¿Cómo fue la crucifixión de Jesús, según las visiones de la beata Catalina Emmerick?

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¿Cómo fue el arresto y el juicio de Jesús, según las visiones de la beata Catalina Emmerick?

En sus visiones, la beata Catalina Emmerick contempló con dolor y asombro cada instante del arresto y el juicio de Jesús: una escena marcada por la injusticia, la violencia y el silencio redentor del Hijo de Dios ante sus acusadores.

31 marzo, 2026
¿Cómo fue el arresto y el juicio de Jesús, según las visiones de la beata Catalina Emmerick?
Las visiones de Catalina Emmerick nos invitan a contemplar el arresto y juicio de Jesús no sólo como un hecho histórico, sino como un misterio de dolor, entrega y amor llevado hasta el extremo.

Clemente Brentano fue el escritor que recopiló y transcribió las visiones que tuvo la beata Catalina Emmerick sobre la Pasión de Cristo, las cuales incluyen cómo fue su arresto y juicio ante los sacerdotes, Herodes y Pilatos.

Brentano comparte que estas visiones las tuvo una noche del 18 de febrero den 1823. Un amigo fue a visitar a la monja que se encontraba postrada y con los estigmas visibles. Esta se encontraba dormida y de pronto despertó como si peleara con alguien. De acuerdo al autor y a las palabras de la beata, esta parecía estar sufriendo una afrenta contra el demonio.

Al día siguiente, Catalina comenzó a compartir sus visiones en las que “pareció que seguía al Señor al Huerto de los Olivos, después de la institución de la Sagrada Eucaristía”.

El autor señala que en este relato hay algunos “vacíos”, puesto que las visiones parecían estar, de algún modo “mezcladas” también con las visiones que tuvo de Jesús en el desierto, siendo tentado por Satanás. 

La traición de Judas y el arresto de Jesús

Jesús en el Huerto de los Olivos

Tras haber instituido la Eucaristía en el Cenáculo, Catalina comparte que Jesucristo se veían cada vez más triste. Posterior a la Santa Cena, se dirigieron al Huerto de los Olivos y le dijo a sus discípulos:

Esta noche seréis escandalizados por causa mía; pues está escrito: “Yo heriré al Pastor, y las ovejas serán dispersadas.” Pero cuando resucite, os precederé en Galilea. 

Sus discípulos le dijeron que jamás lo abandonarían y le expresaban su amor de diversos modos. En ese momento, fue que Pedro le dijo: 

Aunque todos se escandalizaran por tu viuda, yo jamás me escandalizaré.

No obstante, el Señor le predijo que antes de que el gallo cantara, lo negaría tres veces. Los demás hablaban de igual modo, y la tristeza de Jesús aumentaba cada vez más. 

Querían ellos consolarlo de un modo puramente humano, asegurándole que lo que preveían no sucedería. Se cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a dudar, y vino sobre ellos la tentación.

Al llegar al Huerto, la beata lo describe como un jardín con varias casas que servía como un sitio de oración y recreación, del cual, los Apóstoles tenían una llave para entrar. 

Oración y aflicción de Jesús

Jesús le dijo a 8 de sus discípulos que se quedaran en el Huerto de Getsemaní, y le pidió a Santiago, a Pedro y a Juan que lo acompañaran al Huerto de los Olivos, llamado así por estar lleno de estos árboles. Al encontrarse a solas

Juan le preguntó cómo Él, que siempre los había consolado, podía estar tan abatido. “Mi alma esta triste hasta la muerte”, respondió Jesús.

Catalina describe que, en medio de esta angustia, se podían ver figuras de demonios que acechaban al Señor. Entonces Jesús le pidió a sus Apóstoles que se quedaran ahí, velando y orando con Él. 

Jesús se alejó un poco para orar en soledad, y las figuras horrendas lo siguieron, y su tristeza y angustia aumentó. Entró a una gruta temblando “como un hombre que busca abrigo contra la tempestad”. Sin embargo, las visiones amenazadoras se hicieron más fuertes. En la gruta estrecha tuvo visiones de todos los pecados de la humanidad.

Parecióme que Jesús, al entregarse a la Justicia Divina en satisfacción de nuestros pecados, hacía volver su divinidad al seno de la Trinidad Santísima; así, concentrado en su pura, amante e inocente Humanidad, y armado sólo de su Amor inefable, la sacrificaba a las angustias y a los padecimientos.

Catalina vio a Jesús postrado en tierra, con el rostro inclinado y anegado en un mar de tristeza al contemplar todos los pecados del mundo, y se ofreció en oración a la Justicia de su Padre Celestial para pagar esa terrible deuda. Y Satanás se enfurecía contra Jesús, aumentando lo horrores y gritándole “¡Cómo! ¿Tomarás Tú a este también sobre Ti; sufrirás su castigo? ¿Quieres satisfacer por todo esto?”.

Pero en ese momento llegó el consuelo del Cielo, semejante a una vía luminosa que conducía un ejército de Ángeles hasta Jesús, los cuales lo animaron y confortaron. Satanás seguía atormentándolo y numerándole los pecados de toda la humanidad, incluso lo culpó de la degollación de los Inocentes y de no haber salvado a Juan Bautista de la muerte, entre otras tragedias. 

Mientras el demonio le mostraba más y más males, Jesús oraba y pidió a su Padrea apartar de él aquel cáliz. Después se recogió y dijo: “Que Tu Voluntad se haga, no la mía”.

 Aprehenden a Jesús

Catalina también tuvo visiones de los que ocurría en Jerusalén. Mientras los judíos preparaban la fiesta, María se encontraba inquieta por las predicciones que le había dicho su Hijo, y que parientes suyos intentaban tranquilizarla. Ella, aunque no sabía nada de la traición de Judas, ya había notado en él su alma inquieta. 

En cuanto a Judas, dice de él que sólo le afligía obtener el dinero prometido por la entrega de Jesús, y se apresuró en contactar a quienes llevarían a cabo su captura. 

Después de recibir el dinero por parte de los fariseos (que le demostraron desprecio) regresó al Cenáculo para saber si Cristo seguía ahí, pero al no encontrarlo, volvió con los fariseos para decirles que seguramente estaba en el Huerto de los Olivos, y pidió que enviaran con él una pequeña partida de soldados.

El traidor les dijo también que tuvieses cuidado de no dejarlo escapar, porque con medios misteriosos había desaparecido muchas veces en el Huerto, volviéndose invisibles a quieres lo acompañaban.

Mientras tanto, uno de los fariseos mandó a 7 esclavos a buscar madera para preparar la Cruz. Esta “fue preparada de un modo particular, bien sea porque querían burlarse de su dignidad de Rey”. 

Judas planeó entrar al Huerto y besar y saludar a Jesús como amigo y discípulo, encontrándose ahí “por casualidad”. Y en cuanto los soldados entraran, él huiría como los otros discípulos.   

Los soldados tenían orden de vigilar a judas y de no dejarlo hasta que apresaran a Jesús, porque había recibido su recompensa, y temían que se escapara con el dinero.

Judas y su gente encontraron a Jesús con los tres Apóstoles entre el Getsemaní y el Huerto de los Olivos. Cuando los Apóstoles reconocieron a la gente armada, Pedro quiso rechazarlos por la fuerza, pero Jesús le pidió que se mantuviera quieto. 

Jesús les preguntó a quién buscaban, y los soldados contestaron: “A Jesús, el Nazareno”. “Yo Soy”, replicó el Señor. Judas se acercó a Jesús y le dio el beso de la tradición. 

Los soldados rodearon a Jesús y lo apresaron. Judas quiso huir, pero los Apóstoles lo detuvieron. Pedro desnudó su espada e hirió en la oreja a uno de los alguaciles, llamado Malco. Entonces, El Señor le pidió que guardara su espada “pues el que a cuchillo mata a cuchillo muere”. 

Jesús curó la oreja del soldado Malco, el cual se convirtió “y en las hora siguientes sirvió de mensajero a María y a los otros amigos del Salvador”. 

Catalina describe que a Jesús lo ataron con brutalidad:

Ataron a Jesús las manos sobre el pecho con cordeles nuevos y durísimos; le ataron el puño derecho bajo el codo izquierdo, y el puño izquierdo bajo el codo derecho. Le pusieron alrededor del Cuerpo una especie de cinturón lleno de puntas de hierro, al cual le ataron las manos con ramas de sauce; pusiéronle al cuello una especie de collar lleno de puntas, del cual salían dos correas que se cruzaban sobre el pecho como una estola, e iban atadas al cinturón. De éste salían cuatro cuerdas, con las cuales tiraban al Señor de un lado otro, según su inhumano capricho. 

En su trayecto a la casa de Anás, Jesús sufrió toda clase de golpes e insultos por parte de los soldados, sin mostrar ningún tipo de misericordia. La beata comparte que, en el camino, sólo dos soldados se compadecieron de Él: uno que pidió que le aflojaran un poco las amarras, y otro que le llevó agua. 

Huerto Getsemani
Huerto Getsemani está ubicado al este del Monte de los Olivos. Javier Martín/EFe

Jesús ante Anás

Catalina vio cómo habían congregado para el juicio a pecadores de todos los tipos y que por algún motivo le guardaban odio y rencor a Jesús.

Era medianoche cuando llegaron con Él a casa de Anás, donde este lo esperaba lleno de odio junto con falsos testigos. Este, le reclamó cosas relacionadas con violaciones a la doctrina judía.

Entonces Jesús levantó su cabeza fatigada, miró a Anás, y dijo: “He hablado en público, delante de todo el mundo; siempre enseñé en el templo y en las sinagogas, donde se juntan los judíos. Jamás he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Pregunta a bosque han oído lo que les he dicho. Mira a tu alrededor; ellos saben lo que he dicho”. 

Tras estas palabras, uno de los ministros que se encontraba presente con un guante de hierro le pegó una bofetada a Jesús y la sala se llenó de insultos hacia su persona. Sin embargo, Él no perdió la calma. Exasperado, Anás pidió que los presentes compartieran su testimonio en contra de Jesús. 

Después, Anás hizo que le trajeran una especie de cartel donde escribió las acusaciones que le hacían a Jesús. Este le presentó una caña y le dijo con sarcasmo:

Este es el cetro de tu Reino; ahí estaño tus títulos, tus dignidades y tus derechos. Lévalos al Sumo Sacerdote para que reconozca tu misión y te trate según tu dignidad. 

Jesús ante Caifás

A Jesús lo maniataron de nuevo y lo condujeron a casa de Caifás. Los llevaron al vestíbulo entre injurias y golpes. Catalina vio entre los presentes a Juan y a Pedro, pero Jesús no volteó a verlos para no delatarlos. 

Ante Caifás comenzaron a leer todas las acusaciones contra El Señor. Caifás fue aún más duro que Anás, y sus acusadores daban gritos tumultuosos, acusándolo de hereje y de ejercer falsas doctrinas. Este, se exasperó por los discursos contradictorios de los testigos y pidió a Jesús que respondiera ante los testimonios. Caifás se desesperó aún más porque Jesús no lo miraba, por lo que unos alguaciles lo tomaron del pelo y lo golpearon en la barbilla, pero ni así lo miró.

Caifás elevó las manos con viveza y dijo en tono airado, “Yo te conjuro por el Dios vivo que nos digas si eres el Cristo, el Mesías, el hijo de Dios.” Había un profundo silencio y Jesús con voz llena de majestad indecible con la voz del verbo eterno dijo, “Yo lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha de la majestad divina, viniendo sobre las nubes del cielo.” Mientras que Jesús profería estas palabras, le vi resplandeciente. El cielo estaba abierto sobre él y en una intuición que no puedo expresar, vi a Dios Padre Todopoderoso. Vi también a los ángeles y la oración de los justos que subía hasta su trono. Debajo de Caifás vi el infierno como una esfera de fuego entre tinieblas llena de horribles figuras.

La beata señala que cuando el Señor declaró que Él era Cristo, el infierno tembló al escuchar su voz y después “vomitó todos sus furores en aquella casa”, manifestados en horribles imágenes que salían de muchos lados. También vio figuras que arrastraban cadenas.

Caifás acusó a Jesús de blasfemo, tomó el borde de su capa, lo cortó con una cuchilla y lo rasgó lleno de cólera. A la turba le preguntó gritando cuál era la sentencia para El Señor, y los presentes respondieron llenos de furia que era digno de muerte. 

Los enemigos de Jesús estaban poseídos de Satanás… Parecía que las tinieblas celebraban su triunfo sobre la Luz. 

Cuando Caifás se retiró con otros miembros del consejo, los presentes siguieron burlándose de Jesús, mojándolo con agua de un estanque:

Esta última burla indicaba sin intención la semejanza de Jesús con el Cordero Pascual, pues las víctimas de hoy habían sido lavadas primero en el estanque vecino de la puerta de las ovejas y después las llevaron a la piscina de Betesda, donde recibieron una aspersión ceremonial antes de ser sacrificadas en el templo.

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Traición de Pedro

Tras aquel espectáculo, Juan ni Pedro tuvieron fuerzas para continuar allí, por lo que el joven apóstol fue a buscar a la Madre de Jesús. Sin embargo, “Pedro amaba demasiado a Jesús para dejarlo”. Este se encontraba llorando con amargura, y se esforzaba para ocultar sus lágrimas y no ser descubierto. Se dirigió al vestíbulo, cerca de la lumbre que habían encendido, donde la gente decía cosas terribles de Jesús. El silencio y tristeza del apóstol comenzaron a infundir sospechas. Entonces, la portera del lugar pareció reconocerlo: 

“Tú eres también discípulo del Galileo. Pedro, sorprendido e inquieto, temiendo ser maltratado por aquellos hombres groseros, respondió, “Mujer, no le conozco, no sé lo que quieres decir.” Entonces se levantó y queriendo deshacerse de semejante compañía, salió del vestíbulo. Era el momento en que el gallo cantaba dentro de la ciudad. No me acuerdo de haberlo oído, pero tuve un presentimiento de ello.

Otras personas lo interpelaron y él negó conocer a Jesús. Huyó de aquella gente, traspasado de dolor por lo que acababa de decir. Regresó al patio y se acercó al fuego y seguían cuestionándolo.

Pedro, por su ansiedad, perdió casi el uso de la razón. Se opuso a hacer juramentos execrables y perjuraba que no conocía aquel hombre. Y corrió fuera del vestíbulo al patio interior. Entonces el gallo cantó por segunda vez y Jesús, conducido a la prisión por el medio del patio, se volvió a mirar a Pedro con dolor y compasión.

El dolor de María

Catalina comparte que la Virgen estaba en constante comunicación espiritual con Jesús. 

María sabe todo lo que le sucede y sufre con él. Estaba como él en oración continua por sus verdugos. Pero su corazón materno gritaba también a Dios para que no dejara consumarse este crimen, para que apartara esos dolores de su Santísimo Hijo y tenía un deseo irresistible de acercarse a Jesús.

Ella, junto con otras “santas mujeres” se dirigieron a la casa de Caifás, y pasaron por el lugar donde se estaba trabajando la Cruz de Jesús. Los obreros que la labraban lanzaban maldiciones al Señor, porque los habían obligado a trabajar de noche. Este fue un dolor profundo para María, que pidió por aquellos “que preparaban con maldiciones el instrumento de su Redención y el suplicio de su Hijo”.

Vi que los ángeles los obligaban a empezar de nuevo hasta que la cruz fuese hecha de modo providencial, pero no recuerdo bien claro esta visión.

Ye en compañía de Juan, la Virgen deseó acercarse a Jesús, y el joven apóstol la llevó delante del sitio donde se encontraba encerrado. “Esta tierna Madre quería oír los suspiros de su hijo. María los oyó con las injurias de los que le rodeaban”.

La Virgen de los Dolores, la advocación de la Independencia de México

Jesús en la cárcel

A Jesús lo encerraron en una pequeña bóveda hecha calabozo. La beata dice que se encontraba cubierto solamente de una capa irrisoria que le habían colocado encima. Catalina revela que El Señor sufrió toda la noche:

Lo ataron en medio del calabozo a un pilar y no le permitieron que se apoyara, de modo que apenas podía tenerse sobre sus pies cansados, heridos e hinchados, no cesaron de insultarlo y de atormentarlo y cuando los dos de guardia estaban cansados los relevaban otros que inventaban nuevas crueldades.

Catalina compartió su impotencia de contar lo que hicieron aquellos verdugos con Jesús: “Estoy muy mal, y casi muerta a vista de tanta saña”. Declaró que “El día del Juicio, cuando todo se manifieste, veremos la parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo De Dios por los pecados que no cesamos de cometer, y que son un consentimiento y una complicidad en los maltratos que esos miserables dieron a Jesús”.

En un momento en que lo dejaron descansar de sus tormentos, viéndose solo y mirar una luz que venía del cielo, Jesús agradeció tiernamente por el día en que se cumpliría su misión. Catalina deseó unirse en oración con Él y le pidió que le compartiera parte de sus dolores, encontrándose “abatida de amor y compasión”. 

Los alguaciles que lo custodiaban se despertaron y miraron a Jesús con sorpresa al verlo en estado de oración, tanto que no pudieron interrumpirlo. “Estaban admirados y asustados”. 

El suicidio de Judas Iscariote

Durante el encierro de Jesús, su traidor vagaba errante como un desesperado por El Valle de Hinnom, con las monedas colgadas  a su cintura. Se acercó a la casa de Caifás y preguntó “por el Galileo”. Le contestaron que Jesús fue condenado a muerte de cruz. 

Tras conocer estas noticias se realizaban los preparativos para el juicio, a Judas le entró más desesperación en su alma.

Entonces, la angustia, el arrepentimiento y la desesperación luchaban en el alma de Judas. El peso de 30 monedas colgadas a su cintura era para él como una espuela del infierno.

La beata lo describe corriendo como un insensato y volviendo con los sacerdotes, declarando que había pecado entregando Sangre Inocente. Estos lo despreciaron y lo corrieron sin admitir que regresara el dinero de la traición. 

Estas palabras pusieron a Judas al colmo de la rabia y de la desesperación y estaba como fuera de sí. Los cabellos se erizaban sobre su frente. Rasgó el cinturón que sostenía las monedas, tirólas en el templo y huyó fuera del pueblo. Lo vi correr de nuevo como un insensato por el valle de Ginom. Satanás, en forma horrible, estaba a su lado y le decía al oído para hundirle en la desesperación todas las maldiciones de los profetas sobre este valle, donde los judíos habían sacrificado sus hijos a los ídolos… Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y se colgó de un árbol que crecía en un hondo y que tenía sendos nudos. 

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Juicio de la mañana

Al amanecer se juntaron Anás, Caifás y los ancianos para pronunciar el juicio de Jesús en forma legal. Caifás pidió que trajeran a Jesús ante los jueces y lo prepararan para conducirlo después ante Pilatos. Este, iracundo contra Jesús, le preguntó nuevamente si Él era el Mesías:

Jesús levantó la cabeza y dijo con santa paciencia y grave solemnidad, “Si os lo digo, no me creeréis y si os interrogo, no me responderéis ni me dejaréis ir libre, pero desde ahora el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios.”

Los presentes dirigieron a Jesús palabras de desprecio. Lo ataron de nuevo y le colocaron una cadena en el cuello, como hacían con los condenados a muerte para llevarlo ante Pilatos. Entonces, planearon hacerlo pasar por un enemigo del Imperio para que su caso correspondiera a la jurisdicción de Pilatos. 

Jesús ante Pilatos

A Jesús lo condujeron por la parte más frecuentada de la ciudad. Caifás, Anás y sus allegados iban al frente de la procesión, con vestidos de fiesta y les seguían escribas y judíos que tomaron partido por culpar a Jesús

Habíase reunido mucha gente parodiando su entrada del Domingo de Ramos. Lo llamaban rey por burla. A su paso echaban piedras, palos y trapos posar a pimientos como encarneciendo de mil maneras su entrada triunfal.

Cerca del palacio de Caifás se encontraba María junto con Juan y María Magdalena. En su camino, Jesús se encontró con ella:

Jesús miró la miró con ternura y ella cayó desmayada. Juan y Magdalena se la llevaron, pero apenas volvió en sí, se hizo conducir por Juan al palacio de Pilatos.

Ya en el Palacio de Pilatos, en una plaza espaciosa, los sacerdotes no pasaron las columnas para no contaminarse por entrar al tribunal. Este lugar se llamaba Pretorio, y era el lugar donde se celebraban los juicios. Este contaba con una especie de elevación, llamado Gabbata, donde Pilatos pronunciaba sus fallos

Catalina menciona que eran aproximadamente las seis de la mañana “según nuestro modo de contar” cuando Jesús llegó al Pretorio. Los alguaciles lo hicieron subir los escalones de mármol donde, en lo alto, se encontraba Pilatos. Este

Al verle tan horriblemente desfigurado por tales tropelías y conservando siempre en el aspecto su tan admirable expresión de dignidad, el desprecio de Pilatos hacia los príncipes de los sacerdotes subió de punto. Les dio entender que no estaba dispuesto a condenar a Jesús sin pruebas.

Ellos le respondieron que si no se tratara de un malhechor, no lo hubieran presentado ante él. Pilatos les ordenó que lo juzgaran conforme a la ley judía, pero ellos querían juzgarlo con pena capital. Comenzaron a impacientarse, pues ansiaban acabar con Jesús antes de sacrificar al Cordero Pascual.

Cuando Pilatos les pidió presentar sus acusaciones, sus acusadores se esforzaron por hacerlo ver como enemigo del Emperador, como un seductor del pueblo y perturbador de la paz. Después, le dijeron que Jesús se hacía llamar el Cristo, y eso dejó pensando al gobernador romano, pues era supersticioso. 

Miróle Pilatos con admiración y le dijo, “Así que eres tú el rey de los judíos.” Y Jesús le respondió, “Lo dices tú por ti mismo o porque los otros lo han dicho de mí.” 

Tras hablar con Jesús, Pilatos dijo a la multitud que no encontraba ningún crimen. Sus enemigos se irritaron y volvieron a gritar más acusaciones. Por el contrario, Jesús permanecía silencioso y en oración. 

Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey".
Pilato le dijo: “¿Conque tú eres rey?” Jesús le contestó: “Tú lo has dicho. Soy rey”.

Jesús ante Herodes

El palacio de Herodes no estaba lejos del de Pilatos; este le mandó a decir que no había encontrado ningún crimen en Jesús. 

En cuanto entraron, lanzaron tumultuosamente las acusaciones. Pero Herodes miraba a Jesús con curiosidad y cuando le vio tan desfigurado, cubierto de golpes, con el pelo en desorden, el rostro ensangrentado, su vestido manchado, aquel príncipe voluptuoso y sin energía, sintió una compasión mezclada con disgusto. Profirió el nombre de Dios, volvió la cara con repugnancia y dijo a los sacerdotes, “Llevadlo, limpiadlo.  ¿Cómo traéis a mi presencia un hombre tan asqueroso y tan lleno de heridas?” Los alguaciles llevaron a Jesús al vestíbulo, trajeron agua en un cántaro y lo limpiaron sin cesar de maltratarlo.

Entonces Herodes reprendió a los sacerdotes por su crueldad, como si quisieran imitar a los romanos. Se lo volvieron a presentar y Herodes, fingiendo compasión, le ofreció un vaso de vino, pero Jesús meneó la cabeza y no quiso beber. 

Herodes le hizo muchas preguntas y le pidió milagros. Jesús no le respondió y tampoco lo veía. Herodes insistió preguntándole si era el Rey de los Judíos y e Hijo De Dios, pero el Señor nunca le respondió. La beata explica la razón:

Me fue explicado que Jesús no le habló porque estaba excomulgado a causa de su casamiento adúltero con Herodias y de la muerte de Juan Bautista.

Herodes no quería condenar a Jesús. Catalina revela que este tenía un “terror secreto” y remordimiento constante por la muerte de Juan el Bautista.

Jesús regresa con Pilatos

Como no obtuvieron nada de Herodes, los enemigos de Jesús lo regresaron con Pilatos. 

Jesús pedía a Dios no morir para que así se cumpliesen en uno su Pasión y nuestra redención.

Eran las ocho y cuarto cuando regresaron con Pilatos. Nuevamente lo hicieron subir la escalera con brutalidad:

Pero se enredó en su vestido y cayó sobre los escalones de mármol blanco que se tiñeron en sangre de su cabeza sagrada … El pueblo reía de su caída y los soldados le golpeaban para levantarlo.

Es en este momento cuando Pilatos ofreció liberar a Barrabás, el cual era autor de terribles crímenes. Por mucho que insistió, los judíos seguían exigiendo la muerte de Jesús.

Pilatos, siempre indeciso, llamaba a Jesús rey de los judíos porque este orgulloso romano quería mostrarles su desprecio atribuyéndoles un rey tan pobre, pero dábale también ese nombre porque abrigaba cierta persuasión de que Jesús era en efecto el rey milagroso, el rey, el Mesías prometido a los judíos.

Por su espíritu débil, Pilato decidió dar libertad al malhechor y condenó a Jesús a la flagelación. Los alguaciles lo condujeron a golpes y empujones a la columna donde ataban a los reos para flagelarlos. 

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La flagelación de Jesús

De acuerdo con la beata, la flagelación duró tres cuartos de hora. 

Jesús temblaba y se estremecía delante de la columna. Se despojó él mismo de sus vestidos con las manos hinchadas y ensangrentadas …El santo de los santos fue así extendido con violencia sobre la columna de los malhechores y dos de aquellos hombres furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza hasta los pies … El Salvador, el Hijo de Dios, Verdadero Dios y Verdadero Hombre, temblaba y se retorcía como un gusano bajo los golpes. Sus gemidos dulces y claros se oían como una oración en medio del ruido de los azotes.

A cierta distancia se encontraba la piscina donde se lavaban los corderillos para el sacrificio pascual. “Ese balido acentuaba un espectáculo tiernísimo. Eran tristes voces que se unían a los gemidos de Jesús.”

Los verdugos se turnaban para golpearlo mientras Jesús gemía, oraba y se estremecía. 

Otros nuevos verdugos pegaron a Jesús con correas que tenían en las puntas garfios de hierro con los cuales le arrancaban la carne a tiras. Ah, ¿cómo describir este tremendo y doloroso espectáculo?… Uno de ellos le pegaba en el rostro con saña indecible, con una vara nueva. El cuerpo del Salvador era todo una llaga. Miraba sus verdugos con los ojos llenos de sangre y parecía que les pedía misericordia, pero redoblaban su ira y los gemidos de Jesús eran cada vez más débiles.

Durante la flagelación, Catalina pudo ver a muchos ángeles que lloraban alrededor de Jesús, y pudo escuchar la oración del Señor por todos los pecados. Estas presencias divinas le ayudaron a soportar el dolor para cumplir con su misión. 

Cuando estaba tendido al pie de la columna vi a un ángel presentarle una cosa luminosa que le dio fuerzas.

Mientras, María, su Madre, contemplaba este terrible espectáculo llena de dolor. Catalina describió que ella también fue víctima de burlas y habladurías, aunque su dolor no le permitía advertir nada. 

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La Coronación de Espinas

Tras la flagelación, llevaron a Jesús a un patio interior. Le quitaron sus vestiduras, lo sentaron en un banquillo con piedras agudas y le echaron encima el manto rojo de un soldado

Entonces le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza y la ataron fuertemente por detrás. Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas y la mayor parte de las puntas estaban vueltas a propósito hacia dentro. Habiéndoselo atado, le pusieron una caña en la mano. Todo esto lo hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente lo coronasen rey. Le quitaron la caña de las manos y le pegaron con tanta violencia en la corona de espinas que los ojos del Salvador estaban inundados de sangre.

Se arrodillaron delante de él, le hicieron burla, le escupieron el rostro y le abofetearon gritándole, “Salve, rey de los judíos.” 

La beata sintió la sed terrible que sentía Jesús, y sus heridas le provocaron calentura, dándole frío. Su carne podía verse rasgada hasta los huesos, y los golpes y la sangre cubrían de tal modo su rostro que no se le podía reconocer. 

Lo llevaron de nuevo antes Pilatos y este tembló de horror y compasión, mientras el pueblo y los sacerdotes lo insultaban. Y viendo que pedían su muerte con mayor violencia, Pilatos volvió a interrogarlo.

El Salvador le habló con severidad. Le dijo en qué consistía su reino y su imperio. Después le reveló todos los crímenes secretos que él había cometido. Le predijo la suerte miserable que le esperaba y le anunció que el Hijo del Hombre vendría a pronunciar contra él un juicio justo.

Afuera seguían pidiendo su muerte a gritos y, al ver que sus esfuerzos por salvarlo eran inútiles, Pilatos pidió agua y gritó desde lo alto:

“Yo soy inocente de la sangre de este justo. Vosotros responderéis de ella.” Inmediatamente se levantó un grito horrible y unánime de todo el pueblo que se componía de gentes de toda la Palestina. “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!”.

Entonces, Jesús fue llevado delante del tribunal y puesto entre dos malhechores. Pilato se sentó en su asiendo y dijo a los judíos: “Ved aquí a vuestro Rey”. Los judíos gritaban “¡Crucifícalo!”. Pilatos, así, proclamó su sentencia:

“Condeno a Jesús de Nazaret, rey de los judíos, a ser crucificado.”



Autor

Lic. en Lengua y literaturas hispánicas por la UNAM, con experiencia en edición digital y redes sociales. Ha sido editora de los sitios web Padres e hijos, Cocina Fácil y colaborado en National Geographic y Muy Interesante. Actualmente es editora en la Diócesis de Azcapotzalco y es reportera en Desde la Fe.