Opinión

“Si quieres, puedes limpiarme”, la súplica del leproso a Jesús

Jesús cura a un leproso (Del santo Evangelio según san Marcos: 1, 40-45)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme.” Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio.” La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.” Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Comentario al Evangelio

El leproso, en la cultura judía, era visto como una persona impura; de modo que, su “peligrosidad” de acuerdo con esta concepción, no radicaba solo en la transmisión de la enfermedad sino, sobre todo, en el hecho de transmitir el pecado o la impureza. Por este motivo, generalmente se les ubicaba en las periferias de los poblados; y las normas dadas a este grupo de personas impedían el contacto con otras personas, siendo así, segregados y excluidos de todo ámbito comunitario.

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Frente a este contexto, llama la atención que ante la súplica del leproso “Si quieres, puedes limpiarme”, Jesús extienda la mano para tocarlo. A este propósito, escribe el biblista Gianfranco Ravasi: “Cristo ‘extiende la mano’ gesto típico de la divinidad que se inclina sobre el sufrimiento humano: incluso una antigua transcripción griega define a Dios  como ‘aquel cuya mano cura el dolor'”.

Jesús, entonces, movido por una profunda compasión hace lo impensable ante la lógica humana, como ante la misma Ley que prohibía el contacto. Él tiende la mano y lo toca, diciendo: “Si quiero, queda purificado”. Jesús se deja herir por el sufrimiento del leproso, se compromete con su vida para darle vida. Ahora bien, es bastante interesante que, Jesús no diga “te purifico”, sino “queda purificado”, una expresión hecha en pasivo mediante la cual descubre el rostro del Padre, “quien no ha creado la muerte, ni se alegra con la destrucción de los vivientes” (Sab 1,13).

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Quisiera concluir con esta moción: notemos que el leproso no pide la curación de su lepra. La traducción en griego de su súplica expresa: “si quieres puedes purificarme”. Pienso que, esta expresión nos permite comprender que, la peor enfermedad del hombre no es aquella física, sino la que proviene de un corazón contaminado por el egoísmo. Por eso, sería conveniente que identifiquemos la “lepra” anidada en nuestro interior, podríamos decir, la lepra de nuestros pecados; y, entonces, con toda humildad le supliquemos al Señor de la Vida: “si quieres, puedes curarme”.

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