percepción de padres o docentes comprometidos, la importancia del vínculo entre familia y escuela está ampliamente documentada por numerosas investigaciones educativas. Algunos de estos estudios coinciden en que la participación de los padres no es un complemento opcional, sino un factor decisivo en el desarrollo académico y emocional de los estudiantes.
Organizaciones especializadas en educación como Waterford.org definen la participación familiar como una alianza entre padres y educadores en la que ambos comparten la responsabilidad del aprendizaje. En este modelo, la escuela no sustituye a la familia ni la familia delega completamente en la escuela: ambas colaboran, intercambian información sobre las necesidades del niño y construyen entornos de aprendizaje coherentes entre el aula y el hogar.
Esta corresponsabilidad entre familia y escuela puede tomar muchas formas, desde el voluntariado en actividades escolares hasta el acompañamiento cotidiano en casa, la lectura compartida o la comunicación constante con los docentes. Según los especialistas en educación, lo esencial es que el estudiante perciba que los adultos significativos de su vida están conectados y comprometidos con su proceso educativo.
Datos de esta investigación educativa arrojaron que los efectos de esta alianza entre familia y escuela son medibles, pues encontró una relación sólida entre participación familiar y rendimiento académico. Cuando familia y escuela trabajan juntas, aumenta la motivación del alumno, se fortalece la confianza entre padres y docentes y se construyen expectativas educativas más altas y compartidas.
En la misma línea, investigaciones de la Johns Hopkins University han documentado beneficios concretos. Por ejemplo, la comunicación activa entre padres y maestros puede reducir el ausentismo escolar hasta en 24 %, mejorar la comprensión lectora y elevar la autoestima y la conducta en el aula. El impacto, además, no se limita a la infancia: aunque la participación de los padres disminuye con la edad, sigue influyendo incluso en la decisión de los jóvenes de continuar sus estudios.
En México, el estudio “El contexto familiar y su vinculación con el rendimiento académico”, realizado por investigadoras de la Escuela Normal Rural Ricardo Flores Magón, en Saucillo, Chihuahua, confirma que el clima familiar pesa más que el nivel socioeconómico en el éxito escolar. Los hallazgos de esta investigación señalan que no son los recursos económicos los que determinan el desempeño académico, sino factores como el apoyo emocional, la comunicación familiar, la seguridad afectiva y el estilo de crianza.
Los resultados señalan que la familia es el primer espacio educativo donde el niño aprende valores, normas y formas de relacionarse; y la escuela es el segundo. Ambos contextos se influyen mutuamente: cuando uno es sólido, fortalece al otro; cuando uno falla, el impacto se extiende. Por eso, el acompañamiento cotidiano de los padres, interesarse por las tareas escolares, reconocer el esfuerzo o expresar expectativas positivas, actúa como un potente motor de motivación y perseverancia académica.
La evidencia educativa converge en una misma idea: la calidad educativa no se construye solo con programas, instalaciones o metodologías, sino en la relación viva entre adultos que educan y niños que crecen. Allí donde familia y escuela se reconocen como aliadas, el aprendizaje deja de ser solo instrucción y se convierte en formación integral.

Para muestra… una escuela: la mejor escuela
En septiembre de 2025 se anunció a nivel mundial que una de las mejores escuelas del planeta era mexicana. La noticia sorprendió a muchos y la reacción inmediata fue casi automática: “seguramente es carísima”. Pero la realidad rompía el prejuicio.
A Favor del Niño, una escuela ubicada en la Ciudad de México, obtuvo el primer lugar del prestigioso World’s Best School Prizes en la categoría Community Collaboration, tras competir con más de mil instituciones educativas de todo el mundo.
¿La clave? No fue infraestructura de lujo ni tecnología de punta. El reconocimiento internacional destacó algo más profundo: su compromiso sistemático con el bienestar emocional de los alumnos y de sus familias. En su modelo educativo, la relación cercana entre escuela, padres y comunidad no es un añadido, sino el eje que sostiene el aprendizaje.
En otras palabras, lo que la colocó entre las mejores escuelas del mundo no fue solo cómo enseña, sino cómo cuida, una visión que se ha convertido en la columna vertebral de su modelo educativo. Este se articula en cuatro ejes inseparables: educación, alimentación, salud y desarrollo humano, los que sostienen de manera integral el desarrollo de cada alumno.
Cuando la escuela acompaña también a la familia
Como explica su directora general, Daniela Jiménez Moyao, A Favor del Niño no se concibe solo como una institución educativa, sino como un verdadero “ecosistema de cuidado” para niños, niñas, adolescentes y sus familias. “No podemos lograr un impacto real en los alumnos si no trabajamos también con sus padres de familia”, subraya.
Por ello, el modelo educativo integra educación formal, alimentación, salud y desarrollo socioemocional, junto con un acompañamiento constante a las familias mediante talleres para padres, orientación familiar y comunidad educativa. Para Moyao, el reconocimiento internacional no representa una meta alcanzada, sino un punto de partida: un “banderazo de salida” para que otras escuelas conozcan y repliquen un enfoque educativo que entiende la educación como una función social más amplia: no solo instruir, sino sostener el entorno familiar que hace posible el aprendizaje.
En el ámbito educativo, la escuela cubre el programa oficial de la Secretaría de Educación Pública (SEP); además, inserta un acompañamiento cercano que considera la realidad de cada niño. “El aprendizaje no puede florecer si las condiciones básicas fallan, y ahí aparece el segundo pilar: la alimentación”, explica.
En ese eje, el comedor escolar opera bajo la metodología y estándares de Comedor Santa María, institución que asesora y supervisa periódicamente su funcionamiento. Se trata del primer comedor de este modelo integrado dentro de una escuela, aunque la operación cotidiana y la selección de proveedores se gestionan de manera directa.
En palabras de la directora, la alimentación escolar es también una de las áreas que exige mayor inversión y donde la escuela concentra esfuerzos de procuración. Hoy cuentan, por ejemplo, con un donante de verduras que ha permitido reducir significativamente los costos; sin embargo, la búsqueda se centra ahora en donantes de proteína, el insumo más costoso y nutricionalmente crítico. Esta gestión alimentaria resulta clave en un contexto de vulnerabilidad, pues el objetivo es garantizar hasta el 85 % del requerimiento calórico diario de los alumnos mediante desayuno, colaciones y comida, complementando así carencias alimentarias que muchos enfrentan en casa.
El eje de salud escolar opera con la misma lógica preventiva: revisiones dentales, revisiones visuales periódicas, control de crecimiento, seguimiento de vacunación y expedientes médicos individuales permiten detectar a tiempo cualquier riesgo que pueda afectar el desarrollo infantil o el aprendizaje. Cada alumno cuenta así con un historial médico completo que acompaña su evolución durante años, algo poco común incluso fuera del ámbito escolar.

Desarrollo humano: donde el modelo revela su esencia.
Atención psicológica, educación emocional y trabajo directo con las familias forman parte del día a día. La intervención no se limita al alumno, sino a su entorno familiar: talleres mensuales para padres, redes de apoyo entre familias y, cuando es necesario, visitas domiciliarias.
Daniela Jiménez Moyao detalla que este acompañamiento familiar se traduce también en decisiones prácticas alineadas con la realidad laboral de los hogares; por ejemplo, la jornada extendida hasta las 17:00, 17:30 o 18:00 horas, según el nivel de escolaridad, permite que madres y padres trabajadores mantengan su empleo con la tranquilidad de que sus hijos están cuidados, alimentados y acompañados. La ubicación cercana a centros de trabajo reduce traslados y estrés cotidiano. “Buscamos ser un facilitador para las familias, no una carga más”, resume la directora.
El impacto resulta especialmente significativo en madres autónomas o familias sin red de apoyo. La escuela se convierte así en un espacio seguro donde los niños reciben atención integral mientras sus cuidadores trabajan.
La directora explica que el momento ideal para ingresar a “A Favor del Niño” es desde maternal, ya que permite un seguimiento continuo tanto en salud como en el acompañamiento familiar. Iniciar desde la primera infancia favorece además una cultura de corresponsabilidad: la participación de madres y padres en talleres y sesiones se integra al propio proceso educativo y fortalece la comunidad entre familias.
Este acompañamiento se mantiene a lo largo de toda la trayectoria escolar, desde los primeros años hasta la adolescencia. “No es posible transformar la vida de un niño sin acompañar también a su familia”, insiste Jiménez Moyao.
¿Quiénes son los niños que llegan a “A Favor del Niño”?
Ingresar a “A Favor del Niño” no es un proceso automático, pues la institución está dirigida a niños en situación de vulnerabilidad social y económica cuyas familias, sin embargo, mantienen un fuerte compromiso con la educación y el bienestar de sus hijos.
“Buscamos familias que, aun con dificultades, tengan el deseo real de que sus hijos salgan adelante. Padres que quieren para ellos oportunidades que quizá ellos no tuvieron”, explica Luis Ángel Matamoros Ibarra, responsable del área de trabajo social, monitoreo y evaluación.
Desde el primer filtro, el cual incluye entrevistas y visitas domiciliarias, la escuela procura que sus recursos lleguen a quienes más los necesitan y donde el acompañamiento integral pueda generar una transformación sostenida en la dinámica familiar.
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Contexto socioeconómico y dinámicas familiares
Muchas de las familias viven con ingresos limitados, largas jornadas laborales y escasas redes de apoyo, por lo que es frecuente encontrar hogares monoparentales, especialmente madres autónomas, o parejas en las que ambos trabajan sin familiares cercanos que colaboren en la crianza.
“Hay papás que se levantan a las 4:30 de la mañana y se duermen a las 10 de la noche. Es una rutina muy ardua y compleja, pero muy trabajada por ellos, porque todo el día están en función de que sus hijos puedan estudiar“, describe Matamoros.
En ese contexto, el plantel educativo se convierte en un soporte cotidiano que permite a los niños permanecer en un entorno seguro mientras sus cuidadores trabajan. “A Favor del Niño funciona como un espacio seguro donde los niños están cuidados, alimentados y acompañados, en lugar de quedarse solos en casa o en situaciones de riesgo“, explica.
Carencias detectadas al ingreso
Las entrevistas iniciales y visitas domiciliarias permiten conocer de primera mano las condiciones de vida: organización del hogar, infraestructura, redes de apoyo y estabilidad económica. Estas evaluaciones sociales muestran que muchos niños llegan con carencias que trascienden lo material.
“Al ingresar, encontramos familias sin red de apoyo, con dificultades económicas importantes y con niños que han vivido situaciones de desatención por las propias condiciones laborales de los padres“. Por ello, la selección prioriza casos en los que la intervención escolar puede generar mayor impacto en seguridad, bienestar y oportunidades de desarrollo. En ese contexto, las familias realizan una aportación económica mínima, destinada únicamente a la alimentación, como parte de un esquema de corresponsabilidad que busca sostener el acompañamiento integral sin excluir a quienes más lo necesitan.
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Diagnósticos socioemocionales frecuentes
En el plano emocional, los niños suelen ingresar con dificultades para relacionarse y expresar lo que sienten. “Al inicio son niños más reservados, con dificultad para identificar y expresar emociones o para vincularse con sus compañeros“, explica el trabajador social.
Estas características responden, en gran medida, a contextos de estrés familiar, ausencia prolongada de los padres por trabajo o falta de acompañamiento adulto constante.
A decir de Matamoros, el cambio a lo largo de la trayectoria escolar es uno de los indicadores más claros del impacto del modelo educativo que aplica la escuela. “Al egresar vemos niños, en su mayoría ya entrando a la adolescencia, que se comunican mejor, que articulan ideas, que se expresan con mayor seguridad y que son más conscientes de sus emociones“, afirma.
La transformación no se limita al ámbito académico: abarca habilidades sociales, autoconocimiento y capacidad de relación, con efectos que se extienden al entorno familiar.

Rol del acompañamiento familiar
El proceso de cambio involucra de manera directa a madres y padres. El trabajador social subraya que el esfuerzo cotidiano de las familias es un factor decisivo en los resultados a largo plazo. “Con el paso de los años ese esfuerzo se ve redituado. Tenemos familias que, con tres hijos en estas condiciones, hoy ya tienen jóvenes en la universidad o por terminar la licenciatura“, relata visiblemente emocionado.
Este avance educativo intergeneracional confirma el sentido del acompañamiento integral: no solo apoyar al niño en el presente, sino ampliar el horizonte de toda la familia. “Son madres y padres que todos los días hacen un trayecto y un trabajo continuo por sus hijos, y eso es algo que siempre vale la pena reconocer“, concluye.
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Padres en acción: la intervención que transforma la crianza
Si el perfil social explica de dónde vienen los niños y el acompañamiento escolar muestra cómo crecen, el trabajo psicológico revela desde dónde ocurre la transformación más profunda: en la relación cotidiana entre padres e hijos.
Para la psicóloga Sara Yáñez, responsable del programa de padres de la institución, el desarrollo infantil no puede abordarse aislando al niño de su contexto familiar. “El desarrollo de los niños es un reto y un trabajo en conjunto. Si no se trabaja con el núcleo familiar, difícilmente vemos cambios sostenidos en la crianza“, afirma.
En este sentido, el objetivo central de su área es brindar contención y atención a la dimensión socioemocional de las familias, un aspecto especialmente sensible en el perfil que atiende la escuela. “Observamos una desatención general en muchas historias familiares, no por falta de amor, sino por condiciones de vida muy demandantes. Por eso la intervención se enfoca en fortalecer a los padres“, explica.
Una técnica participativa para aprender a educar
El eje de esta intervención es el programa Padres en Acción, que se implementa mediante una adaptación de la metodología del Instituto de Mediación Pedagógica DIA (Desarrollo de la Inteligencia a través del Arte), un enfoque pedagógico que utiliza el arte y la creatividad para favorecer el aprendizaje significativo, la sensibilidad y el desarrollo humano integral. Su principio central es la mediación: convertir el espacio formativo en un ámbito de diálogo, reflexión y construcción colectiva del conocimiento.
A diferencia de los talleres tradicionales, aquí no hay clases magistrales ni recetas de crianza. El proceso parte de la experiencia de los propios padres. “Observan una obra, comparten lo que ven y lo que sienten, y a partir de ahí se abordan temas como apego, límites o comunicación. El mediador guía, pero el conocimiento se construye desde su vivencia”, explica la psicóloga.
Cada sesión incorpora referentes teóricos y textos breves que permiten precisar conceptos sin perder su anclaje en la vida cotidiana. El objetivo es desarrollar herramientas de crianza positiva, con énfasis en la comunicación asertiva con los hijos, considerada por el equipo como el punto medular del cambio.
“Cuando los padres logran comunicarse de manera más clara y respetuosa con sus hijos, vemos un impacto directo en la conducta, en el vínculo y también en el desempeño académico”, señala.
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Trece años de formación familiar continua
El programa Padres en Acción no es optativo, ya que forma parte del modelo educativo a lo largo de toda la trayectoria escolar, desde maternal hasta la secundaria, en un proceso progresivo de trece años que acompaña las etapas del desarrollo infantil y adolescente.
Aunque la institución no cuenta con secundaria propia, el acompañamiento educativo no se interrumpe al egresar de primaria. A Favor del Niño mantiene una alianza educativa con el Colegio Jesús Urquiaga (CJU), donde sus alumnos continúan sus estudios. Como parte del convenio, A Favor del Niño cubre una parte de la colegiatura y los padres cubren otra parte, lo que permite que los adolescentes permanezcan en un entorno formativo congruente con el proyecto educativo que los vio crecer.
Sin embargo, el vínculo formativo se mantiene más allá del aula, pues los estudiantes regresan diariamente a la casa formativa para talleres, regularización académica y preparación para el ingreso a la preparatoria.
“Esta continuidad educativa explica un dato que la comunidad educativa menciona con discreto orgullo: el 100 % de sus egresados logra ingresar a preparatorias de la Universidad Nacional Autónoma de México, o bien, obtienen becas completas en preparatorias privadas, gracias a su buen desempeño académico“, comenta la directora, Daniela Jiménez.
Este acompañamiento integral se articula en el programa vespertino Liderazgo Joven, dirigido a adolescentes de 12 a 15 años que cursan secundaria en una institución aliada. Ahí comen, estudian, refuerzan inglés, participan en círculos de lectura y desarrollan habilidades socioemocionales. La lógica educativa es la misma que en primaria: no solo avanzar en contenidos académicos, sino seguir creciendo como personas.
Esta continuidad formativa ha permitido observar cambios medibles en la dinámica familiar. La psicóloga Sara Yáñez detalla que a lo largo de nueve años de implementación han logrado reducir significativamente los niveles de violencia intrafamiliar en la comunidad escolar. “No es un cambio inmediato, pero sí sostenido”, afirma.
El enfoque educativo no busca sancionar a las familias, sino fortalecer su corresponsabilidad. La institución agota alternativas de acompañamiento antes de cualquier medida administrativa, bajo la premisa de que el desarrollo del niño depende de la implicación parental. “No trabajamos para el niño sin sus padres; trabajamos con los padres para el niño”, puntualiza.
El impacto: vínculo, conducta y aprendizaje
Desde la perspectiva psicológica, la implicación familiar explica buena parte de la evolución observada en los alumnos a lo largo de los años. “Cuando los padres se involucran en la crianza, vemos mayor potencial académico en los niños. El desarrollo emocional y el aprendizaje están profundamente ligados”, señala Daniela Moyao.
En ese sentido, Padres en Acción opera como eje articulador del modelo educativo: vincula familia y escuela, teoría y práctica, cuidado y formación. Allí se concreta una convicción central del proyecto: educar a un niño implica acompañar también a sus padres.
A Favor del Niño cuenta con mediciones internas de los últimos ciclos escolares, las cuales permiten dimensionar ese impacto educativo en tres planos: socioemocional, académico y participación familiar.
En el ámbito socioemocional, el 89% de los alumnos de primaria obtuvo puntajes superiores a 80 en evaluaciones de inteligencia emocional, indicador que el equipo educativo asocia al trabajo sostenido con las familias y a la mediación pedagógica en el aula.
En el ámbito académico, los resultados mantienen la misma tendencia positiva. En sexto de primaria, el 68% alcanza niveles buenos o excelentes en español; en matemáticas, el 45% se ubica en nivel bueno y el 40% en rangos de logro alto o satisfactorio en pruebas estandarizadas.
Para dimensionar estos resultados, la última prueba nacional PLANEA de 2018, aplicada por la SEP (Secretaría de Educación Pública) y el INEE (Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación) a estudiantes de sexto de primaria, mostró que sólo el 17.2% de los alumnos en México alcanzó niveles satisfactorio o sobresaliente en Lenguaje y Comunicación, mientras que en Matemáticas lo logró el 23%. En contraste, la mayoría de los estudiantes del país se ubicó en niveles insuficiente o básico.
Sin embargo, el indicador más revelador se observa en casa, pues 93% de los padres que participa en Padres en Acción afirma aplicar las herramientas aprendidas, con una asistencia promedio del 75.5% por sesión. Para Jiménez Moyao, estas cifras muestran que la intervención educativa trasciende el aula y modifica prácticas cotidianas de crianza.
En coherencia con este enfoque de corresponsabilidad, la permanencia escolar contempla una condición explícita: que padres o cuidadores primarios asistan al menos al 80 % de las sesiones. “No es un requisito administrativo, sino pedagógico“, subraya la directora.
“Aquí crecemos juntos”: la experiencia de una madre
“Mi hijo ha crecido aquí, pero yo también como mamá“, dice Luz Elena Guerrero mientras aguarda para entrar al taller de padres de quinto grado, donde va su hijo Ernesto que llegó a la escuela desde maternal. En casi una década ha pasado por talleres, asesorías y espacios de formación familiar que, asegura, le enseñaron a escuchar de otra manera y a comprender mejor lo que su hijo necesita. “Nos enseñan a ser más sensibles, a darles seguridad. Son cosas que aplicamos todos los días en casa“.
Madre trabajadora y con recursos limitados, Luz encontró en el horario extendido y la atención integral una posibilidad concreta para sostener su empleo sin descuidar la crianza. “Puedo dejarlo con la tranquilidad de que está cuidado, alimentado y acompañado. Para nosotras, las mamás que trabajamos, eso es fundamental“.
Recuerda una experiencia previa con su hija mayor, quien asistió a una escuela diferente, donde el acompañamiento a las familias era mínimo, casi nulo, y los horarios escolares no siempre coincidían con las jornadas laborales, una diferencia que para ella ha sido decisiva.
El compromiso familiar también se mide en distancia, pues cada día recorren cerca de hora y media para llegar. Aun así, no lo cuestiona. “Vale la pena, porque sabemos lo que significa para su futuro“.
Ahora que Ernesto se acerca al final de la primaria, la continuidad educativa ya está definida: cursará la secundaria en el Colegio Jesús Urquiaga, para que pueda continuar sus estudios con apoyo económico y el mismo acompañamiento formativo.
“Como mamá soltera, saber que puede seguir en un colegio y que tiene ese respaldo es una oportunidad enorme”, afirma. Añade que el acuerdo educativo también compromete a la familia a sostener el desempeño académico que ha marcado su trayectoria escolar. Más allá de las calificaciones, lo que Luz Elena destaca es la pertenencia. “Aquí no solo educan a los niños; acompañan a las familias. Te sientes escuchada, apoyada. Es como una casa”.
Su historia refleja lo que el equipo pedagógico describe como el centro del modelo educativo: un proceso prolongado en el que escuela y familia crecen juntas. “No es solo que mi hijo esté bien; es que aprendemos juntos a ser una mejor familia“.
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De internado religioso a proyecto educativo laico
A Favor del Niño surgió hace 85 años como un internado para varones administrado por religiosas, pero en las últimas décadas ha transitado hacia un modelo educativo laico y mixto centrado en el acompañamiento familiar.
La disminución de vocaciones religiosas llevó a que, hace unos 40 años, el patronato actual asumiera la conducción de la institución; la salida definitiva de las congregaciones se concretó entre 2013 y 2015, y hacia 2017–2018 la institución consolidó su renovación pedagógica con programas como Padres en Acción y la formación en crianza positiva.
Con una identidad plenamente laica, aunque conserva, de forma voluntaria, algunos espacios espirituales vinculados a su historia, como la Misa mensual, la institución ha redefinido su misión: de ser un internado orientado al cuidado infantil a constituirse en una comunidad educativa que acompaña a las familias durante más de una década.
Actualmente opera con una plantilla de 60 colaboradores: 33 docentes y un equipo multidisciplinario integrado por personal administrativo, de mantenimiento y de cocina, así como especialistas en desarrollo humano, como psicólogas, enfermera y nutrióloga.
La atención educativa se organiza en grupos de 25 alumnos (20 en maternal) y el preescolar ya funciona con dos grupos por nivel. La creciente demanda ha llevado a proyectar la ampliación del mismo esquema en primaria a partir del próximo ciclo escolar, con dos grupos por grado, una expansión orientada a atender a más familias sin diluir el acompañamiento cercano que distingue al modelo educativo.

¿Cómo ser una de las mejores escuelas del mundo?
Hace unos meses, A Favor del Niño fue galardonada con el World’s Best School Prize en la categoría de colaboración comunitaria, un distintivo global que evalúa el impacto social, las alianzas institucionales y el trabajo sostenido con las familias.
“La postulación surgió inicialmente para buscar apoyo económico, porque pensamos que había premio en efectivo, pero confirmó el valor del modelo educativo: no es un premio económico, sino de prestigio internacional, que reconoce el servicio integral que la institución brinda a los pequeños y sus familias“, explica la directora Daniela Jiménez.
Entre los factores destacados por el jurado se encuentran las alianzas con organizaciones que fortalecen su labor, el enfoque de atención integral y la articulación constante con las familias. El proyecto educativo no se limita al aula: incluye educación formal, alimentación, desarrollo humano y atención en salud, en una red de colaboración que sostiene el acompañamiento a niños, niñas y adolescentes.
Este reconocimiento internacional ha comenzado a atraer el interés de otras escuelas y organizaciones que buscan comprender y replicar el modelo de intervención familiar desarrollado por la institución, uno de los rasgos más distintivos del proyecto.
“Estamos encantados de compartir nuestro modelo educativo. Creemos firmemente que es una manera concreta de transformar el presente y el futuro de nuestro país: formar mejores familias, mejores alumnos y, en consecuencia, mejores mexicanos”, asegura Daniela Jiménez.
La escuela desde los ojos del alumno
“Soy de las raras a las que les gusta venir a la escuela”, dice Allison, alumna de quinto año, con una sonrisa de oreja a oreja. Explica que no encuentra una sola cosa favorita, porque “prácticamente todo aquí es fascinante”. Disfruta sus clases, la convivencia con compañeros que describe como amables y los recreos, donde juega o simplemente conversa con sus amigas.
También le entusiasman los talleres y las actividades que la llevan a distintos espacios de la escuela, incluso a la cancha, donde conviven con los niños más pequeños. Ese movimiento constante, entre aprendizaje, juego y responsabilidad, es parte de lo que más valora.
A diferencia de muchos estudiantes de su edad, Allison dice que se siente relajada al llegar cada mañana. La escuela, para ella, no es solo un lugar de estudio, sino un entorno donde se siente bienvenida y en confianza.
En uno de los pasillos, una pared convertida en pizarrón guarda el reconocimiento del World’s Best School Prizes. Alrededor, los alumnos dejaron escritas, de su puño y letra, las razones por las que sienten pertenecer a una de las mejores escuelas del mundo.
Ahí quedaron frases como: “me siento tomada en cuenta”, “es mi segunda casa”, “no hay violencia”, “nos enseñan a respetar”, “te apoyan en lo que necesites”, “nos acompañan cuando estamos tristes”.
Para el equipo educativo, ese mural resume lo que ningún indicador puede medir del todo: la experiencia cotidiana de cuidado, seguridad y vínculo que viven los niños. Porque, más allá de premios o rankings, el reconocimiento más alto al que puede aspirar una escuela es que sus alumnos se sientan vistos, protegidos y acompañados.










