Los olvidados de siempre   

La industria minera debe garantizar las medidas de seguridad y dignidad necesarias para los mineros.
Sergio Martínez Valdés, hermano de uno de los mineros atrapados en Sabinas, se abraza con su esposa. Foto: Luis Cortes/Reuters
Sergio Martínez Valdés, hermano de uno de los mineros atrapados en Sabinas, se abraza con su esposa. Foto: Luis Cortes/Reuters

“Un rico banqueteaba y Lázaro recogía las migajas frente a su puerta”. La parábola que Jesús contó sigue resonando con fuerza hoy. En ella, no es el rico el que disfruta de un nombre y reconocimiento, sino el pobre, el abandonado, Lázaro, señalando con esto que es Dios mismo quien le reconoce y lo coloca en el lugar de sus hijos, merecedor de una vida de dignidad y gozo.

Hoy, otros Lázaros están muriendo también, ahora en el fondo de un pozo de carbón. Y el olvido se traduce en no levantar la voz contra una industria minera que debe garantizar las medidas de seguridad y dignidad necesarias para que puedan desarrollar sus actividades.

La tragedia de El Pinabete, en Sabinas, Coahuila, donde 10 mineros llevan más de una semana atrapados, no es la primera, también está Pasta de Conchos, cuyas familias formaron una organización que ahora está levantando la voz por los trabajadores de Sabinas.

Los familiares de los mineros de El Pinabete han declarado que los trabajadores no estaban dados de alta en una nómina, no tenían seguro social ni acceso a vivienda y lo único que recibían cada sábado era un sobre con el dinero que lograron durante una semana, el cual podía ir desde los dos mil pesos.

A la par, también han surgido dudas sobre la propia mina. El pozo se convirtió en una bomba de tiempo, alrededor todo era un gran depósito de agua que amenazaba con entrar a su área de trabajo en cualquier momento. Y de acuerdo con los familiares, los propios mineros lo alertaron.

Nos hemos acostumbrado a no exigir el nombre y la dignidad de aquellos hermanos que trabajan en las minas y en otros oficios a los que no solemos mirar.

La inundación en este pozo se nos convierte en un reclamo de Dios para que rescatemos del olvido a tantos hermanos y hermanas nuestros en igual peligro. Nos pide reconocer a los Lázaros de nuestra puerta y saberles dar nombre, espacio en el corazón y reconocimiento en nuestras decisiones y legislaciones.

Como Iglesia, estamos llamados a seguir los pasos del Señor, que no dejó anónimo y olvidado a Lázaro en su muerte y buscó darle, aun en la radical impotencia de la muerte, la dignidad y el gozo que antes se le negó. Hoy también el sufrimiento de los mineros del carbón y de muchos a quienes no volteamos a ver también nos pide una respuesta.

 

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