¿Cómo fue la crucifixión de Jesús, según las visiones de la beata Catalina Emmerick?

Leer más

¿Cómo fue la crucifixión de Jesús, según las visiones de la beata Catalina Emmerick?

Las visiones de Catalina Emmerick revelan con detalle la crucifixión de Jesús: un recorrido por el Vía Crucis, su muerte y el misterio de la Redención.

31 marzo, 2026
¿Cómo fue la crucifixión de Jesús, según las visiones de la beata Catalina Emmerick?
Descubre cómo vivió Catalina Emmerick la crucifixión de Jesús, desde el camino al Calvario hasta su muerte en la Cruz.

La crucifixión de Jesús es uno de los momentos más dolorosos pero redentores de la Historia de la Salvación. A lo largo de los siglos, ha sido contemplada desde la fe, la tradición y la oración. Sin embargo, pocas narraciones la describen con la intensidad y detalle como las de las visiones de la beata Anna Catalina Emmerick.

En sus visiones, la mística alemana recrea no sólo los hechos, sino también el ambiente espiritual, el sufrimiento físico del Señor y el profundo dolor de quienes lo acompañaron. Su relato nos permite recorrer, paso a paso, el camino hacia la Cruz y contemplar el misterio de la Redención desde una mirada profundamente humana y sobrenatural.

El origen del Via Crucis

Este doloroso camino, que la tradición cristiana lo llamó el Via Crucis (camino de la Cruz) también lo recorrió su Madre, la Virgen María, junto con el Apóstol Juan y María Magdalena: 

Donde el Señor se había caído o había sufrido, se paraban enseguida silencio, lloraba y sufrían con Él… “Este fue el principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera… Así, la Virgen, pura y sin mancha, consagró a la Iglesia el Via Crucis, para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas, los inagotables méritos de Jesucristo, para recogerlos como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre Celestial por todos los que tienen fe. 

En la primera estación del viacrucis, Jesús es condenado.
En la primera estación del viacrucis, Jesús es condenado. Foto: Raúl Berzosa

Jesús carga su Cruz

Después de haber sido pronunciada la sentencia, aproximadamente a las 10 de la mañana, Jesús fue entregado a los alguaciles, quienes le quitaron el manto rojo que le habían colocado para ponerle sus ropas. La beata narra que le arrancaron la Corona de Espinas pues su cabeza no cabía en el vestido que le había hecho su Madre y volvieron a amarrarlo con suma crueldad.

Luego, condujeron a Jesús en medio de la plaza, donde lo esperaba su Cruz:

“Jesús se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a su padre acciones de gracias por la redención del género humano. Como los sacerdotes paganos abrazaban un nuevo altar, así el Señor abrazaba su Cruz.”

Levantaron a Jesús con violencia, y sintió todo el peso de los pecados de la humanidad “según sus santas y verídicas palabras”.

El Señor caminaba descalzo con los pies ensangrentados, temblando, sin haber comido, bebido ni dormido desde la cena de la víspera, y muy débil por la pérdida de sangre, con fiebre, sed y gran dolor. Así cargaba la Cruz por nuestros pecados.

Con la mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho, su mano izquierda cansada hacía de cuando en cuando esfuerzos para levantar el largo vestido con que tropezaban sus pies.

Las caídas de Jesús

Al pasar por un acueducto subterráneo, la debilidad de Jesús se hizo más evidente:

Jesús ya no podía andar. Como los soldados tiraban de él y lo empujaban sin misericordia, se cayó a lo largo contra esa piedra y la cruz cayó a su lado… sostenido por un socorro sobrenatural, levantó la cabeza; y aquellos hombres atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron la Corona de Espinas.

Su Madre, que procuraba seguirlo, le pidió a Juan que la acercara lo más posible a su Hijo. Unos de los hombres que conducían a Jesús al Calvario la vieron y reconocieron: “Uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la Cruz y se los presentó a la Virgen burlándose”. 

María logró acercarse a Jesús y cayó de rodillas a su lado:

Yo oí estas palabras. “¡Hijo mío!”, “¡Madre mía!”, pero no sé si realmente fueron pronunciadas o solo en el pensamiento.

Tercera Estación del Viacrucis.
Tercera Estación del Viacrucis. Foto: Raúl Berzosa

Encuentro con Simón de Cirene

El camino siguió y llegaron a la puerta de una vieja muralla interior de la ciudad. En esa plaza, Jesús cayó por tercera vez y no se pudo levantar. Algunas personas, llenas de compasión rogaban para que le ayudaran. Entonces los soldados señalaron de entre la multitud a Simón de Cirene y le ordenaron que cargara la Cruz. 

Primero rehusó, pero tuvo que ceder a la fuerza… Simón sentía mucho disgusto y repugnancia causa del triste estado en que se hallaba Jesús y de su ropa toda llena de lodo. Mas Jesús lloraba y le miraba con ternura. 

Encuentro con la Verónica

Anduvieron unos doscientos pasos cuando apareció Serafia, la que la tradición llamó Verónica. Traía un lienzo sobre sus hombros y, al ver al Señor, quiso acercarse a Él. Cuando lo logró, extendió el lienzo sobre su rostro y le dijo:

“Permitidme que limpie el rostro de mi Señor”. El Señor tomó el paño, lo aplicó sobre su rostro ensangrentado y se lo devolvió, dándole las gracias. 

Catalina explica que Verónica guardó el lienzo toda su vida; y tras su muerte, se lo entregaron a la Virgen, y posteriormente pasó a manos de los Apóstoles para que después lo resguardara la Iglesia. 

Al acercarse a otra puerta de la muralla, los alguaciles empujaron a Jesús en medio de un lodazal. Al caer, el Señor gritó estas palabras:

Ah, Jerusalén, cuánto te he amado. He querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas. Y tú me echas tan cruel fuera de tus puertas.

Al escuchar estas palabras, lo insultaron, le pegaron y lo arrastraron. Simón de Cirene se indignó ante tanta crueldad y les gritó que si no cesaban las infamias, no seguiría cargando la Cruz, aunque tuvieran que matarlo también.

Jesús se desfalleció, pero no cayó al suelo, porque Simón dejó la cruz en tierra, se acercó a Él y le sostuvo. 

Luego pasaron al lado de un grupo de mujeres que, al verlo tan lleno de heridas, se lamentaron y le presentaron lienzos para limpiar su rostro, de acuerdo a una costumbre judía. 

El Salvador se volvió hacia ellas y les dijo, “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad sobre vosotras mismas y sobre vuestros hijos”.

IV Estación del Viacrucis, Jesús se encuentra con su madre.
IV Estación del Viacrucis, Jesús se encuentra con su Madre. Foto: Raúl Berzosa

Jesús llega al Gólgota

Doblado por la carga y bajo los golpes de los verdugos, Jesús subió con mucho trabajo el camino al monte Calvario. Dieron las doce menos un cuarto cuando llegaron al Gólgota y el Señor cayó por última vez. Colocaron la Cruz en el suelo y Él mismo se acostó sobre ella para que le tomaran las medidas de sus extremidades.

La Virgen María y sus acompañantes no tardaron en llegar, guardando cierta distancia. La beata comparte cómo se sentía el ambiente en ese momento y las presencias espirituales que se manifestaban durante la crucifixión: 

Desde por la mañana hasta las 10 hubo granizo por intervalos, mas a las 12 una niebla rojiza oscureció el sol… El aspecto de todo esto era tanto más espantoso para mí, cuanto que veía figuras horrorosas de demonios que parecían ayudar a estos hombres crueles y una infinidad de horribles visiones bajo la forma de sapos, de serpientes, de dragones, de insectos venenosos de toda especie que oscurecían el cielo. Entraban en la boca y en el corazón de los circunstantes y se ponían sobre sus hombros y esto sentían el alma llena de pensamientos abominables o proferían horribles imprecaciones. Veía con frecuencia sobre Jesús figuras de ángeles llorando o rayos donde no distinguía más que cabecitas. También veía ángeles compasivos y consoladores sobre la Virgen y sobre todos los amigos de Jesús.

Los alguaciles desnudaron a Jesús, le arrancaron de nuevo La Corona de Espinas y también su camisa, la cual se le había pegado al cuerpo debido a las llagas. Esto le provocó dolores terribles. 

El Hijo del Hombre estaba temblando, cubierto de llagas, echando sangre o cerradas. Sus hombros y sus espaldas estaban despedazados hasta los huesos.

La crucifixión de Jesús

Tras desnudarlo, lo extendieron nuevamente sobre la Cruz y lo ataron con fuerza. Uno de los soldados puso su rodilla sobre su pecho, otro abrió su mano y un tercero apoyó sobre su carne el primer clavo el que hundió con un martillo de hierro.

Un gemido dulce y claro salió del pecho de Jesús. Su sangre saltó sobre los brazos de sus verdugos. He contado los martillazos, pero se me han olvidado. Los clavos eran muy largos, la cabeza chata y el diámetro de una moneda.

Después de clavar la mano derecha, los soldados vieron que la mano izquierda no llegaba al agujero donde debía ser clavada. Entonces, ataron una cuerda a su brazo y tiraron con fuerza, a tal grado que lo dislocaron. Tras lograr su cometido, clavaron la mano izquierda. 

En la Cruz habían clavado un pedazo de madera para sostener sus pies. Ataron cuerdas a su pierna derecha y lo tendieron de forma violenta hasta que sus pies tocaron la base de madera. La dislocación fue tan dolorosa, que se pudo escuchar el crujido del pecho de Jesús junto con sus lamentos, clamando a Dios. 

Ataron después el pie izquierdo sobre el derecho y lo horadaron primero con una especie de taladro porque no estaban bien puestos para poderse clavar juntos. Tomaron un clavo más largo que los de las manos y lo clavaron, atravesando los pies y el pedazo de madera hasta la cruz. Esta operación fue más dolorosa que todo lo demás a causa de la dislocación del cuerpo conté hasta 30 martillazos. 

Los gemidos de sus dolores se mezclaban con una continua oración que contenía pasajes de salmos y de los profetas “cuyas predicciones se estaban cumpliendo”.

Catalina declara que eran las doce y cuarto cuando Jesús fue crucificado, y en el momento en que elevaron la Cruz, se podía escuchar el resonar del templo con el ruido de las trompetas que celebraban la inmolación del Cordero Pascual.

En la decimoprimera estación del Viacrucis Jesús es crucificado.
En la decimoprimera estación del Viacrucis Jesús es crucificado. Foto: Raúl Berzosa

La exaltación de la Cruz

Los verdugos, después de crucificar a Jesús, alzaron la Cruz, la cual se hundió con todo su peso y un espantoso estremecimiento. 

Jesús dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su sangre corrió abundantemente y sus huesos dislocados chocaban unos con otros.

Este momento, según las palabras de Catalina, estremecieron el Cielo, la Tierra y el Infierno:

Todos los que tenían el corazón puro saludaron con un acento doloroso al verbo manado elevado sobre la cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo, pero cuando la Cruz se hundió en el hoyo de la roca con grande ruido, hubo un momento de silencio solemne. Todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y desconocida hasta entonces. El infierno mismo se estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz que se hundió y redobló sus esfuerzos contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría llena de esperanza. Para ellas era el ruido del Triunfador que se acercaba a las puertas de la redención. La Sagrada Cruz se elevaba por primera vez en medio de la Tierra, como otro árbol de vida en el Paraíso. Y de las llagas de Jesús corrían sobre la tierra cuatro arroyos sagrados para fertilizarla y hacer de ella el nuevo paraíso del nuevo Adán.

Este golpe de la Cruz que se hundía en la Tierra agitó la cabeza de Jesús, haciendo que saltara abundante sangre; perdió tanta, que Catalina narra que el Señor se quedó “como muerto” aproximadamente 7 minutos.

El aspecto de Jesús en la Cruz

La beata describe el terrible aspecto que le habían ocasionado estas heridas mortales sumada a la violencia que había sufrido en las últimas horas:

Su rostro con la terrible corona y la sangre que llenaba sus ojos ojos, su boca entreabierta, los cabellos y sus y su barba caído sobre el pecho, su cuerpo estaba todo desgarrado, los hombros, los codos, las manos tendidas hasta ser dislocadas, la sangre de sus manos corría por los brazos, su pecho hinchado formaba por debajo una cavidad profunda, sus piernas estaban dislocadas como los brazos, sus miembros, sus músculos, la piel sufrían tensión tan violenta que se podían contar los huesos, su cuerpo estaba todo cubierto de heridas y llagas, de manchas negras, lívidas y amarillas. Su sangre de roja se volvió pálida y como agua y su cuerpo sagrado cada vez más blanco.

Te recomendamos: ¿Qué es el Vía Matris y cuántas estaciones tiene?

Palabras de Jesús en la Cruz

Doce fariseos pasaron frente a la Cruz y comenzaron a burlarse y a retarlo para que bajara de ella. A estas burlas también se sumaron los soldados.  

Jesús levantó un poco la cabeza y dijo, “Padre mío, perdónalos pues no saben lo que hacen.” Dijo también, “No sé si interiormente o si su boca pronunció estas palabras. Estoy exprimido como el racimo prensado por primera vez. Debo dar toda mi sangre hasta que el agua venga, pero no se hará más vino en este sitio”.

A sus costados se encontraban los dos ladrones: Dimas y Gestas. Este último, al igual que los soldados y fariseos, lo retaba a bajar de la Cruz; mientras que Dimas, lleno de compasión, reconoció a Jesús como su Salvador y le pidió que se acordara de él cuando entrara a su Reino: “En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

María se acerca a Jesús

La Madre de Jesús junto con sus acompañantes se encontraban ceca de Él. Jesús miró a la Virgen con una “ternura inefable”. También miró a Juan y dijo a María “Este es tu hijo”; y a él “esta es tu Madre”. 

Al dar las 3 de la tarde, Jesús profirió en un grito: “¡Eli, Eli, llama sabacthani!”, que significa “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”

Este grito interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor. Cuando María lo escuchó, fue al pie de la Cruz junto con Juan, María (hija de Cleofás), Magdalena y Salomé. El ambiente, que se había tornado sombrío, se volvió un poco más claro. 

La beata escuchó otras palabras proferidas por Jesús, aunque no tiene la certeza si fueron interiores o si las pronunció en voz alta:

Estoy exprimido como el racimo prensado por primera vez. Debo dar toda mi sangre hasta que el agua venga, pero no se hará más vino en este sitio.

Luego, la sed lo golpeó más fuerte:

Jesús estaba desfallecido, la lengua seca y dijo, “Tengo sed.” Y como sus amigos lo miraban tristemente, agregó, “¿No podréis darme una gota de agua?” Dando a entender que dura de las tinieblas no se los hubieran impedido. Juan respondió, “Oh, Señor, lo hemos olvidado.” Jesús añadió otras palabras, cuyo sentido era este, “Mis parientes también debían olvidarme y no darme de beber” a fin de que lo que está escrito se cumpliese. Este olvido le había sido muy doloroso. 

Jesús muere en la cruz en la XII estación del viacrucis.
Jesús muere en la cruz en la XII estación del viacrucis.

Jesús muere en la Cruz

Llegó la hora del Señor. Frente a Él se encontraba su Madre, Juan y la Magdalena. 

Entonces Jesús dijo, “Todo está consumado.” Después alzó la cabeza y gritó en voz alta, “Padre mío, en tus manos encomiendo mi Espíritu.” Inclinó la cabeza y entregó el Espíritu. 

La beata describe este último grito fuerte pero dulce, el cual penetró el Cielo y la tierra. “Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la Cruz”.  Dice que su alma fue acompañada de una multitud brillante de ángeles, entre los cuales también se encontraba Gabriel. 

Posteriormente, la tierra se estremeció:

Cuando el Señor murió, la tierra tembló, el peñasco se abrió entre la Cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito de Jesús hizo temblar a todos los que le oyeron, como la tierra que reconoció su Salvador. Sin embargo, el corazón de los que le amaban solo fue atravesado por el dolor como una espada. 

La mayoría de las personas que presenciaron la muerte de Jesús regresaron a Jerusalén llenos de terror. En cambio, sus seres queridos lo rodearon y lloraron. 

Mientras tanto, en Jerusalén, el ambiente también se turbó:

En el templo los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas y creían querían triunfar con la vuelta de la luz. Mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba, les infundió un terror espantoso, interrumpido por gritos y lamentos. 

Ocurrieron también otros desastres: los escalones del tribunal de Caifás se hundieron junto con el sitio donde Pedro había efectuado la negación; la piedra donde el Señor fue azotado se partió en dos; el palacio tembló y el patio del tribunal también se hundió.

En el Gólgota reinaba el silencio y el duelo: “El cielo estaba oscuro y la naturaleza parecía enlutada”. 

Jesús es atravesado por una lanza

Los verdugos todavía dudaban de la muerte de Jesús, por lo que el soldado Casio, para que a Jesús no le rompieran las piernas, tuvo una inspiración divina: 

Empuñó su lanza y dirigió su caballo hacia la elevación donde estaba la Cruz. Se paró entre la cruz del buen ladrón y la de Jesús y tomando su lanza, con ambas manos, la clavó con tanta fuerza en el costado derecho del Señor que la punta atravesó el corazón, un poco más abajo del pulmón izquierdo. Cuando la retiró, salió de la herida una cantidad de sangre y agua que llenó su cara como un baño de salvación y de Gracia. Se apeó, se arrodilló, se dio golpes en el pecho y aceptó a Jesús en alta voz. 

Todos se conmovieron al ver aquel milagro, incluso los soldados que, sorprendidos, se hincaron de rodillas, y dándose golpes de pecho, creyeron en Jesús. 

Jesús es bajado de la cruz y entregado e su madre en la XIII estación del Viacrucis.
Jesús es bajado de la cruz y entregado e su madre en la XIII estación del Viacrucis. Foto: Raúl Berzosa

Bajan a Jesús de la Cruz

Nicodemo y Jesús de Arimatea se encargaron de conseguir todo lo necesario para sepultar a Jesús. Las calles de Jerusalén estaban desiertas y había un terror general en el aire, tanto que muy poca gente atendía la fiesta de la Pascua. El cielo todavía estaba oscuro cuando llegaron al Gólgota para bajar al Señor de la Cruz. 

Colocaron una escalera y, con ayuda de los soldados romanos y Abenadar (un centurión converso) comenzó el descenso de Jesús.

Era un espectáculo muy tierno. Tenían el mismo cuidado, las mismas precauciones que si hubiesen causar algún daño a Jesús. Guardaron el Santo Cuerpo con todo el amor y toda la veneración que habían tenido con el Salvador durante su vida

Cuando descendieron el santo cuerpo, lo envolvieron desde las rodillas hasta la cintura y lo pusieron en los brazos de su Madre, que lo tendía llena de dolor y de amor. Pusieron la corona junto a los clavos. Entonces María sacó las espinas que se habían quedado en las heridas con una especie de tenazas redondas y les enseñó a sus amigos con tristeza… Apenas se podía reconocer el rostro del Señor. Tan desfigurado estaba con las llagas que lo cubrían. La barba y el cabello estaban pegados con la sangre…

Cerca del pecho al lado izquierdo había una pequeña abertura por donde había salido la punta de la lanza de Casio y en el lado derecho estaba la abertura ancha por donde entrara la lanza que había atravesado el corazón. María lavó todas las llagas y Magdalena de rodillas la ayudaba de cuando en cuando, sin dejar los pies de Jesús, que regaba con lágrimas abundantes y que limpiaba con sus cabellos…

Cuando la Virgen untó todas las heridas, envolvió la cabeza en paños, mas no cubrió todavía el rostro. Cerró los ojos entreabiertos de Jesús y posó la mano sobre ellos algún tiempo. Cerró también su boca, abrazó el Sagrado Cuerpo de su Hijo y dejó caer su rostro sobre el de Jesús. 

Sepultura de Jesús

Después de limpiarlo y embalsamarlo, lo llevaron a la peña donde se encontraba el sepulcro, el cual ya habían preparado los sirvientes de Nicodemo y José de Arimatea. 

“Cuando llegaron a la peña, levantaron el santo cuerpo sobre una tabla larga, cubierta con una sábana. La gruta que estaba recientemente abierta había sido barrida por los criados de Nicodemo.

El interior estaba limpio… Entonces entró la Virgen, se sentó junto a la cabeza y lloró sobre el cuerpo de su hijo. Magdalena tres puntos Magdalena había juntado en el jardín flores y ramos que echó sobre Jesús”.

Las visiones de Catalina Emmerick no sólo narran la crucifixión de Jesús, sino que invitan a contemplarla desde el corazón.

En cada caída, en cada herida y en cada palabra pronunciada en la Cruz, se revela un amor llevado hasta el extremo. Un amor que no responde con violencia, sino con entrega; que no se detiene ante el sufrimiento, sino que lo transforma en redención.

Mirar la Cruz desde esta perspectiva no es solo recordar un hecho histórico, sino reconocer el misterio de un Dios que se entrega completamente por la humanidad.



Autor

Lic. en Lengua y literaturas hispánicas por la UNAM, con experiencia en edición digital y redes sociales. Ha sido editora de los sitios web Padres e hijos, Cocina Fácil y colaborado en National Geographic y Muy Interesante. Actualmente es editora en la Diócesis de Azcapotzalco y es reportera en Desde la Fe.