Iglesia en México

Crónica de un intenso viacrucis en el Reclusorio

Los presos del Reclusorio Norte se prepararon por tres meses para representar el viacrucis.
Foto: Alejandro García
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Cantan la “tercera llamada” y se abre el telón. En el escenario, miembros del Sanedrín discuten sobre la conveniencia de matar a Jesús.

Los más de 600 espectadores que se encuentran en el auditorio liberan en ese momento una ráfaga de aplausos, la primera de muchas.

En las butacas están autoridades del sistema penitenciario, representantes de medios de comunicación, el director de la Pastoral Penitenciaria de la Arquidiócesis de México, Fray Fernando Ramos, personas privadas de su libertad (PPL) y algunos de sus familiares.

Foto: Alejandro García

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Después de tres meses de ensayos,  ha llegado el gran día. El grupo de teatro sabe que este año se ha elegido la representación del viacrucis que se realiza en el Reclusorio Preventivo Varonil Norte, para darla a conocer públicamente como una actividad alternativa con miras a una readaptación más integral.

Enrique lleva ocho años montando este viacrucis. Antes de abrirse el telón les ha dejado claro a los 72 actores y miembros del staff, que no es una obra teatral; les ha hablado también sobre la importancia de explotar los sentimientos: “Metan su mano en el pecho y sáquense el corazón. Quiero ver esa pasión allá afuera”, les grita.

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Unidos en la pasión por la fe”, es el nombre del viacrucis, y es representado por el grupo teatral “Los intensos del norte”. El mote de ‘intensos’ no es gratuito.

Tras ser aprehendido, Jesús ya ha recibido tres fuertes cachetadas, reales, no actuadas, que han provocado todo tipo de expresiones en el público.

Foto: Alejandro García

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Jesús (Jonathan) no espera repetir el papel de Cristo el próximo año, pues todo indica que en pocos meses saldrá libre, y echa toda la carne al asador. Lo soporta todo.

Tras varios actos, que han ido desde la convocatoria del Sanedrín, “La Última Cena”, “La traición de Judas” y “La Oración en el huerto”, comienza propiamente el viacrucis.

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La liberación de Barrabás (Leobardo) arrebata gritos de júbilo entre los internos, pues es el sueño de todos. Y el intérprete del asesino cada vez está más cerca de alcanzarlo; en dos años podría salir corriendo como lo hizo en esta ocasión.

En la explanada se suman más personas; unas mil aproximadamente entre invitados, custodios e internos. Todos caminan detrás de Jesús y los dos ladrones. Mientras carga la cruz, Jesús es azotado con una especie de látigo elaborado con cintas de plástico, pero que suenan como si fueran de cuero. La espalda del “Nazareno” luce verdaderamente dañada.

Foto: Alejandro García

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A través del sonido local, Enrique hace una reflexión en cada una de las catorce estaciones. Lamenta que muchos de sus compañeros, al igual que hizo Pilato con Jesús, hayan sido condenados injustamente, y se encuentren pagando por delitos que jamás cometieron.

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Pilato (Julio) aparece ahora sin su atuendo. Bromea entre sus compañeros. Sabe  que ha hecho uno de los mejores papeles, y así lo resume otro interno: “Al gato sí se le veía autoridad. Actuó chido”. Lo mismo Herodes (también de nombre Julio) a quien aún le falta poco más de una década para regresar con su familia. Lleva tres años con este mismo personaje, porque le gusta, le acomoda. “Del lado de la fe, siento feo tener que juzgar a un inocente. Pero siempre hay injusticia, como la hubo con muchos que están aquí dentro de la institución”.

Foto: Alejandro García

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Anás (Jesús) no ha dejado de hablar y gritar, y lo ha hecho como todo un profesional: se ha aprendido perfectamente el largo guión. Con su voz ronca, también se ha llevado las palmas. Aún le faltan siete años cinco meses para dejar el centro de reclusión, pero el papel le ha dejado ya una gran experiencia: “Anás me motiva a tener carácter, a tomar decisiones. Es alguien que no debe ser tibio, sino drástico. Hoy me pongo en el papel de quienes me han juzgado, y tengo que aprender a ser comprensivo y amable con los demás”.

Enrique también aprovecha la V Estación, y vuelve a levantar la voz para reflexionar ahora sobre todas las personas que, en la comunidad penitenciaria, se han convertido en Cirineo, ayudando a otros a cargar su cruz.

Foto: Alejandro García

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Y una cruz muy pesada la lleva “Judas” (Juan), quien por su condición de homosexual se encuentra en un área especial para personas vulnerables. En varios momentos de la representación ha recibido burlas. Los fotógrafos, por su parte, han desgastado sus obturadores haciéndole tomas con la soga al cuello.

Comienzan a levantar las tres cruces. Una de las familias más emocionadas es la de Gestas (Miguel), sobre quien pesan 20 años de prisión. Su hija se nota preocupada porque su padre pueda sufrir un accidente al ser levantado. Gestas está orgulloso de que su esposa esté ahí, al pie de la cruz: “Me llena que mi familia continúe viniendo a verme después de 15 años. Eso me habla de esperanza, de ellas y mía, de reintegrarme a la sociedad”. Y asegura que la peor cruz que ha cargado ha sido la de sus actos.

Jesús ha muerto. Un reo se coloca de rodillas, y llora. Los fotógrafos disparan sin tregua. La mayoría de los internos guarda silencio, otros observan o comentan. Prácticamente ha concluido la representación, y pronto todo volverá a la normalidad.

Foto: Alejandro García

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Al capellán del reclusorio, el padre Francisco Jansen, se le ve contento, satisfecho, pues considera que si bien no se puede decir que una representación del viacrucis cambia la vida de una persona privada de su libertad, siempre ocurre algo. “Lo más importante –dice– es el seguimiento, lo cual es muy difícil”.

Para la foto final, es unánime el grito para convocar a “Enrique”. Los actores saben que a él se le debe gran parte del éxito. Y Enrique también lo tiene claro: “Me voy muy contento, muy feliz, en paz y tranquilo”, y no se refiere sólo a irse a su dormitorio. Le emociona que en unos meses podría salir libre. “Si Dios nos concede todo su favor”, dice.

Foto: Alejandro García

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