Homilía del Arzobispo Carlos Aguiar en el IV Domingo de Pascua

Homilía del Arzobispo Primado de México en la Basílica de Guadalupe.
Misa dominical en la Basílica de Guadalupe. Foto: Basílica de Guadalupe.
Misa dominical en la Basílica de Guadalupe. Foto: Basílica de Guadalupe.

“El ladrón no viene más que para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Jn 10, 10).

La misión de Jesús es ofrecer vida y vida en abundancia. Para ilustrar su misión Jesús utiliza la imagen del Buen Pastor que sabe cuidar a sus ovejas. Y, ¿quién es un buen pastor? El que conoce a cada una por su nombre, con sus cualidades y características.

El que durante el día recorre el camino de la vida, junto con sus ovejas, para afrontar los peligros y superarlos, para llegar al lugar elegido, sin correr riesgos innecesarios. Este proceso no es simplemente de experiencia individual sino grupal, y comunitaria.


El que durante la noche resguarda en lugar seguro a las ovejas. El Pastor cuida la puerta para dejar entrar solamente a sus ovejas. Así describe la intimidad de las ovejas como pertenecientes a un solo rebaño, reconocidas por su Pastor.

En la interpretación de esta simbología debemos entender que el día representa los momentos en que tenemos claridad de nuestros objetivos y estamos felices de hacer lo que hacemos. En cambio la noche es cuando perdemos el sentido de lo que hacemos, cuando la rutina se ha impuesto como hábito, y no la descubrimos como vocación y misión encomendada por quien nos ama y acompaña.

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Durante el día, aunque haya luz en el camino, es indispensable recorrerlo acompañado y guiado para compartir los gozos, los proyectos y los sueños. Es la hermosa experiencia de sentirse comunidad, de conocerse entre sí, de ayudarse solidariamente en el recorrido.

En la noche de la vida es más indispensable la compañía del Pastor y de la comunidad. De ahí que haya que evitar el aislamiento y la soledad buscada como evasión de los demás. La noche es momento de compartir la intimidad espiritual con la mirada puesta en el nuevo amanecer, que suscita la esperanza.

Hay tantos cristianos que se alejan cuando más necesitan del compartir en la escucha y en la puesta común de lo acaecido.

Jesucristo es el Buen Pastor, ¿pero quiénes ejercemos el oficio en su nombre para bien de los hermanos? Inmediatamente pensamos en los Sacerdotes y Obispos, y ciertamente, para eso hemos sido llamados, para orientar el desarrollo humano y espiritual de la comunidad cristiana al estilo de Jesucristo. ¿Pero solo nosotros somos pastores?

¿Quién es mi pastor en la vida diaria? El ejercicio de Buen Pastor inicia en la familia; papá y mamá son los primeros pastores que acompañan a sus hijos en el camino de la vida, y a falta de ellos, los sustituyen los hermanos mayores u otros familiares cercanos. Luego viene los maestros, los profesionales desde sus propias competencias, los empresarios para acompañar a sus empleados, los líderes sociales y políticos para promover el bien común.

Por eso es muy importante, descubrir nuestra vocación común como bautizados a ser buenos pastores, desde nuestra propia misión. Reconocer la Vocación Laical tan importante como la vocación a la Vida Consagrada o a la Vida Presbiteral. Todos necesitamos a alguien que nos guíe, y luego, aprender para dar la mano a quien lo necesite.

El Papa Francisco ha convocado, en este IV Domingo de Pascua, la LVII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, y ha enviado un mensaje. Ahí afirma:

Lo que a menudo nos impide caminar, crecer, escoger el camino que el Señor nos señala son los fantasmas que se agitan en nuestro corazón. Cuando estamos llamados a dejar nuestra orilla segura y abrazar un estado de vida —como el matrimonio, el orden sacerdotal, la vida consagrada—, la primera reacción la representa frecuentemente el “fantasma de la incredulidad”: No es posible que esta vocación sea para mí; ¿será realmente el camino acertado? ¿El Señor me pide esto justo a mí?

La motivación de este ejercicio de acompañamiento y conducción existencial que se inicia en la familia debe ser animado y orientado por toda la Iglesia con la espiritualidad de la comunión, bajo la guía de los Obispos y Sacerdotes, para ir abriendo en los distintos niveles sociales la indispensable relación de la comunidad humana para que camine hacia la fraternidad y la solidaridad, la justicia y la paz.

Este es el camino para superar la cultura de la muerte, del odio y la venganza, del descarte y la exclusión, de la discriminación y de la marginación. Para que desde nuestras distintas situaciones vayamos construyendo las redes sociales necesarias para encontrarnos como hermanos de una gran familia, la familia guadalupana, la familia cristiana, la familia parroquial y diocesana, la familia de Dios Padre, Creador del Género Humano y de nuestra Casa Común.

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Hoy, y estas siguientes semanas hacia Pentecostés, que al parecer seguiremos en el confinamiento, promovamos en las familias y círculos de amistad, la oración pidiendo al Señor Jesús, Buen Pastor, nos envíe el Espíritu Santo, para que haga surgir abundantemente las vocaciones, que necesita con urgencia nuestra sociedad, y podamos ofrecer vida y vida en abundancia.

En este mes de mayo, dedicado a la Virgen María, el Papa Francisco nos ha enviado esta oración que ahora le dirigimos a Nuestra Madre, María de Guadalupe:

Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad. Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.

 

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