Opinión

El abandono de Dios

“Mañana te enviaré a un hombre de la región de Benjamín, para que lo unjas como jefe de mi pueblo, Israel, y lo libere de la dominación filistea; porque he visto la aflicción de mi pueblo, sus gritos han llegado hasta mí” (1 Samuel 9, 16). Esto es lo que había dicho el Señor al profeta Samuel. Saúl había partido de casa buscando unas burras, y lo que se encontró al término del viaje fue nada menos que un reino. ¡Qué noble era Saúl, y qué gallardo! La Escritura lo describe así: “Un joven de buena presencia; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos” (1 Samuel 9, 2). Pero, más que otra cosa, fue su corazón sencillo lo que más gustaba a Dios. ¿Cuándo había pretendido Saúl ser rey? ¡Él ni lo pensaba ni lo deseaba! Es más, cuando el profeta lo presentó al pueblo, Saúl ni siquiera estaba allí, pues había ido a esconderse en un henar. Entonces lo trajeron a rastras para colocarlo en medio de la multitud. “¡Miren a quién ha elegido el Señor!”, exclamó el profeta a voz en grito. “¡No hay nadie como él en todo el pueblo!” (1 Samuel 10, 22-24).

Un joven valeroso y al mismo  tiempo tímido: éste era Saúl. Ah, pero a nadie le pones una corona en la cabeza impunemente. Con el pasar de los meses Saúl empezó a cambiar. De pronto, ya no era el hombre humilde de otro tiempo; ahora sabía quién era él: nada menos que el rey. Ahí empezaron sus descalabros, y a partir de ese momento no hizo más que cometer un error tras otro. En una ocasión, por ejemplo, en vez de esperar al profeta, que era quien debía ofrecer el sacrificio de propiciación, lo ofreció él mismo, como si por ser el rey tuviese derecho a todo. “Saúl seguía en Guilgal, mientras la gente, atemorizada, se marchaba. Aguardó siete días, hasta el plazo señalado por Samuel; pero Samuel no llegó a Guilgal, y la gente se le dispersaba. Entonces Saúl ordenó: ‘Tráiganme las víctimas del holocausto’. Apenas había terminado cuando se presentó Samuel. Saúl salió a su encuentro y lo saludó. Pero Samuel le dijo: ‘¿Qué has hecho?’. Contestó: ‘Vi que la gente se me dispersaba y tú no venías en el plazo señalado; entonces me dije: ‘Ahora bajarán los filisteos contra mí a Guilgal, sin que yo haya aplacado al Señor, y me atreví a ofrecer el holocausto’ ” (1 Samuel 13, 1-12).

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¿No llega el sacerdote? Bueno, pues entonces yo mero digo la Misa. Y esto desagradó mucho al Señor. Más tarde, cuando David venció a Goliat, Saúl sintió celos y no hallaba la manera de matarlo. Y más creció su odio contra él cuando las mujeres del pueblo empezaron a cantar una canción cuyo estribillo decía así: “Saúl mató a mil, pero David mató a diez mil” (1 Samuel 18, 7).

“A Saúl –precisa el libro santo- le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido. ‘¡Diez mil a David y a mí sólo mil! ¡Ya sólo le falta ser rey!’. Y a partir de aquel día Saúl le tomó antipatía a David. Al día siguiente le vino a Saúl el ataque del mal espíritu, y andaba frenético por el palacio, mientras David tocaba el arpa como de costumbre. Saúl llevaba la lanza en la mano y la arrojó, intentando clavar a David en la pared, pero David la esquivó dos veces” (1 Samuel 18, 17). ¡Pobre Saúl! ¿Qué quedaba en él de aquel muchacho cuyo corazón había agradado al Señor? Ya casi nada. Y, por las noches, se retorcía de odio contra David, pensando que tarde o temprano le arrebataría el centro junto con la corona. Presa del más furioso rencor organizó batidas para acabar con David, que había huido a las montañas para escapar de su ira, y aunque varias veces pudo éste abatirlo, otras tantas le perdonó la vida. Bueno, a tal punto llegó la obcecación de Saúl que incluso, cierta vez, fue a consultar a una adivina, olvidando –o fingiendo olvidar- que Dios había prohibido todo tipo de tratos con pitonisas y hechiceras. “Cuando entres en la tierra que va a darte el Señor tu Dios, no imites las abominaciones de esos pueblos. No haya entre los tuyos quien queme a sus hijos o hijas, ni vaticinadores, ni astrólogos, ni agoreros, ni encantadores, ni espiritistas, ni adivinos, ni nigromantes. Porque el que practica eso es abominable para el Señor” (Deuteronomio 18, 9-12).

No importándole nada lo que había ordenado el Señor, Saúl, en su desesperación, fue a consultar a una adivina para consultar el espíritu del profeta Samuel, que acababa de morir. Y, oh sorpresa, éste se le apareció, diciéndole:

“-¿Por qué me has evocado, turbando mi reposo?

“Saúl respondió:

“-Estoy en una situación desesperada: los filisteos me hacen la guerra,  Dios se ha alejado de mí y ya no me responde ni por profetas ni en sueños. Por eso te he llamado, para que me digas qué debo hacer.

“Pero Samuel le dijo:

“-Si el Señor se ha alejado y se ha hecho enemigo tuyo, ¿por qué me preguntas a mí? Y, por lo demás, mañana mismo tú y tus hijos estarán conmigo” (1 Samuel 28, 15-19).

Y, en efecto, al día siguiente Saúl murió. De la manera más espantosa posible: por sus propias manos. Cuando, en la batalla, los filisteos  lo hirieron, dijo a su escudero: “‘Saca la espada y atraviésame, no vayan a llegar esos incircuncisos y abusen de mí’. Pero el escudero no quiso porque le entró pánico. Entonces Saúl tomó la espada y se dejó caer sobre ella” (1 Samuel 31, 4).

¡Pobre Saúl! ¡Qué hombre hubiese llegado a ser de no haberse permitido a sí mismo caer en la tentación de la envidia y de los celos! Dios lo había elegido entre todos los israelitas: ¿por qué, entonces, tuvo que acabar de esta manera el elegido del Señor?

Dijo una vez el dominico A. M. Carré en una de sus Conferencias de Notre-Dame: “Ésta será la terrible quemadura del paso a las puertas de la muerte: ver, sin que se oculte nada, sin que nada se disfrace, lo que uno habría podido ser, lo que hubiera debido ser, y lo que ha sido”. Y al transcribir esta frase terrible lloro por Saúl y tiemblo por mí. Y por quellos a quienes ciega el poder.

*El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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