Letras minúsculas

Dios y el diablo

Hay en la Biblia un diálogo sumamente misterioso que hasta la fecha nadie ha sido capaz de descifrar. Los interlocutores son Dios y el diablo, y hablan de un cierto hombre llamado Job. Dios está encantado por la vida y el proceder de este individuo santo, pero el diablo, que no siente simpatía por los humanos, es de otro parecer. He aquí cómo sucedieron las cosas:

Había una vez en el país de Hus un hombre llamado Job: era justo y honrado, religioso y apartado del mal. Tenía siete hijos y tres hijas. Tenía, además, siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y una servidumbre numerosa. Era el más rico entre los hombres de Oriente. Un día fueron los ángeles y se presentaron ante el Señor; entre ellos llegó también Satanás. El Señor le preguntó:

“-¿De dónde vienes?


“-De dar vueltas por la tierra” –respondió el diablo.

Hay en la respuesta del tentador un dejo de cinismo que hasta el más distraído de los lectores capta a la primera. “De dar vueltas por la tierra”. Como si dijera: “Vengo de por ahí”. Pero el Señor no se molesta por ello y pasa a preguntarle si, ya que ha andado de vago, no conoció en sus andanzas por el mundo a un hombre llamado Job.

“El Señor le dijo:

“-¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal”.

Sí, Satanás conoce a Job. ¡Cómo no va a conocerlo! Pero no estaba de acuerdo en que se tratara de un dechado de virtudes. Y, por lo demás, ¿quién no iba a ser bueno y piadoso cuando la vida lo había tratado tan bien? Tal vez esbozando una sonrisa –una sonrisa seca, gélida, glacial-, Satanás respondió así a las palabras del Señor:

“-¿Y crees tú que su fe es desinteresada? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se multiplican por el país. Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto que te maldecirá a la cara”.

Primer misterio: ¿por qué el demonio habla a Dios con tanta familiaridad? ¡Le habla de tú! ¡Habrase visto semejante desfachatez! Pero lo que me importa señalar, al menos por ahora, es la idea que Satanás tiene del hombre, su teoría antropológica, por decirlo así: para él, el ser humano es un ser convenenciero, una criatura a la que nada le interesa más que vivir pasándoselo bien. ¡Claro que Job es religioso! Pero no porque ame a Dios, sino porque le conviene guardar las formas, es decir, estar bien con el jefe. ¡Ah, el hombre, ese imbécil!

Un famoso periodista norteamericano de principios de siglo, H. L. Mencken (1880-1956), lo definió así en uno de sus artículos: “El hombre es una enfermedad local del cosmos, una especie de eczema o de uretritis pestífera… Es un producto chapucero y ridículo: pocas bestias son tan estúpidas y cobardes como él. ¡Es el supremo payaso de la creación!”. ¿Cómo fiarse del hombre, de los hombres? Por eso, sugiere Satanás, es preciso probar a Job para ver cómo reacciona. Te apuesto –dice a Dios- que, si le quitas todo lo que le has dado, no sólo dejará de ser el individuo piadoso que es, sino que además se pondrá a proferir blasfemias.

“El Señor dijo entonces a Satanás:

“-Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él no lo toques”.

Con la misma sonrisa gélida de siempre, Satán volvió a la tierra a realizar su experimento. Primero fueron las burras y los bueyes: Job los perdió todos; así se lo anunció el mensajero: “Estaban los bueyes arando y las burras pastando cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los cuidadores y se llevaron el ganado. Sólo yo pude escapar para contártelo”. Poco tiempo después la desgracia se abatió sobre las ovejas; con el mismo tono desesperado del anterior, le dijo el nuevo mensajero: “Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido tus ovejas y a tus pastores. Sólo yo pude escapar para contártelo”. Luego fue el turno de los camellos que, como ya sabemos, no eran pocos: “Una banda de caldeos, dividiéndose en tres grupos, se echó sobre los camellos y se los llevó, y apuñaló a los cuidadores. Sólo yo pude escapar para contártelo”. Por último el infortunio tocó a los hijos (¿y por qué a los hijos, si no eran cosas? Éste es el segundo misterio del relato): “Estaban tus hijos e hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó y los mató. Sólo yo pude escapar para contártelo”.

Sin embargo, Job no reniega; aprieta los dientes, a lo más, pero no dice nada. Satán está perplejo. ¿Cómo había sido posible que Job no protestara? Entonces dice a Dios algo como esto: Bueno, tal vez ni sus hijos ni sus bienes le importaran demasiado. El hombre es un ser egoísta que sólo se ama a sí mismo. “Pero ponle la mano encima, hiérelo en la carne y en los huesos y te apuesto a que ahora sí te maldice”.

Satanás hirió entonces a Job con unas llagas malignas que se extendían desde la coronilla hasta la punta del pie, pero éste volvió a apretar los dientes y no blasfemó. ¡Qué ironía! Lo único que el diablo le dejó al pobre Job fue a su mujer, una señora malhumorada que no dejaba de decirle: “¡Anda, maldice a Dios y muérete de una vez!”. ¿Por qué le había quitado los hijos pero le había dejado a la esposa? Sobre este enigma podrían contarse muchos chistes, todos ellos irónicos y de mal gusto.

Pero yo me quedo aquí: en la concepción del hombre que tiene el diablo. Dios ama al ser humano y, cuando lo ve desde el cielo, sonríe de satisfacción. En cambio el tentador lo odia y no ve en él más que defectos y dobles intenciones: para él, el hombre es una criatura de veras despreciable.

Y aunque este diálogo entre Dios y el diablo me siga pareciendo misterioso, he tomado ya una medida: cuando lea o escuche acerca de una nueva teoría antropológica y descubra que se trata de una teoría denigratoria, ya sabré quién diablos se la ha inspirado al autor.

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

Comentarios