En camino

El desencanto con la vida, el mal de la actualidad

Los hombres, decía el cardenal Newman, son muy propensos a “esperar tranquilamente”  a que les llegue a su casa una prueba de la realidad de la revelación. “Han decidido probar al Todopoderoso de forma desapasionada y judicial, con toda imparcialidad y con la cabeza serena”.

Es, desde luego, una forma de esperar sin esperanza. Cerrados a la verdad –quizá de manera inconsciente—vamos dejando pasar la vida sin asomarse, siquiera, al fondo del corazón. Ese corazón que anhela la Verdad como el ciego que anhela ver la luz. Con la enorme diferencia que al ciego le está impedida la luz mientras que a nosotros nos ha sido dada a manera de esperanza.

El pensador francés Gabriel Marcel llamaba a esto una “falta de atención”. Él pensaba que la forma de vida actual no solamente fomenta sino casi obliga a la falta de atención que hace improbable (quizá imposible) la fe.


Cerrados a la totalidad de la realidad, disponemos de tiempo para consumir lo superfluo y dejar “para mañana” lo esencial. Y lo esencial es, volviendo a Newman, acercarse a la Verdad (a Jesucristo vivo) con respeto y veneración, vigilantes y enfocados en exprimir, hasta la última gota, el don de la vida.

¡Cuan alejados estamos de estos pensadores que nos devuelven la emoción de la fe! Miro a los jóvenes (y a los ya no tan jóvenes, de camino a la vejez) y veo en ellos, en mí, un pavoroso desencanto. Y me acuerdo del último verso del Idilio salvaje de Othón: “¡y qué horrible disgusto de mí mismo!”

 

Jaime Septién es periodista y director del periódico católico ‘El Observador de la actualidad’.

 

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