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Chinchachoma: el sacerdote que ‘adoptó’ a miles de niños de la calle

A casi 29 años de su muerte, las enseñanzas del padre Chinchachoma viven en las personas que crió.

8 abril, 2026

Casi han pasado 29 años de la muerte de Alejandro García-Durán de Lara, el padre Chinchachoma, un sacerdote escolapio que lo dejó todo para cuidar a los niños en situación de calle.

En México, el padre Alejandro sintió intensamente el llamado de Dios a dedicar su vida a los más olvidados por la sociedad.

Sus amigos, familiares y colaboradores lo recuerdan como un servidor incansable: un hombre tosco, directo y malhablado y, al mismo tiempo, dulce, cariñoso y con un gran corazón; sobre todo, un hombre de Dios.

Vocación por los pobres

Alejandro García (Barcelona, 1935) quería ser médico, hasta que una noche, frente al mar y sentado junto a la chica que le gustaba, sintió el llamado de Dios al sacerdocio.

“Sintió que sólo Dios podía llenar su vida”, recuerda en entrevista su hermano Adolfo García, también escolapio y actual responsable del Santuario de San Pompilio María Pirrotti, al sur de Italia.

“Me dijo: ‘quisiera hacerme escolapio y ocuparme de los niños pobres, ¿qué dices?’ Yo le dije: ‘hazte escolapio y pídele mucho a Dios que te deje dedicarte a los niños pobres’”. Alejandro tomó esa respuesta como un oráculo, y pidió su entrada al seminario.

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Padre Chinchachoma de joven.

Padre Chinchachoma de joven.

La plaza de Alejandro

En 1962, después de ordenarse, fue destinado al barrio de Les Arenes, en Cataluña. El lugar había sido afectado por inundaciones y sufría enormes carencias. Hoy, ahí existe una plaza llamada “Padre Alejandro”.

El hermano Ferran Sans, quien trabajó con él en esa época, dice que ahí era visto “casi como el fundador, el padre de todos”.

“En aquella época los barrios estaban dominados por comunistas y socialistas, muchos de los cuales se proclamaban ateos y anticlericales. Para ellos, Alejandro era una excepción (…) vivía en medio de ellos, como ellos y hasta sufría persecución de la policía como ellos. En una manifestación, aun llevando sotana, le golpearon fuerte”.

“Poseído por Dios”

En 1972 llegó a México para trabajar en las escuelas de los Escolapios: primero en Tlaxcala, después en Veracruz y, finalmente, en Puebla.

En uno de sus viajes a la Ciudad de México conoció a un grupo de niños sin hogar, a quienes eventualmente llevó a vivir con él. Sin dinero ni un lugar adecuado, sólo le quedaba la seguridad de cumplir el llamado de Dios.

Ante esta incertidumbre, ya con el apodo de Chinchachoma (“sin cabello”) que le habían puesto los niños, sus superiores le exigieron obediencia y lo regresaron a España en 1975.

“En el fondo la preocupación era económica (…) como no tienes dinero, ni medios para realizar el proyecto tuyo, te damos obediencia para España”, recuerda su hermano Adolfo.

De vuelta en su país se reencontró con Ferran en Les Arenes y permaneció ahí por un breve tiempo. “Ese ‘hombre de Dios’ cuando regresó de México por primera vez era ya un hombre ‘poseído por Dios’”.

Padre Chinchachoma orando

Padre Chinchachoma orando.

Una noche despertó a Ferran para decirle: “Me voy a México. Él me lo ha pedido. Los niños me necesitan”, recuerda. “La Providencia hizo que ese día un amigo suyo, adinerado, viajara a México. Le pagó el billete y se fueron juntos”. Volvió sin permiso de sus superiores, pero lleno de confianza.

Los Hogares Providencia

Aunque la obra había empezado antes, en 1979 se constituyeron los Hogares Providencia, donde recibió apoyo de cientos de personas, como los “tíos” y “tías” que cuidaban a los niños en las casas de acogida; muchos sacerdotes y jóvenes voluntarios.

Después, en 1983, bajo la orientación de Chincha, los escolapios fundaron los Hogares Calasanz, con una decena de casas en la Ciudad de México, Puebla, Veracruz, Tijuana y Mexicali.

El cariño del padre Chinchachoma impulsó a muchos niños a salir adelante.

El cariño del padre Chinchachoma impulsó a muchos niños a salir adelante.

Entre sus hijos adoptivos y sus colaboradores abundan anécdotas como las veces en que invitaba a comer a sus hijos a algún restaurante sin tener un peso para pagar la cuenta e, invariablemente, a la hora de pedirla, el mesero le avisaba que alguien ya la había pagado; o cuando no había dinero para comer o pagar la nómina, hablaba de pronto un bienhechor para ofrecer un donativo.

El padre Luis Manuel Acosta, mejor conocido como padre Matus, lo recuerda como un “conducto de la Providencia”, pues recibía recursos de los más adinerados para entregarlos a quienes más los necesitaban.

“Yo nunca trabajé con él en sus casas, lo que yo hacía era visitar a los ‘chavos’ en las zonas de Observatorio, Tacubaya y Candelaria, y se los llevaba al Chincha”. Él asegura que conocerlo cambió su vida, tanto que ahora es el responsable de la Pastoral de Jóvenes en Situaciones Críticas en la diócesis de Nezahualcóyotl, Estado de México.

“Todavía, cuando tengo alguna bronca con mis jóvenes, temas como suicidios u otras situaciones que no sé cómo abordar, paso a visitarlo a su iglesia, donde está enterrado”.

Una obra viva

Los Hogares Providencia y los Hogares Calasanz siguen trabajando por los niños abandonados y en desamparo, fieles a la filosofía y a la espiritualidad del padre Chinchachoma.

“Los escolapios atendíamos escuelas, el carisma de nuestra orden es la educación. Ahora, tras asumir el carisma del padre, nos dedicamos no solo a eso, sino también los hogares”, dice por su parte el padre Reyes Muñoz, director de hogares Calasanz en Ciudad de México y Puebla.

Su obra -agrega- no sólo ha impactado en México, pues su método se ha replicado en casas hogares vinculadas a los Escolapios en Centroamérica,  Sudamérica, e incluso en África y Asia.

El padre Adolfo, hermano de Chinchachoma, asegura que el legado más importante de Alejandro García es “su mensaje de amor” que sigue vivo en los corazones de sus hijos: “Aún tengo en mi habitación un dibujo de él hecho por un chavo” -comenta- “y muchas veces aún trato (hablo) con él”.

Cada 12 de abril se conmemora el Día Mundial de los Niños en situación de calle, una fecha que invita a mirar con más atención a los menores que viven en el abandono, la violencia y la exclusión. En este contexto, la vida y la obra del padre Chinchachoma recuerdan a la Iglesia y a la sociedad que estos niños no son un problema que ocultar, sino rostros concretos de Cristo que esperan ser acogidos, protegidos y amados.



Autor

Periodista. Ha trabajado en radio, agencias de noticias y prensa escrita.