Opinión

Comunicación constructiva y comunicación destructiva

Nota del editor: Cada semana podrás encontrar un nuevo artículo de los obispos auxiliares de la Arquidiócesis de México. Este 23 de marzo estrenamos esta nueva sección con la voz de Mons. Pérez Raygoza. 

Expresarse y comunicarse son necesidades intrínsecas a la naturaleza del ser humano. Ninguna persona humana está llamada al aislamiento y a la incomunicación, sino al encuentro y a la alteridad.

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Ahora bien, existe un modo constructivo de comunicar, pero también modos destructivos. La comunicación constructiva expresa hechos, realidades y juicios sobre la realidad, de forma objetiva y respetuosa, cuidando el fondo y la forma de aquello que se expresa y, en el caso de los cristianos, respetando sin cortapisas los criterios de la verdad y de la caridad.

De hecho, la calidad humana, la estatura moral y la espiritualidad de una persona tienen un buen indicador en la forma de comunicar sus pensamientos, su percepción sobre la realidad y, ante todo, su opinión sobre las demás personas.

Por lo tanto, no hemos de confundir la libertad de expresión, derecho que todos tenemos, con la crítica ácida (mucho menos cuando ésta se funda en el rumor, la mentira o la suspicacia), la manipulación de los hechos o el cometido explícito y directo de vulnerar la integridad moral de una persona, de un grupo o de una institución.  Ni qué decir cuando aquello que comunicamos y el modo en que lo comunicamos tiene como finalidad lastimar la comunión eclesial.

Lógicamente no se trata de ignorar la realidad, de atizar el espíritu crítico o de traicionar la dimensión profética de nuestro ser cristianos, lo cual nos sitúa ante el deber de la denuncia respetuosa, pero contundente, de todo aquello que se opone al Evangelio.

Sin embargo, ¡recordémoslo con insistencia!, son contrarias al Evangelio la mentira, la maledicencia, la intriga y la ofensa.

Al respecto, Jesús simplemente nos dice: “La verdad los hará libres” (Jn 8,32); “Digan sí cuando es sí y no cuando es no, lo demás viene del maligno” (Mt 5,37)”; “La boca habla de lo que está lleno el corazón (Mt 12,34).

Por otra parte, la era digital en que vivimos nos ofrece la oportunidad de mantenernos informados, pero también de expresarnos y hacer que nuestros pensamientos lleguen a una cantidad ilimitada de personas. Esto nos impone el deber del uso responsable de los medios digitales de comunicación, en particular de las redes sociales.

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Probablemente cuando imaginamos a Jesús predicando y ejerciendo su ministerio profético, pensamos en un Jesús cuya palabra poseía una gran irradiación y fuerza de atracción. Pensamos en una palabra dicha con poder, con unción y con autoridad, que cautivaba a las gentes y transformaba los corazones. No sería extraño que imaginásemos la palabra de Jesús sólo como una palabra suave, agradable al oído, capaz de mover los sentimientos y de resultar atractiva para todos sus interlocutores, indistintamente; una palabra capaz de adaptarse a todos los gustos y de dejar a todo mundo en una cómoda situación.

Ciertamente, cada palabra de Jesús fue pronunciada siempre por amor y con amor; fue siempre una palabra llena de vigor profético y poder salvífico, una palabra de vida para generar la vida y liberar al hombre. ¡No obstante, esa palabra no siempre fue agradable para todos los oídos, no siempre fue suave y placentera, no fue una palabra aceptada y asimilada por todos! Muchas veces fueron palabras duras pero no irrespetuosas.

La vida y el mensaje de Jesús fueron aceptados sólo por un sector del pueblo judío. La prueba está en la condena, la crucifixión y la muerte del Señor: quienes lo asesinaron pretendieron deshacerse de “Uno” que pronunciaba palabras verdaderas pero incómodas, que resultaban amenazantes para los corazones endurecidos.

No obstante, aún las palabras más duras y desconcertantes de Jesús, sobre todo aquellas dirigidas hacia los fariseos, nunca tuvieron un afán destructivo, sino que pretendieron llegar a las entrañas de sus interlocutores para detonar procesos de conversión hacia Dios y hacia los valores del reino.

En la así llamada “era de las comunicaciones” cuidemos la forma de expresarnos y comunicarnos, manifestemos con objetividad y claridad nuestras opiniones, acuerdos y desacuerdos, pero siempre de manera respetuosa y en estricto apego a la verdad y a la caridad. El uso irresponsable de la palabra nunca será constructivo y será siempre contrario al espíritu eclesial.

*Monseñor Luis Manuel Pérez Raygoza es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. Lee aquí su perfil

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