5 valores aprendidos en la familia que pueden cambiar toda una diócesis

En entrevista, Mons. Jorge Cuapio Bautista, obispo electo de la Diócesis de Iztapalapa, explica cómo aprendió en su familia valores como la confianza en Dios, el sacrificio, la fraternidad y la alegría.
El Santuario del Señor de la Cuevita, Catedral de Iztapalapa Foto: Ricardo Sánchez
El Santuario del Señor de la Cuevita, Catedral de Iztapalapa Foto: Ricardo Sánchez

La Diócesis de Iztapalapa tiene nuevo obispo, el segundo en su corta historia. Su nombre es Jorge Cuapio Bautista, de 54 años de edad, nacido en San Francisco Tetlanohcan, una localidad de apenas 10 mil habitantes, ubicada a los pies del volcán La Malinche, en el estado de Tlaxcala.

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En aquella localidad -aproximadamente a 122 kilómetros de la que ahora será la Iglesia local que le tocará gobernar, enseñar y santificar-, Jorge Cuapio nació en el seno de una familia católica compuesta por el matrimonio entre don Pascual Ascensión Cuapio y doña Sara Bautista Gijón, siendo el tercero de nueve hermanos.


Mons. Jorge Cuapio Bautista / Foto: Arquidiócesis de Tlalnepantla

Mons. Jorge Cuapio Bautista / Foto: Arquidiócesis de Tlalnepantla

El amor por la familia lo ha llevado siempre en lo más profundo de su ser, de tal forma que, una vez concluida la Filosofía en Puebla y la Teología en la Ciudad de México, esta predilección lo animó a estudiar Teología del Matrimonio y de la Familia en la sede central del Instituto Juan Pablo Segundo para el Matrimonio y la Familia, en Roma.

Por esta razón, una prioridad en su gobierno pastoral en Iztapalapa será la familia, pues en ella –afirma– se encuentra el fundamento de la convivencia social armoniosa y, por lo tanto, una clave para combatir la delincuencia. Esto cobra relevancia tomando en cuenta que Iztapalapa es considerada una las tres alcaldías más violentas de la capital del país.

Familia, la fuente del amor

Mons. Jorge Cuapio está convencido de que lo que hace que una persona sea buena, es el amor que recibe, pero también el hecho de que quien le ofrece ese amor, lo haga de forma digna y limpia. Esto hace que el corazón de la persona se configure de una forma positiva.

“Pero cuando el amor no se recibe o se recibe de forma distorsiona –advierte– hay una consecuencia para la persona, pues confunde su camino. Por eso la familia es tan importante. Cuando hablamos de ella, hablamos de la fuente del amor, de la fuente de la vida, de la primera educación y del principio de la fe”.

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El obispo electo de Iztapalapa recuerda por lo menos cinco valores que aprendió en el seno de su familia, y que hoy más que nunca resulta importante aprenderlos y vivirlos en la sociedad:

El primero de ellos –explica– es la confianza en Dios. Esta fue una capacidad que admiró en sus padres, quienes se entregaron por completo a la familia, al grado de dar la vida por sus hijos. “Y es que no se puede dar la vida si no se tiene fe”, aclara.

La capacidad de amar fue otro de los valores que aprendió de don Pascual y doña Sara. A él le tocó ser testigo del nacimiento de seis de sus ocho hermanos. Y cada vez que llegaba un nuevo miembro a  la familia –recuerda– sus padres renovaban su corazón y el amor se multiplicaba: “Los padres tienen esa capacidad de amar total y generosamente a cada uno de sus hijos, de la manera en que cada uno lo necesita”.

También aprendió de sus señores padres el valor del sacrificio y la constancia, no solamente para asistirlos en sus necesidades, sino para educarlos, formarlos e impulsarnos a vivir bien, pero sobre todo, a servir.

“Fue en la familia donde también aprendí el valor de la fraternidad, algo importantísimo para la experiencia humana, porque la fraternidad abre tu corazón al otro que es igual que tú; la fraternidad te permite descubrir las diferencias entre hermanos y hermanas; la fraternidad te permite ser corresponsable de la casa y de las cosas de tus hermanos”, explica.

De la misma forma, conviviendo con sus padres y hermanos, monseñor Jorge Cuapio conoció la alegría, pues “quizás una de las fuentes de tristeza más grandes es la soledad. Y la familia siempre te va a dar la alegría”, añade.

Diócesis de Iztapalapa, una nueva y gran familia

Tras haber recibido la noticia de que próximamente se convertirá en el segundo obispo de Iztapalapa, después de Mons. Jesús Antonio Lerma Nolasco, monseñor Jorge Cuapio sabe que su nueva misión lo pone al frente de una nueva y gran familia católica, congregada en un amplio territorio que la convierte en una de las diócesis más grandes del mundo.

Iztapalapa es una familia que no solamente se encuentra herida por el flagelo de la delincuencia, sino también por el de la pobreza. En este sentido, el obispo Cuapio pide hacer una gran distinción entre lo que son las carencias materiales y la pobreza del alma.

Lo primero –dice– tiene que ver con las necesidades de la gente, pero se alivia con la comunión y la solidaridad entre las personas que comparten la fe y la esperanza. “No estamos llamados a ser ricos –recuerda– sino a ser hermanos, y como hermanos, estamos llamados a compartir, a consolar y a socorrer a quien más lo necesita”.

Por otra parte, asegura que no puede haber pobreza donde hay riqueza humana. Piensa en tantos hermanos y hermanas de Iztapalapa que han aprendido a vivir de su trabajo, que se sacrifican todos los días, que piensan en el bien de su familia; “ellos tienen una gran riqueza humana”.

Y a esta riqueza humana –apunta– se añade la espiritual, que en la Diócesis de Iztapalapa se ve reflejada en las tradiciones y costumbres de su gente. “Esta es una gran riqueza para la vida de la Iglesia y de la sociedad”.

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Un camino andado, que se agradece

La religiosidad popular es una de las cosas que más llama la atención de la Diócesis de Iztapalapa, y que cada año se ve reflejada, por ejemplo, en la representación de la Pasión en el Cerro de la Estrella. Es una riqueza espiritual que ha servido para impulsar desde hace muchos años la evangelización en esta demarcación eclesial.

El Viacrucis en Iztapalapa. Foto: Lorena Esteban

El Viacrucis en Iztapalapa. Foto: Lorena Esteban

El obispo electo asegura que en este tema ya se tiene un gran camino andado. Si la diócesis camina sobre esta línea de la religiosidad popular –afirma– es gracias a tantos hermanos sacerdotes, religiosas y laicos que han trabajado en ello, asimilando, enriqueciendo y orientando la religiosidad en esas comunidades con profundas raíces de fe.

A todos ellos, “mi gratitud porque están antes que yo. Mi esperanza está en ellos y en todos los bautizados de la diócesis, que han recibido de Dios dones y bendiciones; algunos ya los han puesto al servicio de sus hermanos, y muchos otros, con el favor de Dios, harán lo mismo, para cumplir nuestros ideales de paz, justicia, amor, equidad y una mejor sociedad”.

El Señor de la Cuevita. Foto: Ricardo Sánchez

El Señor de la Cuevita, en la Catedral de Iztapalapa. Foto: Ricardo Sánchez

Comunión y solidaridad con el episcopado

El nuevo obispo de Iztapalapa confía en que su trabajo pastoral realizado durante los últimos seis años como obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Tlalnepantla le ayudará a asumir la nueva encomienda episcopal que le ha asignado el Santo Padre, Francisco.

Mons. Jorge Cuapio. Foto: Arquidiócesis de Tlalnepantla

Mons. Jorge Cuapio. Foto: Arquidiócesis de Tlalnepantla

Durante varios años, colaboró con el cardenal Carlos Aguiar Retes, y considera que la amistad que los une facilitará sin duda el diálogo, la comunión y la solidaridad en la Provincia Eclesiástica de México.

Sin embargo –explica– los obispos estamos llamados a procurar la comunión y solidaridad con todo el episcopado en general, y eso se hace visible, se construye y se vive de manera particular en las provincias eclesiásticas. “Yo creo que, más que la persona, es la Iglesia”.

El lema episcopal de Mons. Cuapio es “Comunión, don del Señor“, y en este sentido, el próximo obispo de Iztapalapa recuerda que la comunión es un regalo de Dios, del Espíritu Santo, que se debe suplicar, pero también que se debe trabajar.

“Eso es lo que le pido a Dios hoy, que me permita caminar de la mano con mis hermanos obispos en el episcopado, especialmente de la provincia: con don Carlos (Arquidiócesis de México), con don Adolfo (Diócesis de Azcapotzalco) y con don Andrés (Diócesis de Xochimilco).

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