El diablo, ¿qué dice la Iglesia Católica de este tema?

El objetivo del diablo, de acuerdo con el Catecismo es "la seducción mentirosa".
San Dunstan, el santo que engañó al diablo
San Dunstan, el santo que engañó al diablo

¿Quién o qué es el diablo?, ¿qué nos enseña la Iglesia Católica sobre este tema?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica lo que los católicos debemos saber.

Su origen

De acuerdo con el Catecismo, detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios (cf. Gn 3,1-5) que, por envidia, los hace caer en la muerte (cf. Sb 2,24).




“La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (cf. Jn 8,44; Ap 12,9)”.

El catecismo indica que primero fue un ángel bueno, creado por Dios, con una naturaleza buena, pero que se hizo a sí mismo malo.(Concilio de Letrán IV, año 1215: DS, 800).

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¿Cuál es su principal objetivo?

El Catecismo de la Iglesia Católica indica que el diablo busca realizar una influencia sobre las personas, Jesús lo llama “homicida desde el principio” (Jn 8,44) y acusa que intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (cf. Mt 4,1-11).

El objetivo del diablo, de acuerdo con el Catecismo es “la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios”. 

¿Es invencible?

No lo es. De acuerdo con el canon 395 del Catecismo de la Iglesia Católica, el poder de Satán no es infinito.

“No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios”.

“Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños —de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física—en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero ‘nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman’ (Rm 8,28)”.

 

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