La familia, la oración y la transmisión de la fe

Los miembros del hogar, incluidos especialmente los más pequeños, necesitan descubrir que para sus mayores la oración es importante.
Unidos en oración
Unidos en oración

Participa cada lunes a las 21:00 horas (tiempo del centro de México) en La Voz del Obispo en Facebook Live.  Este lunes 8 de marzo podrás conversar con el autor de este texto sobre la familia y la oración, el Obispo Auxiliar, Mons. Salvador González. 

“Nadie jamás ha visto a Dios; pero, si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros ha llegado a su perfección” (1Jn 4,12).

Al encontrar este texto en la carta del apóstol san Juan, pensé compartir algunas ideas sobre la vida de fe en la familia. Estamos, como ustedes lo saben, en el “Mes de la familia”, esa pequeña comunidad que comienza por el amor entre un hombre y una mujer, que por su fecundidad crece y regala nuevos hijos e hijas a la Iglesia y al mundo.


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La familia cristiana lo es precisamente por su fe en Jesucristo, su horizonte se encuentra marcado por el seguimiento del Señor. Por eso, cuando un nuevo miembro llega al hogar, los padres buscan compartir lo más preciado que poseen: la fe. De esta manera es como se pide para los hijos el Bautismo, y es también el momento en que, como adultos, padres y padrinos, se comprometen a acompañar en ese camino de fe a un niño o a una niña que han presentado a la Iglesia para ser bautizado.

Este compromiso de acompañar podemos todavía especificarlo más con la palabra educar: educar en la fe. Es en el contexto de nuestra casa donde se nos educa en todos los aspectos, y también en la fe: “…enseñar a percibir las razones y la hermosura de la fe, a rezar y a servir al prójimo”(Amoris laetitia 287).

Me parece que una de las formas explícitas de esta educación la tenemos en la oración, es ésta una expresión de comunicación con Dios, un diálogo sencillo, confiado y amoroso, que se deja ver en la persona religiosa. En este sentido, todos los miembros del hogar, incluidos especialmente los más pequeños, necesitan descubrir que para sus mayores la oración es importante, son éstos quienes guían a los más jóvenes para aprender a rezar.

Tal vez sin demasiadas catequesis o instrucciones esto lo he descubierto en la piedad popular; es realmente conmovedor ver cómo los pueblos del centro de Xochimilco veneran la imagen del Niño Jesús, de Nuestra Señora de los Dolores, o de sus santos patronos, y esto es notorio en las familias, en los niños y las niñas que rezan, cantan y danzan como gestos muy naturales con lo cuales se manifiesta aquello que se vive en la pequeña comunidad familiar y en el gran grupo que es el pueblo.

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Sin el interés de hacer una comparación de corte sociológico, tristemente tengo cercanía a alguna familia en la que he podido constar qué pasa cuando lo hijos no son guiados para entrar en relación con Dios; no quiero decir que por ese motivo tengamos chicos malos, por el contrario, les descubro con valores como la honradez, la laboriosidad, la responsabilidad; pero también veo una falta de fundamento, de sentido, de una meta superior en su camino por la vida; experimentan la necesidad de lo trascendente, pero no encuentran cómo satisfacerla

Es cierto que las expresiones de piedad no lo son todo, es indispensable pasar de la pedagogía sencilla del primer contacto con Dios a través de la súplica a un encuentro que transforme la vida. Y para eso es necesario hacer resonar en todo momento, al interior de las Iglesias domésticas, el primer anuncio: Que Dios es Nuestro Padre y nos ama, que nos ha rescatado del pecado y de la muerte por medio de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, quienes nos han dado al Espíritu Santo para animar y guiar nuestra vida. De esta manera se cumplirá eso que dice el apóstol: “Dios permanece en nosotros…”, aunque muchos puedan decir que “no han visto a Dios”, seguramente lo verán porque los miembros de una familia se aman de verdad, se cuidan, se ayudan, se promueven, se respetan, se sirven, se acompañan.

La bendición de una familia que reza unida es que permanece unida, lo hemos escuchado como un bello “eslogan”, pero es verdad, y además esas familias se convierten en fermento evangelizador, en auténticas comunidades misioneras que llegan a otras familias. Busquemos fortalecer en este tiempo fuerte de la Cuaresma nuestra oración personal y en familia, seguramente nos sorprenderemos de los frutos abundantes que Dios nos regalará.

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