Opinión

Cuando estábamos en la tierra

Tengo en mis manos un libro precioso. Un libro de pequeño formato, pero precioso como una joya. Y, por lo demás, ni siquiera se trata de un libro nuevo, sino viejo, ya que su autor, el dominico francés A. D. Sertillanges, murió en el lejanísimo año de 1948.

Pocas veces he sentido tanta emoción al leer un libro, pese a que el libro en cuestión trata de la muerte. De la muerte, sí, y de lo que nos espera después de la muerte.

“No se debería morir cuando se ama…”. Con estas palabras comienza el libro y con estas otras continúa:

“La familia no debería conocer la muerte. Nos unimos para la eternidad, y también para la eternidad damos vida a otros seres. Sin embargo, apenas juntos, sentimos llegar su amenaza y deslizar su sombra sobre nosotros. Apenas construida la casa y una vez poblada de cunas, hay que empezar a pensar en las tumbas…”.

¿Cómo llegan los hijos a un hogar? Casi siempre de uno en uno. Primero el mayor y, dos años después, el siguiente, y al cabo de tres o cuatro años una hija más. Y cuando nace el último, los padres ya no son jóvenes y empieza a proyectarse sobre el hogar una sombra alargada y hostil: la sombra de la muerte.

Se habla a menudo del hijo menor; se dice de él –lo dicen los psicólogos y la experiencia vivida- que ha sido mimado en extremo porque ya encontró a sus padres, por así decirlo, físicamente agotados. Yo pienso de otro modo: creo que el hijo menor ha sido mimado por sus padres mucho más que los otros, en efecto, pero no por el cansancio y la falta de energía de los padres, sino porque éstos saben que este el hijo menor los tendrá durante menos tiempo, y entonces se prodigan con él para compensar el cariño que les faltará.

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“¿Por qué no moriremos juntos? Sería el mayor deseo del amor. Pero eso sucede muy pocas veces. La Providencia tiene otras miras y solamente alcanzamos a entrever algunas… La fe es difícil entonces. Uno se cree juguete de la fatalidad y no se piensa que, aun en la muerte, el amor es un insigne favor. ¡Hay desgracias mayores que la muerte para una familia! ¡Cuántas tragedias sin que ninguno haya desaparecido! ¡Y cuántas dulzuras conservadas en la ausencia!

“La muerte no siempre es el enemigo que creemos. Soportándola, el amor sabe vencerla. Unidos en el pensamiento continuamente, los seres que se aman no pueden separarse: uno eterniza al otro y lo defiende contra la destrucción, protegiéndolo del olvido… La familia no se destruye, se traslada”.

En efecto, no hay destrucción, sino sólo traslado y cambio de domicilio: domicilio al que nos dirigimos aproximadamente al mismo ritmo con el que fuimos llegando a éste. De uno en uno se va llegando a la casa paterna en la tierra, y de uno a uno nos vamos yendo al hogar paterno en el cielo. Primero el padre, luego la madre, más tarde un hermano, hasta que nos llega el turno y somos nosotros quienes debemos partir. Pero no nos encaminamos a la nada, sino a otro hogar, al hogar.

“Vivir es a veces separarse; morir es encontrarse… En el fondo, nadie muere, puesto que no sale de Dios…”.

La vida nos separa. ¡Cuántas despedidas, cuántos adioses pueden contarse en la corta vida de un ser humano! Así tituló una escritora cubana la más famosa y premiada de sus novelas: Todos se van. La vida es eso: ver cómo todos se van, unos “hacia dentro”, como dice Wendy Guerra, la novelista de la que hablo, es decir, hacia la muerte, y otros “hacia fuera”: a otros países, a otros mundos bastante alejados del nuestro. Sí, vivir es separarse; morir es encontrarse.

Y esto que dice el padre Sertillanges es tan verdadero como todo lo anterior:

“Cuantos más seres amados han dejado el hogar, más ataduras celestes tienen los sobrevivientes. El cielo no está ya únicamente poblado de ángeles, de santos desconocidos y del Dios misterioso; llega a ser familiar, es la casa común, por así decir… Estos amados seres elegidos nos enseñan a no temer la muerte, puesto que ellos viven… Llega el momento en el que el número de los desaparecidos, comparado al de los sobrevivientes, invierte las proporciones entre la vida del corazón dirigida a lo alto y lo que pertenece atado a este mundo. Entonces nuestra alma se aleja: el pájaro está al borde de las ramas y, al sentirla curvarse, despliega las alas”…

En efecto, cuando todos nuestros seres queridos han muerto, ¿quién es el loco que desea permanecer en este mundo de extraños? Ya no hablamos el idioma que todos hablan a nuestro alrededor y, por tanto, ya también queremos irnos, reencontrarnos, escuchar las voces que no hemos vuelto a oír desde hace mucho –que hablan el único idioma que entendemos- y contemplar los rostros que un día miramos con amor y sin cansancio.

Tiene razón el padre Sertillanges: nuestros seres queridos nos enseñan a no temer la muerte. ¿Acaso no están ellos ya en el lugar al que nos dirigimos? ¿Acaso no nos esperan? El otro mundo pierde entonces su apariencia tenebrosa y se convierte así en un lugar familiar: en nuestro nuevo hogar. La familia no se destruye, se traslada.

Tal vez sea así: no morimos todos a la vez, no nos morimos juntos, sino uno por vez, para que los que murieron antes y nos amaban nos muestren el camino y nos abran paso, nos tomen de la mano y nos conduzcan amorosamente, como lo hicieron ya una vez cuando estábamos en la tierra.

*El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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