No dejemos solos a nuestros ancianos

Son las familias las que deben brindar las condiciones para que los ancianos no se sientan descartados ni rechazados, sino bendecidos.
La Pontificia Academia para la vida presentó el documento "La vejez: nuestro futuro". Foto: Vatican Media.
El Papa Francisco saluda a un grupo de mujeres en Audiencia General.

Este domingo, la Iglesia Católica celebra la Segunda Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, convocada por el Papa Francisco con dos finalidades muy concretas: festejar a aquellos a los que el Señor les ha dado el don de una larga vida y hacer conciencia, principalmente en las familias, del valor y dignidad de los ancianos.

En la sociedad, el ser anciano muchas veces es ir contracorriente; es caminar sin esperanza y sin ánimos de levantar la mirada hacia el futuro; es ser víctima de la cultura del descarte o de una “enfermedad” a la que muchos tienen miedo y prefieren no experimentar; es ser carga, molestia, estorbo.

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¿Es esto lo que Dios quiere para ellos?, ¿es acaso la triste y dolorosa estación en la que algunos deben parar antes de entregar cuentas al Creador?

¡De ninguna manera!

Los ancianos deben ser para la Iglesia –como ha dicho el Santo Padre– verdes olivos en la casa de Dios, bendición para las familias y quienes les rodean, y artífices de ese cambio que tanta falta hace en el teatro del mundo. Pero jamás simples espectadores que, desde la ventana y en soledad, vean pasar sin sentido los últimos días de su vida.

El Estado tiene la ingente tarea de invertir recursos para que sus ciudadanos puedan vivir esta edad con dignidad, ofreciendo verdaderos planes de asistencia, pero también proyectos de existencia que les permitan mirar el futuro con ilusión y disfrutar del don de la vida que, en esta etapa, sigue teniendo un sentido muy particular de servicio a la humanidad.

Y si bien el gobierno tiene esta gran responsabilidad, no podemos negar que son las familias las que deben brindar el espacio adecuado para que los ancianos no se sientan descartados ni rechazados, sino que sigan dando fruto y vean en su condición, no una condena, sino una bendición.

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En las personas que los rodean, en los amigos, en los agentes de pastoral, e incluso, en quienes los asisten en su salud, recae la obligación de conformar este ambiente que propicie en los mayores -con su sabia y humilde conciencia edificada a lo largo de la vida- el ser protagonistas de una revolución de la ternura, de una revolución espiritual, de una revolución del amor.

Podemos comenzar con lo que ha pedido el Papa Francisco para esta Segunda Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores: visitar a los ancianos que están más solos, en sus casas o en las residencias donde viven, pues tener a alguien a quien esperar puede cambiar el sentido de los días de quien ya no aguarda nada bueno del futuro.

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