Opinión

De esta pandemia sólo saldremos en unidad y en comunión

El pasado 12 de abril, Domingo de Resurrección, todo nuestro continente ha renovado su consagración a Santa María de Guadalupe y con ella recordamos nuestra vocación de Pueblo reunido por el Señor para vencer los odios, las divisiones, los miedos y las incertidumbres. La intervención de Dios por medio del Acontecimiento Guadalupano es para todos nosotros un signo del gran amor de Dios que se actualiza especialmente en este tiempo de la Pascua.

Todos los miembros de la Arquidiócesis de México nos encontramos viviendo un momento desafiante, la pandemia por el COVID-19 nos ha “desinstalado” de nuestra forma ordinaria de realizar nuestro trabajo pastoral. Ello nos ha permitido constatar una serie de iniciativas de gran creatividad en muchos de nuestros sacerdotes, los materiales preparados y el uso de las redes sociales han estado al día para compartir la fe con los fieles católicos y hacer partícipes de buenas ideas a nuestro presbiterio.

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Los agentes laicos se han sumado al caudal de trabajos orquestados por los sacerdotes, convirtiéndose en los mejores “cómplices” de estas extraordinarias tareas, facilitando equipos, poniendo a disposición sus recursos, secundando los trabajos más intensos de la Semana mayor y trabajando “codo a codo” con sus pastores.

La feligresía ha encontrado un sinnúmero de posibilidades a través de los medios de comunicación para estar unida a las celebraciones, oraciones y reflexiones que se han ofrecido. No ha faltado el alimento de la Palabra de Dios y la esperanza por los momentos de encuentro virtual con hombres y mujeres de fe.

La atención y preocupación del Señor Cardenal, Carlos Aguiar Retes, y de quienes somos sus más cercanos colaboradores, en el tema de comunicación, orientación y organización de acciones para este tiempo de emergencia ha sido constante. Todo surge del diálogo, la reflexión y la oración; cada uno desde su propio ámbito presenta situaciones y posibilidades de tal manera que se tomen las mejores decisiones.

El mensaje que el Papa Francisco ha enviado al mundo sobre la gran enseñanza de esta pandemia, tiene que ver con la conciencia de que no podemos solos, que estamos en una “misma barca” y sólo juntos podemos salir adelante.

Antes de este momento “pedagógico” dos de los grandes retos que hemos vivido en nuestra Arquidiócesis, delante de la renovación y los cambios que de forma muy intensa ha experimentado, son la unidad y la comunión.

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El camino recorrido en esta crisis y lo que todavía tendremos que afrontar sigue siendo un llamado a todos los que formamos parte de esta Iglesia particular: Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, agentes laicos, y fieles en general; a trabajar como un solo cuerpo, valorando la importancia de la diferencia, superando cualquier tipo de egoísmo, y poniendo a disposición la propia riqueza que sumada a la riqueza y valor de cada uno, no puede sino dar como resultado la edificación del Cuerpo de Cristo, que vive en medio de nosotros y “necesita” de nuestra mediación para poder hacer patente su fidelidad a los hombres y mujeres de nuestra ciudad, así como al proyecto de amor de Nuestro Padre Dios; confiamos en que su gracia nos acompaña siempre y sabemos que con Él podremos lograrlo.

Me gustaría por medio de estas palabras, motivar a todos los que formamos parte de la Arquidiócesis de México, a trabajar por la unidad y la comunión, teniendo delante nuestra situación actual, recordando las sabias palabras del Papa Francisco “ninguno se puede salvar solo”, “estamos en la misma barca”, y “todos somos importantes y valiosos”; si delante de momentos críticos y arduos estamos conscientes y tenemos que “caminar juntos”, ¿por qué no valorar esta extraordinaria experiencia para renovar esta forma de proceder una vez que volvamos a nuestros ritmos ordinarios? ¿Sería muy difícil poner atención a los aspectos que no hemos sabido llevar adelante como un mismo equipo al servicio del Señor y de su Iglesia?

Desde este espacio manifiesto un especial agradecimiento a todos y cada uno de los miembros de nuestra Arquidiócesis, por su trabajo y su dedicación, soy consciente de que cada uno en medio de los afanes diarios busca servir y realizar su propia tarea de la mejor manera. Vamos adelante, como verdadero equipo al servicio del Cuerpo Místico de Cristo, y para dar a la porción de esta gran ciudad que nos corresponde, un testimonio del Señor Resucitado que les haga exclamar: “¡Miren cómo se aman!” (Tertuliano, Apologético, 39, 1).

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