4. ¿Por qué le llamamos “Domingo de la Divina Misericordia”?

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COLUMNA

La voz del Obispo

4. ¿Por qué le llamamos “Domingo de la Divina Misericordia”?

En el segundo domingo de Pascua, la Iglesia celebra la Divina Misericordia. A través del encuentro de Jesús con Tomás, el Evangelio nos muestra que la duda no aleja a Dios, sino que puede convertirse en camino hacia una fe más profunda, sostenida por su amor paciente.

14 abril, 2026

Al segundo Domingo de Pascua le llamamos también “domingo de la divina misericordia” porque el pasaje evangélico que se proclama en ese domingo (Jn 20,19-31) nos relata cómo en la primera y la segunda aparición de Jesús resucitado a los apóstoles en el cenáculo, él se aparece  lleno de amor a quienes lo habían abandonado en el momento de la pasión, los saluda transmitiéndoles “la paz” y les muestra las manos y el costado con las huellas de la pasión, queriendo evidenciar así que verdaderamente es él, Cristo, el mismo que padeció los tormentos de la pasión, que murió y que fue sepultado, pero que ahora vive para siempre.

La misericordia de Jesús es patente: no hay reproche alguno de su parte hacia los discípulos; su presencia, sus llagas y el saludo de paz manifiestan su amor para con los suyos que lo dejaron solo.

De acuerdo al citado pasaje del evangelio, ante la presencia del Señor, los apóstoles se alegran, pero falta uno: Tomás.

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Cuando los demás discípulos le refieren a Tomás lo sucedido, él no cree. Su respuesta, tajante y recia, puede impresionarnos: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré(Jn 20,25). Esta respuesta del apóstol Tomás, insisto, puede parecernos escandalosa y, sin embargo, es una respuesta comprensible, pues no era fácil creer en la resurrección.

Es verdad que Tomás y los demás apóstoles, habían compartido tres años de su vida con Jesús y lo habían visto hacer numerosos milagros, curar enfermos, expulsar demonios, devolverle la vida a Lázaro. Sin embargo, su comprensión acerca de la identidad de Jesús y su fe en él, eran todavía muy débiles. Prueba de ello es que todos los apóstoles, excepto san Juan, abandonaron a Jesús ante la tragedia de la pasión y de la cruz.

 Jesús, que conoce a fondo el entendimiento y el corazón humanos, sabe y comprende perfectamente que no era fácil para los discípulos, como tampoco lo es para nosotros, y para ningún ser humano, comprender y creer algo tan grande como la resurrección, pues se trata de un misterio que sobrepasa la lógica y el razonamiento humanos.

A Jesús no le escandalizan ni le espantan las dudas de Tomás, como tampoco le escandalizan ni le asustan nuestras dudas, nuestras luchas y dificultades para creer, nuestras fatigas para fiarnos de lo que él nos dice y enseña. La prueba está en su actitud de condescendencia ante Tomás: Jesús regresa a los ocho días al cenáculo, sabiendo que allí está Tomás y entonces le ofrece las evidencias que este último exigía para creer:Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado, y no sigas dudando, sino cree” (Jn 20,27).

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De esta forma Jesús muestra su comprensión, paciencia y misericordia, no solo hacia Tomás, sino también hacia todos los seres humanos, representados en Tomás, y sobre todo, hacia quienes tienen más dificultad para creer por distintas causas que solo Dios puede ponderar y juzgar, por ejemplo: personalidad, mentalidad, cultura, crisis personales, acontecimientos dolorosos que no han sabido procesarse y que hacen difícil creer en Dios y en su amor, el anti testimonio de algunos católicos, etc. Pero Jesús está más allá de esas crisis y dudas di y siempre se nos manifiesta, de muy diversas formas y en los tiempos que él determina para cada uno.

 Sin duda, muchos querríamos que Jesús nos diera pruebas fehacientes de su presencia en nuestras vidas, tal como lo hizo con Tomás. Y sin embargo, hacia quienes creemos sin haberlo visto en el cenáculo, va dirigido el elogio que Jesús hace en el evangelio: “Dichosos los que creen sin haber visto” (Jn 20,29).

El Señor Resucitado se inclina también sobre nuestras propias debilidades, errores, batallas y crisis de diverso tipo, aún sobre nuestras eventuales crisis y oscuridades en el camino de la fe. Y siempre tiene compasión, siempre se las ingenia con una creatividad sorprendente, para hacernos sentir su cercanía y darnos muestras de su amor y de su presencia entre nosotros, aún cuando no sea meter nuestro dedo en las marcas que le dejaron los clavos o nuestra mano en la herida de su costado.

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Que la celebración de la Pascua y el pasaje evangélico de san Juan 20,19-31 afiancen en nosotros la experiencia de la misericordia y de la paciencia de Dios, que siempre nos regala nuevas oportunidades para profundizar en la relación con él y de madurar en nuestra fe.

Nota: Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad única del autor y no representan necesariamente el punto de vista de Desde la fe.