Narcoterrorismo, sus agentes y sus efectos
Hacer el bien no siempre es fácil a veces implica enfrentar amenazas, sufrir agresiones y ser señalado, pero el costo de elegir el mal es infinitamente mayor quien se colude con el mal termina siendo devorado por él.
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En un mundo cada vez más volátil, hoy deseo que la humanidad opte por el bien y se niegue rotundamente a coludirse con el mal, hoy es una necesidad existencial, ética y social, porque apoyar el mal, aunque sea con silencio o con indiferencia no solo corrompe al individuo, corrompe la sociedad entera. Y en México, donde el narcoterrorismo ha dejado cicatrices profundas en miles de familias, esa colusión se ha vuelto una herida abierta que sigue lacerando.
¿Por qué habríamos de apoyar el mal? La pregunta parece obvia, pero la realidad muestra que muchos lo hacen, algunos por miedo, por conveniencia, por ideología o por simple apatía.
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Vivimos en una sociedad convulsionada, el crimen organizado no es un “problema de seguridad”, es un cáncer y durante décadas, México ha padecido sus efectos: miles de desaparecidos, fosas clandestinas, jóvenes reclutados, mujeres asesinadas, empresarios extorsionados, agricultores desplazados y ciudades enteras convertidas en plazas de guerra. El narcoterrorismo no solo mata con balas; mata la esperanza, destruye el tejido social y pervierte los valores.
El mal se protege, hay gobiernos, funcionarios, líderes sociales y hasta intelectuales que, por acción u omisión, han terminado sirviendo de escudo al narcoterrorismo. Cuando se minimiza la violencia, cuando se negocia con capos, cuando se libera a criminales peligrosos bajo eufemismos de “paz”, cuando se ataca a las fuerzas del orden que combaten al crimen en lugar de atacar al crimen mismo, se está coludiendo con el mal.
Frente a esto, la única respuesta digna es el rechazo claro y sin ambigüedades; no coludirse con el mal significa varias cosas concretas, primero, rechazar la violencia y la ilegalidad en todas sus formas; hay que decirlo honestamente no hay “narco bueno”, aunque a veces nos hayan hecho creer esto; debemos combatir la corrupción y la impunidad.
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Segundo, exigir cuentas a las autoridades; la impunidad es la manera en que la injusticia se hace presente, porque sin justicia efectiva, el bien se vuelve imposible.
Tercero, educar en valores desde la familia y la escuela, una sociedad que ya no distingue entre el bien y el mal está condenada a padecer las consecuencias.
Cuarto, apoyar a quienes defienden el bien, como por ejemplo, autoridades honestas, policías comprometidos, jueces íntegros, periodistas valientes, sacerdotes y pastores que escuchan, denuncian y dan acompañamiento, madres buscadoras, empresarios que pagan impuestos y no extorsiones, porque ellos son los que sostienen la esperanza.
Quinto, y más importante, la conversión personal, muchos que hoy están del lado equivocado pueden regresar al buen camino, el mal no es un destino irreversible, porque la historia está llena de redenciones, personas que dejaron el crimen, que confesaron, que repararon el daño. La misericordia existe, pero exige arrepentimiento verdadero, no justificaciones.
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Hacer el bien no siempre es fácil a veces implica enfrentar amenazas, sufrir agresiones y ser señalado, pero el costo de elegir el mal es infinitamente mayor quien se colude con el mal termina siendo devorado por él.
Hoy los invito a que cada uno examine su conciencia. Que cada uno pregunte: ¿en qué estoy colaborando? ¿Quiénes apoyan y quienes combaten a la delincuencia? el futuro de México depende de esas decisiones pequeñas pero decisivas, el bien nos llama, solo falta que nos comprometamos.
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