Editorial

Apuntar con el dedo vs. tender la mano

Nadie es tan humano como cuando se abre a la humanidad del otro.
Migrantes en la frontera de México.
Migrantes en la frontera de México.

La migración ha sido un fenómeno de todos los siglos, de todos los rumbos. Ignorarla nos aleja de la realidad; reprimirla nos hace inhumanos.

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Los acontecimientos que estamos viviendo en la cercanía de nuestras fronteras, son muestra de lo que también sucede en otras latitudes.

Sin duda el migrante siempre genera problemas y retos, pero quien deja su patria también da origen a oportunidades y riquezas que trascienden la geopolítica. Hacer una historia de las migraciones es hacer historia del hombre en cualquier punto del planeta.

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Quien deja su lugar de origen jamás lo hace por mero gusto y placer: la búsqueda de un bien mayor, el conflicto local, el problema persistente, la persecución, la inseguridad, son factores que nos llevan a cruzar fronteras, son factores que nos llevan –también- a compartir la propia experiencia.

Cualquier nación tiene historias especiales de migración que le han hecho crecer y ampliar sus horizontes; por ejemplo, la devoción a san Charbel –nuestro tema de portada- es riqueza que los libaneses trajeron a nuestra patria y que México supo proyectar a otros pueblos. 

Puede ser fácil señalar con un dedo a quienes dejan su lugar de origen, pero ¡qué difícil es abrir la mano completa para darle la bienvenida y después abrazarlo! Este camino sí es humano, este camino genera riqueza cultural, crecimiento social, crea puentes y supera abismos.

Explicando la parábola del Buen Samaritano, el domingo pasado el Papa Francisco nos decía con toda claridad: “Si no sientes compasión frente a una persona necesitada, si tu corazón no se conmueve, significa que algo anda mal. ¡Estemos atentos!” El migrante siempre necesita compasión.

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Las políticas “anti-inmigrantes” que se toman en cualquier punto del planeta no sólo van en abierta oposición al Evangelio. Si vemos más allá de lo superficial, estos caminos más bien nos encierran en nuestro propio egoísmo disfrazado de seguridad y nos amarran en el desprecio con máscara de autosuficiencia.

“Fui forastero y me recibiste”, nos dice Jesús en el Evangelio (Mt 25,35). Y esto es una invitación para sanar una globalización enferma de miedo, para seguir creciendo en la oferta y en la aceptación de lo ajeno y poder transformarlo en algo propio. 

Nadie es tan humano como cuando se abre a la humanidad del otro: he aquí una gran ventaja de la migración, sea cual sea su origen, sea cual sea su futuro.