La impotencia del poder: ¿por qué Trump no soporta al Papa León XIV?

Leer más
COLUMNA

Columna invitada

La impotencia del poder: ¿por qué Trump no soporta al Papa León XIV?

El día que un Papa desarmó a Trump con una frase: poder, fe y la humildad que incomoda al mundo.

14 abril, 2026
La impotencia del poder: ¿por qué Trump no soporta al Papa León XIV?
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el Papa León XIV.
POR:
Autor

Periodista y director del periódico católico El Observador de la actualidad. 

Nota: Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad única del autor y no representan necesariamente el punto de vista de Desde la fe.

Leí una vez la siguiente reflexión de Joubert: “Siempre es nuestra impotencia lo que nos irrita”. Después de lamentar profundamente las declaraciones del presidente Donald Trump contra el papa León XIV, me acordé de ella. El mandatario número 45-47 de Estados Unidos está irritado. Le molesta que él no sea el Papa; que sea otro estadounidense.

No voy a repetir lo que dijo Trump en sus redes sociales (las que se inventó para poder decir lo que le viniera en gana). Voy a centrarme en la mejor respuesta que pudo haber recibido una persona con ese nivel de insensibilidad y que maneja la poderosa nación del norte como si fuera su empresa privada. León XIV miró con fijeza a quien le hizo la pregunta en el avión papal camino de Argelia: “No le tengo miedo.” Paz desarmante y desarmada.

Te recomendamos: “No le tengo miedo. Seguiré hablando el mensaje del Evangelio”: el Papa responde a críticas de Trump

Hay demasiados indicios que estos exabruptos trumpianos tienen un destinatario: los archivos de Epstein. Cortinas de humo, como suele representarse en el lenguaje político. Cada día más evidentes, cada día más descoloridas y ajadas. Está fuera de su agenda soportar respuestas tan certeras como la del Papa: “No soy político, ni nada que se le parezca; mi misión es anunciar el Evangelio”.

Muy poca gente en el mundo –incluyendo a los fervientes republicanos—pueden entender que un presidente se asuma como Jesucristo y que, tocando a un enfermo (en una imagen suya generada por IA), diga “Yo hago mejorar a las personas”. Que una persona elegida por el voto sea capaz de imponer a sus anchas obsesiones y descalificaciones. Que un día de mala digestión anuncie que por la tarde-noche va a hacer desparecer una civilización milenaria.

Ya hemos tenido la amarga fortuna de contar con un personaje político que se pasó seis años insultando a sus oponentes. La ventaja de entonces es que era gallo de un solo gallinero: nuestro, México. Trump tiene como escenario al mundo entero. Y un aplaudidor constante: el católico J. D. Vance. Ambos creen que “los negocios son los negocios”. Y que no hay nada por encima de ellos.

A propósito de esta sentencia, en su Exégesis de los lugares comunes , el temible Léon Bloy señala: “De todos los lugares comunes, habitualmente tan respetables y serios, pienso que este es el más grave, el más augusto. Es el ombligo de los lugares comunes, es la frase que resume el siglo. Pero hay que comprenderla, y esto no ha sido dado indistintamente a todos los hombres. Los poetas, por ejemplo, o los artistas la comprenden mal. Aquellos a quienes llamamos anacrónicamente héroes o incluso santos, no la comprenden en absoluto.” El Papa León tampoco la comprende.

Esa es, digamos, la desesperación de los “grandes del mundo”: que no les entra en la mollera cómo el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo, líder de una Iglesia que pastorea a 1,400 millones de seres humanos, en lugar de marchar a Washington para figurar, se lanza a un viaje de diez días a países africanos, países que el propio Donald Trump, con esa retórica tan fina que le caracteriza, definió como “shithole countries” (en buen castellano, “países-agujeros-de-mierda”).

León XIV: “Voy a seguir clamando por la paz y anunciando el Evangelio.” ¿Qué otra cosa podría hacer el siervo de los siervos de Dios? Ese hombre es poderoso porque es humilde. Francisco dejó como herencia un par de zapatones viejos. Javier Cercas, que lo siguió a Mongolia, cayó en la cuenta de la locura de los misioneros. No comprenden que “los negocios son los negocios”.

Tienen algo más que no suele ser parte del menú de Mar-a-Lago: amor al prójimo.


Autor

Periodista y director del periódico católico El Observador de la actualidad.