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Misión parroquial San Pedro y San Pablo

Sentir como si anduviéramos en los comienzos de la Iglesia, como Jesús, los Apóstoles y las mujeres que lo acompañaban, andando por las calles, literalmente bajo el quemante sol, visitando las casas con sus enfermos y sus lacerantes dramas, en medio de su cruda realidad. 

Experimentar la frescura de la gracia al conocer dentro de esta humilde comunidad a muchos recién tocados por Dios, apenas convertidos y llamados ya a su Iglesia. A familias que compartían generosamente de su pobreza, y que le hacían sentir a uno, el más dichoso, el más afortunado. Pues nos daban de comer, no solo a dos o tres, en una ocasión fuimos 11 misioneros, y nos dijeron, pasen todos, y Dios hizo rendir una vez más las tortillas y los pescados. 

Contemplar una Fe viva, responsable, masiva y fraternal, además de un amor entrañable y comprometido con Dios. Militantes sencillos pero firmes y dispuestos a servir. Niños y jóvenes saliendo de las pequeñas casas rumbo a la Iglesia móvil, para aprender de Dios y alabarlo, como en los mejores tiempos. Un par de monjitas que nos hicieron rejuvenecer, refrescar y fortalecer nuestra Fe. 

Poder tocar y oler, literalmente, la piel y la vida herida de las personas. Y en medio de esta precariedad, soledad y enfermedad, palpar la cercanía íntima y comprometida del Señor. Él estaba ahí realmente con ellos. Se sabía con certeza, pues se respiraba una bella fragancia espiritual. No tenían templo y andaban errantes de plaza en plaza, porque en ningún lugar los dejaban establecerse para celebrar su Misa, pero una cachetada pascual me dio el Señor: pues, al pedirle a Él, como dueño del Universo, un templo material para este pueblo, Dios mismo, a través de su pastor el padre Óscar Lomelín, me dijo, hay comunidades con templos muy hermosos pero vacíos.



Aquí hay una Iglesia incipiente, amante y fervorosa. Entusiasta. Aunque no haya un templo parroquial, la Iglesia son ellos, y podrán celebrar la Misa en cada plaza – aunque los corran cada vez -, pero antes, se cansarán de correrlos, que de haber parques y calles donde la celebren. Incluso en el mercado rodante, ya se lleva a cabo la Eucaristía, bajo el sol, la lluvia o las estrellas. El templo podrá esperar, Dios indicará el tiempo y el lugar.

Y se apoyará sin duda, de los caballeros del rosario, hombres que con su nobleza y gallardía, ayudan, rezan y luchan por la causa del Señor. Y no se diga, del grupo de matrimonios, que aunque incipientes, ya realizan por sí solos, retiros para atraer más familias a Dios.

Envidiable Iglesia en salida, sin templo, ni casa, ni oficinas propias. Pero sintiéndose, eso sí, ya comunidad y familia, confiada absolutamente en el Señor, que está con ellos, prodigándoles gracias, a manos llenas. 
Extraordinaria y tonificante misión vivida, que me permitió experimentar la plenitud del sacerdocio, y sentir cuánto vale la pena servir al pueblo amado del Señor. Gracias padre Óscar, por compartirme un poquito de tu paraíso. 





Autor

Es Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Monterrey. 

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