Iglesia en México
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Homilía del Cardenal Carlos Aguiar en el II Domingo de Adviento

Homilía del Arzobispo Primado de México en la Parroquia de la Inmaculada Concepción.
Foto: Ricardo Sánchez/ DLF

Hermanos, todo lo que en el pasado ha sido escrito en los libros santos, se escribió para instrucción nuestra, a fin de que por la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras,  mantengamos la esperanza. (Rm 15, 4).

Esto afirma San Pablo, al inicio de la segunda lectura que hemos escuchado, y que abre la posibilidad de respondernos a muchas preguntas que seguramente nos hacemos, cuando leemos en la primera lectura, que el profeta Isaías anunció que brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de piedad y de temor de Dios (Is 11,1-3).

Los discípulos de Jesucristo se convencieron por el testimonio de Jesús mismo que Él era ese vástago, que Él era el hijo de David que tenía que venir, que Él era el Mesías. Y sigue el texto diciendo: Él no juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas, defenderá con justicia al desamparado y con equidad dará sentencia al pobre (Is 11,3-4).

Y seguramente nos preguntamos, Jesús vino, cumplió las promesas que Dios había hecho a su pueblo, su persona no solamente fue el Mesías -esperado por el pueblo de Israel-, sino que desbordó esa expectativa, era el Hijo de Dios Encarnado, era el mismo Dios, que tomó de María la condición humana. Este desbordamiento de gracia todavía nos hace pensar más, ¿qué ha pasado después de su venida, si ya está dado en Él para todos sus discípulos y hombres de buena voluntad este mismo Espíritu, que nos comparte Jesús a través de los Sacramentos?

Sin embargo, nosotros constatamos que es mucho más frecuente que se juzgue por apariencias, que se sentencie sin haber escuchado a quien se le acusa, que en lugar de defender con justicia al desamparado y con equidad tratar al pobre, vemos multiplicadas las injusticias, incluso la violencia. El atropellamiento de la propia dignidad humana.

¿Qué es lo que nos hace falta, si está dado ya el cumplimiento de la promesa en la persona de Jesús? ¿Qué nos está haciendo falta como sociedad para gozar esa presencia del Espíritu del Señor? Porque Él quiere caminar con nosotros en la vida terrestre, no solamente nos espera en la Casa del Padre, al final de nuestra vida terrena. Él quiere caminar con nosotros ahora, como lo hizo ya en su vida mortal como hombre.

Hoy tiene por eso también sentido, y así lo dispone la liturgia en este II domingo del Adviento, tiene sentido la palabra de Juan el Bautista cuando dice: Conviértanse porque ya está cerca el Reino de los Cielos (Mt: 3, 2), está cerca de nosotros más de lo que pensamos la capacidad de ser presencia de Dios en el mundo, como Iglesia, comunidad de discípulos de Jesús; pero necesitamos, como lo han insistido los Obispos de América Latina en Aparecida, y el Papa Francisco una y otra vez nos lo recuerda, necesitamos la conversión pastoral.

No basta la conversión personal. Yo puedo estar muy contento de ser un fiel católico y cumplir cabalmente todo lo que he aprendido que debo realizar y cómo debo proceder, sin embargo eso no es suficiente. Qué bueno que vivamos la conversión personal porque así percibimos en nuestra persona la acción del Espíritu; sin embargo no lo vemos reflejado en la sociedad que habitamos.

Muerte sin sentido, homicidios simplemente porque sé es mujer, cuando somos hechos con la misma dignidad, varón y mujer los creó (Gn 1,27), para poder reflejar la Trinidad Divina, que de dos personas se puede formar una comunidad como lo es la familia.

¿Qué nos hace falta? Convertirnos pastoralmente, ¿qué quiere decir la conversión pastoral? Que creamos en el Espíritu del Señor que está con nosotros, y que como comunidad, lo dejemos actuar en nosotros.

Fíjense lo que dice San Pablo cuando refleja esta vida en su tiempo, y que cambió radicalmente la situación del imperio romano, desde luego no en diez dìas, no en veinte, no en meses, no en años, pasaron cuatro siglos, pero lo dice claramente, que Dios fuente de toda paciencia y consuelo les conceda a ustedes vivir en perfecta armonía unos con otros conforme al Espíritu de Cristo Jesús para que con un sólo corazón y una sola voz alaben a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo (Rm 15, 5-6).

Pidamos a Dios Padre les conceda a ustedes, comunidad de discípulos vivir conforme al Espíritu de Cristo Jesús. La conversión como lo indica aquí el mismo Juan Bautista comienza con el arrepentimiento, cuántas veces me he quedado corto, es decir, no he actuado cuando debía comprometerme con mi comunidad cristiana.

Foto: Ricardo Sánchez/DLF

¿Cuántas veces sólo he estado pensando en mí o máximo en mi familia? ¿Cuántas veces me he desinteresado de lo que nos pasa como sociedad? Arrepentirnos, sí es el inicio, pero no basta el arrepentimiento, es necesario recibir el Espíritu del Señor, y para recibirlo y dejarlo actuar a través de nosotros cotidianamente se necesita ejercitar el discernimiento.

Por eso cuando Juan Bautista habla de la venida de Jesús dice: Él es mucho más grande que yo, yo bautizo en señal de que ustedes se han convertido, pero el que viene después de mí los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego, Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja (Mt 3, 11-12), para separar lo que no es significativo de lo que es importante, eso es discernir. Guardará el trigo en su granero. Conservar las cosas buenas en la comunidad, y quemará la paja en un fuego que no se extingue.

Tenemos que aprender la capacidad de discernir, no sólo en lo personal, sino de forma comunitaria, lo que conviene a la sociedad, tenemos que ser más activos, más proactivos en la propuesta de lo que nosotros podemos hacer.

Y aunque sea poca cosa, aunque parezca insignificante ante todas las necesidades que nos desbordan, debemos empezar por ahí, porque el Señor de un grano, aunque sea un grano de mostaza, si tenemos fe en que lograremos generar esta convivencia digna y equitativa, solidaria y fraterna como es el Reino de los Cielos, lo iremos logrando. No debemos pretender ver el alcance final de nuestra participación.

Foto: Ricardo Sánchez/DLF

Debemos contentarnos con ver, en la pequeñez de nuestras acciones, que el Señor va actuando, aunque sigan los contextos socioculturales adversos y negativos. Como afirma el Apóstol Pablo, por las promesas cumplidas en Cristo y prometidas también para todas las generaciones a quienes lo sigamos, recordar que la instrucción genera la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras del testimonio vivido por Jesús, y por esa paciencia y consuelo mantengamos la esperanza (Rm 15, 4).

Este tiempo del Adviento es el tiempo de fortalecer nuestra esperanza, que nunca decaiga nuestro ánimo ante la adversidad, que sepamos afrontarlas como las afrontó Cristo, con la confianza en Dios Padre y con la certeza que el Espíritu Santo camina con nosotros.

Para manifestar este entusiasmo del Adviento, después Navidad y el año nuevo que comienza, los invito a participar en nuestra Peregrinación Diocesana el próximo 18 de enero a la Basílica de Guadalupe, para pedirle a nuestra Madre que camine con nosotros, ella que quiso quedarse con nosotros para mostrarnos su ternura, y su cercanía de Madre.

Que ella nos acompañe y podamos crecer haciendo realidad, aunque sea en pequeñas proporciones, el Reino de los Cielos entre nosotros.

Que así sea

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