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El padre Manuel Zubillaga, 40 años siendo ‘cuate’ de jóvenes pandilleros

Para este padre de la Arquidiócesis de México no hay otra forma de sacar a una persona joven de la violencia que adentrarse en su mundo.
El padre Zubillaga ha trabajado con jóvenes desde hace más de 40 años. Foto: Cortesía P. Manuel Zubillaga.
El padre Zubillaga ha trabajado con jóvenes desde hace más de 40 años. Foto: Cortesía P. Manuel Zubillaga.

Rescatar a niños en situación de calle que vivían en las coladeras junto al padre Chinchachoma ha sido de las experiencias más fuertes y gratificantes que ha vivido el sacerdote Manuel Zubillaga Vázquez, quien se ha enfocado en trabajar con jóvenes pandilleros, que están en problemas o privados de su libertad en la Ciudad de México.

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El padre Manuel Zubillaga, de la Arquidiócesis Primada de México, ha trabajado con jóvenes pandilleros, en situación de calle y con adicciones por más de cuatro décadas, pero en los últimos cinco años se ha enfocado en ser Capellán en centros de tratamiento para adolescentes, antes conocidos como tutelares de menores. Actualmente, también es director del Centro de Espiritualidad Apostólica San Pablo.

Fue gran amigo del padre Chinchachoma, a quien muchas veces acompañó a sacar a niños de las coladeras. Foto: Cortesía P. Manuel Zubillaga.

Fue gran amigo del padre Chinchachoma, a quien muchas veces acompañó a rescatar muchachos. Foto: Cortesía P. Manuel Zubillaga.

El cuate de los jóvenes pandilleros

“Mi trabajo con los jóvenes comenzó a desarrollarse cuando fui párroco en la iglesia de la Merced-Gómez, Plateros, Ciudad de México Trabajaba mucho con las pandillas juveniles, pues era un asunto de la vida de la colonia muy sentido. A cada rato había pleitos, heridos, robos y violencia. La comunidad estaba atemorizada”.

Para acercarse a los jóvenes pandilleros tuvo que armarse de valor y salir por la noche para ‘hacer migas con los muchachos’. Al convertirse en el ‘cuate de los pandilleros’, se dio cuenta que escucharlos, entenderlos y ayudarlos era la llave para cambiar la situación de violencia en que vivían.

“Si me invitaban una cerveza, pues la bebía, si me invitaban un cigarro, aunque yo no fumaba, pues le entraba, lo que quería era ganarme su confianza y amistad. Esa convivencia me llevó a comprender que que no hay muchachos o adolescentes problema, lo que hay son problemas de la sociedad, de las familias y de los adultos, los cuales se reflejan en en los adolescentes”.

Caridad y misericordia con los jóvenes

De esa experiencia, asegura el padre Manuel Zubillaga, nació su pasión por trabajar en los centros juveniles del barrio, por trabajar con “chavos banda“, con jóvenes que tenían adicciones y/o en condición de calle. Trabajó con ellos varios años, hasta que fue enviado a Cáritas, cuya estadía coincidió con el terremoto de 1985.

“Aproveché mi amistad con los muchachos y me ayudaron a repartir alimentos y despensas a los damnificados”. Entre las labores que realizaron también fue la búsqueda de sobrevivientes.

“Fue tal mi amor hacia mi trabajo con los jóvenes, que le pedí al entonces obispo que no me diera la responsabilidad de una parroquia para enfocarme en el trabajo con los adolescentes y jóvenes, me costó trabajo, pero lo logré”.

El presbítero estuvo más de 20 años en Cáritas, donde desarrolló muchos proyectos y labores, entre los que destacan el Banco de Alimentos de la Ciudad de México, del cual es fundador y aún es colaborador.

El padre Chinchachoma dedicó su vida a cuidar a niños en situación de calle.

El padre Chinchachoma dedicó su vida a cuidar a niños en situación de calle.

“No puedes quererlos si no te vuelves de su bando”

El padre Chinchachoma, que ha sido reconocido por su trabajo a favor de los niños en situación de calle, fue uno de los mentores del padre Manuel Zubillaga.

Chinchachoma y yo fuimos muy buenos amigos, lo traté y colaboramos juntos. Lo invitaba a dar pláticas a los pandilleros, me acompañó a muchos de mis recorridos nocturnos, lo invité a que diera el ‘Sermón de las Siete Palabras. También participó en los mensajes que daba a través de los altavoces de la iglesia, pero era terrible cuando se ponía a hablar, porque era como Confucio”, recuerda con alegría el padre Manuel.

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Recuerda que una de las cosas que más admiró fue su natural cariño hacia los niños, adolescentes y jóvenes abandonados. Él realmente los amaba, señala.

“Varias veces, en reuniones de asistencia social e instituciones, intentaban hablar mal de él, yo los paraba en seco, pues ninguno tenía la autoridad para criticarlo, ya que ninguno tenía el valor ni el corazón para meterse a las coladeras a sacar niños, a mitad de la madrugada”.

“Lo acompañé varias veces a sacar a niños de las coladeras. Eran experiencias muy fuertes. Él me enseñó, a ‘volverme de su bando’. Era un ‘niñote de la calle’; me decía ‘tú no puedes quererlos si no te vuelves de su bando’“.

El padre Manuel Zubillaga y su cercanía a los jóvenes infractores

Hace cinco años, cuando fue el año jubilar de la Misericordia, el padre Manuel Zubillaga sintió la necesidad de acercarse a los jóvenes infractores, pues al igual que con los pandilleros, ellos reflejan los problemas de las familias y de la sociedad, la cual asegura siempre está llena de crisis y necesidades.

“Los menores infractores son víctimas de una sociedad y un sistema. Me pareció que podría aportar algo de mi experiencia y sigo trabajando con ellos a pesar de la pandemia, pues para ellos es importante la compañía y la oración desde el corazón”.

“He aprendido de ellos que suelen ser muy francos cuando te hablan desde el corazón. Son muy transparentes. Hay muchachos que me han pedido perdón a mi y a Dios, pues han mentido sobre su edad para no ser llevados a un reclusorio”, comenta el Capellán.

Con ellos, indica, ha aprendido humanidad, pues los entiende y se da cuenta que son personas que cometieron un error y tienen el valor de darse cuenta y tienen las agallas de decir “voy a cambiar”, y a decir del padre Manuel Zubillaga, eso es mucho.

“De los chicos ‘banda’, con los que inicié mi camino con los jóvenes, muchos enderezaron el camino; lamentablemente muchos pisaron la cárcel, pero en su mayoría salieron adelante”.

Señala que es importante que a los jóvenes privados de su libertad se les muestre las historias de muchachos que, aunque ya pisaron la cárcel, han podido salir adelante.

“Es necesario aprender a tratar a los adolescentes y jóvenes con respeto y darles el valor que se merecen, con esas pequeñas acciones podemos sanear a la juventud y por ende una sociedad más en paz”.

“Ellos son constructores de esperanza, pueden aportar mucho en la familia. Su juventud es una pasión por la vida y esa pasión debe ser también por el bien y la fuente de todo ese bien es conocer a Jesucristo, así que no tengan miedo de conocer a Cristo”.

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